Póker Negro parte diecinueve " ebria del metal industrial "
Por Teulfelsaugen
Enviado el 05/06/2026, clasificado en Intriga / suspense
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Barrio de Kreuzberg, Berlín.
Aprovechando la distracción, Bárbara echó a correr riendo hacia la tienda de antigüedades, tropezó espectacularmente en el escalón de la entrada y cayó de rodillas hacia el interior del local, empujando la puerta abierta.
Hans Wolf, que estaba detrás del mostrador, giró su pesada humanidad.
—Was zum Teufel?! Raus! (¡¿Qué diablos?! ¡Fuera de aquí!) —rugió el gigante de 120 kilos, caminando hacia ella para echarla a patadas.
Bárbara se levantó tambaleándose, en lugar de retroceder, se abalanzó sobre el inmenso hombre, abrazándolo por el cuello, antes de que Wolf pudiera empujarla con sus enormes manos, Bárbara le plantó un beso apasionado en la boca, un beso exacto de tres segundos.
El alemán la empujó violentamente hacia atrás, asqueado, frotándose los labios, no sabía que sobre el maquillaje negro de Bárbara había una capa de bálsamo labial transparente cargado con la neurotoxina de absorción rápida.
Bárbara soltó una risita de niña ebria y echó a correr hacia la trastienda, al entrar, sus ojos escanearon la habitación: había monitores encendidos y líneas de código encriptado corriendo por las pantallas. Wolf estaba en medio de una transmisión con Poseidón.
—¡Kleine Hure! (¡Pequeña zorra!) —bramó Wolf, persiguiéndola con pasos que hacían temblar el suelo.
Pero antes de cruzar el umbral de la trastienda, los ojos del gigante se abrieron de par en par. La toxina colapsó su sistema nervioso central. Su cuerpo inmenso se desplomó hacia adelante, golpeando el piso de madera con un estruendo sordo que hizo vibrar las vitrinas.
Bárbara dejó caer la botella de cerveza vacía, su postura de ebria desapareció en un milisegundo, siendo reemplazada por la rectitud de una depredadora.
Se agachó junto a Wolf, el hombre estaba paralizado, pero consciente. Mover los 120 kilos de peso muerto del anticuario fue un infierno incluso para la fuerza entrenada de Bárbara, clavando las botas en el suelo y usando la gravedad a su favor, logró arrastrarlo por el cuello de la camisa los dos metros necesarios para esconderlo completamente en la trastienda, lejos de la vista de la calle.
Cerró la puerta trasera con el pestillo, bloqueando el acceso, se arrodilló frente al inmenso cuerpo paralizado, sacó su Glock 23 y la guardó en la parte trasera de su falda, acarició la mejilla de Wolf.
—Se acabó la fiesta, Hans —susurró Bárbara, su voz ahora gélida, libre del acento de la chica Goth— dime ¿dónde está la Tarjeta Madre de Poseidón? donde alberga el proyecto Jericó? o el próximo beso no será de tres segundos.
El peso inmenso de Hans Wolf yacía sobre las tablas de madera de la trastienda, sus ojos estaban inyectados en sangre y su respiración era un silbido pesado, la neurotoxina del labial no solo había paralizado su sistema motor, sino que estaba suprimiendo sus inhibiciones químicas, era el suero de la verdad marino y letal.
—¿Dónde está la Tarjeta Madre, Hans? —preguntó con voz baja, sin el más mínimo atisbo de emoción.
Los labios de Wolf temblaron, luchando contra la química que invadía su cerebro, pero la toxina era implacable.
—Casillero... cuarenta y dos... —balbuceó con la lengua pesada—. Estación central de trenes... Hauptbahnhof...
Bárbara asintió, si mirada se desvió hacia los monitores parpadeantes sobre el escritorio, donde líneas de código seguían corriendo.
—¿A quién le estás escribiendo, Wolf? ¿Qué hay en esa pantalla?
—Un informe... —jadeó el alemán—. Las coordenadas del casillero... Los recolectores de Poseidón... vienen a buscarla hoy...
Bárbara soltó a Wolf y se sentó frente a la terminal, de uno de los bolsillos de su chaqueta de cuero sacó el disquete negro que utilizo con Bradford y lo coloco al puerto del CPU, sus dedos volaron sobre el teclado con la misma velocidad con la que ensamblaba un arma.
Primero, extrajo toda la base de datos de Poseidón que Wolf albergaba, luego, sonrió levemente, era el momento de aplicar el mismo truco que había usado con el profesor O'Ryan en Londres.ejecutó un código de borrado masivo que carbonizó los discos duros del anticuario y, en su lugar, sembró una red de información falsa y encriptada que los técnicos de James Monroe tardarían semanas en descifrar.
El trabajo informático estaba hecho, antes de salir, Bárbara se agachó por última vez junto a la mole paralizada en el suelo, se acercó a su oído, casi rozándolo con sus labios negros.
—Escucha bien, Hans —susurró con una voz gélida que se grabaría a fuego en la mente del hombre—. Cuando los estúpidos de Langley o los caballeros del MI6 entren aquí a interrogarte, vas a hablar, diles que la Tarjeta Madre ya no está en Alemania, diles que la enviaste a Bruselas, a la embajada de Chile.
Con la desinformación plantada, Bárbara tomo la llave del casillero cuarenta y dos, recogió su botella de cerveza vacía del suelo, se desabrochó un poco la chaqueta de cuero, desordenó su cabello frente a un espejo antiguo y respiró hondo, la letal agente del Mossad desapareció; la chica Goth ebria y caótica regresó a escena.
Empujó la puerta de la tienda, salió a la calle empedrada y fingió un tropiezo espectacular, cayó de rodillas en la acera, dejando rodar la botella de vidrio, que se hizo añicos con un estruendo enorme en el silencio matutino.
—¡Scheiße! (¡Mierda!) —gritó Bárbara a carcajadas, rodando por el suelo, incapaz de "ponerse de pie".
Al otro lado de la calle, los agentes de la CIA y el motociclista del MI6 entraron en pánico, una borracha escandalosa haciendo un número frente a su objetivo era lo peor que le podía pasar a un operativo de vigilancia encubierta, si la policía de Berlín aparecía por el escándalo, sus tapaderas se arruinarían.
Con gestos de fastidio extremo, los hombres de Langley recogieron sus periódicos y se alejaron rápidamente hacia la esquina opuesta, el motociclista del MI6 encendió el motor y dobló la manzana, buscando posicionarse lejos de la "lunática".
Desde la cabina del Volvo S40, Merlín soltó una carcajada limpia al ver cómo Bárbara, haciendo el ridículo, acababa de limpiar la calle de las mejores agencias de inteligencia del mundo.
Bárbara vio por el rabillo del ojo que la calle estaba despejada de vigilancia directa, su risa ebria se cortó de tajo, se levantó del suelo con una agilidad felina, cruzó la calle a una velocidad asombrosa y abrió la puerta del Volvo.
—Hauptbahnhof, casillero 42 —dijo Bárbara, cerrando la puerta mientras se limpiaba un poco de polvo de las rodillas .¡Arranca!
Merlín hundió el pie en el acelerador.
—Les vendiste Bruselas, ¿verdad? —preguntó la pelirroja con una sonrisa, metiendo el auto en el tráfico de la avenida principal.
—Para cuando la CIA y el MI6 se peleen por entrar a la embajada chilena en Bélgica, nosotras ya tendremos el procesador de Monroe y estaremos volando a otro continente —respondió Bárbara, apoyando la cabeza en el asiento.
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