Póker Negro parte veintiuno " el Águila de las Walkirias

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Concepción. Oficina de Fernanda Gundensen.

 

 El perímetro estaba asegurado, los agentes operativos de Langley montaban guardia en el pasillo en ruinas, uno mantenía la vista clavada en la puerta principal, mientras el otro, agazapado junto a los cristales rotos, observaba la calle.

Dentro de la oficina, la frustración crecía. Miguel Ángel y Vecchio se miraron, desconcertados. —Si no había cerradura, tenía que haber un interruptor oculto — dijo molesto Andrés 

Miguel Ángel volvio al escritorio abrió los cajones, pero nada, solo el cajon del centro  estaba cerrado con llave, se agachó y empezó a palpar los bordes inferiores del pesado escritorio de caoba, sus dedos recorrieron la madera fría hasta que tropezaron con una pequeña protuberancia pegajosa debajo de la cajonera derecha, parecía un chicle reseco.

El periodista frunció el ceño. "Esto sería un sacrilegio fatal", pensó. Fernanda Gundensen era una mujer de una pulcritud obsesiva, casi clínica, la simple idea de que alguien hubiera pegado un chicle en su santuario de trabajo la habría descontrolado.

Movido por la curiosidad, presionó la masa extraña. No era goma de mascar era una pequeña pieza metálica, recubierta de un polímero texturizado para camuflarse al tacto era un botón, al instante de presionarlo, un chasquido sordo resonó en la pared.

El gran emblema de madera de las Walkirias se deslizó suavemente hacia la izquierda a través de unos rieles hidráulicos silenciosos, revelando un nicho oscuro en la pared, al mismo tiempo, el cajón que estaba con llave del escritorio se abrió en su interior descansaba un teclado mecánico, dentro del nicho en la pared, un monitor de tubo catódico cobró vida con un zumbido eléctrico, la pantalla negra parpadeó un par de veces antes de que unas letras de un verde fosforescente, con la inconfundible estética de los antiguos sistemas MS-DOS, aparecieran línea por línea:

// buenos días Fernanda Gundersen //

El cursor titiló por un par de segundos, esperando una interacción, antes de escupir la siguiente orden:

... que quieres hacer ahora... clave...

 

Miguel Ángel sentado al frente del teclado, con las manos temblando levemente cerró los ojos, forzando a su memoria a viajar a través de los cientos de páginas de los informes que Francisco Carrasco le había entregado tiempo atrás, había un patrón, una frase que Francisco solía repetir en sus informes.

Abrió los ojos y sus dedos comenzaron a golpear las teclas mecánicas, llenando el silencio de la habitación con clics secos:

//capitan_Gund_ Ragnar_ Go_on//

Presionó Enter.

La pantalla parpadeó, por un segundo, todo quedó en negro y entonces, estalló. Una cascada interminable de códigos, algoritmos, fechas y coordenadas comenzó a caer por la pantalla a una velocidad vertiginosa, Vecchio no pudo contener la emoción agarró a Miguel Ángel por los hombros y lo sacudió.

—¡Lo lograste, hueón, lo lograste! —gritó el periodista, dejando escapar una risa cargada de adrenalina—

Pero la euforia de Vecchio murió tan rápido como nació. Miguel Ángel no sonreía, su rostro, iluminado por el resplandor verde de la pantalla, se había vuelto pálido.

La cascada de códigos se detuvo bruscamente, el sistema limpió la pantalla y arrojó cuatro últimas líneas de texto, frías y calculadoras, como una sentencia de muerte digital:

// ecuación siete en proceso // fin de informe código virgo autocontrol y sistema de autoprotección en proceso// - ****control del mercado realizado con éxito*****

El silencio volvió a adueñarse de la oficina, ambos hombres quedaron petrificados frente al monitor.

 

 

Base de Entrenamiento del Mossad. Tel Aviv, 1998.

 

El sol del desierto caía a plomo sobre el polígono de tiro, haciendo ondular el aire sobre la arena. Abigail Stern tenía diecisiete años, pero entre los demás postulantes —hombres fornidos provenientes de las fuerzas especiales y mujeres veteranas de la inteligencia militar— parecía una niña extraviada.

No estaba allí por los canales regulares. Isolda, saltándose toda la burocracia del Mossad, la había seleccionado personalmente.

Isolda caminó por la línea de fuego, entregando a cada recluta una pesada Águila del Desierto (Desert Eagle) calibre 44. El arma era un bloque de acero negro, tosca y desproporcionada para las manos de Abigail.

—El primer ejercicio es simple —ladró Isolda, su voz cortando el viento —. Disparo a dos manos, si el retroceso los empuja un paso atrás, fallan, si el arma se les cae, lo lamentaran. ¡Fuego!

Abigail levantó el arma. Pesaba como un yunque. Apretó el gatillo, el estruendo fue ensordecedor y la patada del calibre .44 fue una explosión de energía cinética que le destrozó el agarre, el arma salió volando de sus manos y cayó al polvo.

Las risas ahogadas de los veteranos llenaron el silencio Isolda se acercó a paso lento, se paró frente a la joven de diecisiete años y la miró con un desprecio absoluto.

—Me equivoqué contigo, Stern. Pensé que traía a una futura agente ¡ pero solo traje a una niña que no puede sostener su propio peso! ¡¡Recógela y vuelve a intentarlo!! Con los ojos brillando por las lágrimas de frustración Abigail recogió el arma disparó por segunda vez, el retroceso casi le disloca los hombros, el arma estuvo a milímetros de resbalar, pero logró retenerla. Isolda no la felicitó; le escupió otra reprimenda sobre su postura débil y pasó de largo.

 

Esa humillación no la quebró; la incendió por dentro.

Mientras los demás reclutas dormían, el polígono de tiro seguía resonando en la madrugada. Abigail practicaba sin interrupción, sus manos estaban cubiertas de ampollas reventadas, pero no se detenía.

Llegó el segundo ejercicio: disparo a una sola mano.

Para una chica de su complexión, sostener la patada de esa bestia de acero con un solo brazo era biomecánicamente destructivo, la primera semana, el arma volvió a caer. Isolda la humilló de nuevo frente a todos.

Abigail continuó disparaba cientos de rondas al día, el impacto repetitivo hizo que ambas muñecas se le esguinzaran, el dolor era blanco, cegador cada vez que apretaba el gatillo, sentía agujas de fuego subiéndole por los antebrazos, lloraba en silencio, con las lágrimas mezcladas con la pólvora y el sudor en sus mejillas, pero su dedo índice no dejaba de presionar, a lo lejos, oculta en las sombras de la torre de observación, Isolda la miraba, una pequeña, casi imperceptible sonrisa curvó los labios de la veterana mentora Isolda sabía que era físicamente imposible que una chica de esa edad dominará el Águila del Desierto sin sufrir daños pero ese no era el punto del ejercicio, no estaba probando su fuerza muscular, estaba quebrando su límite humano para forjar un espíritu indestructible.

Meses después, el dolor desapareció, Abigail Stern ya no lloraba, se paraba en la línea de fuego y manejaba la pesada Águila del Desierto como si fuera un vaquero que dominó a un caballo salvaje, su cuerpo absorbía el retroceso del calibre .44 con la naturalidad de quien respira, su puntería se volvió milimétrica, monstruosa.

Cuando finalmente le entregaron su arma de reglamento, una Jericho 9mm, a Abigail le pareció tan ligera que parecía hecha de papel, con una sola mano y sin pestañear, vaciaba cargadores dibujando caras sonrientes, estrellas de David y patrones perfectos en el centro de los blancos más lejanos, ante la mirada atónita de los hombres que antes se habían burlado de ella.

 


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