Poker Negro parte veintidós " Rapida y letal"
Por Teulfelsaugen
Enviado el 16/06/2026, clasificado en Intriga / suspense
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Berlín. Noviembre del 2000. En tránsito y Estación Central.
El Volvo S40 rugía por las calles de Berlín, devorando la distancia hacia la estación central, en el asiento del copiloto, Bárbara se movía con la agilidad de una contorsionista, en un abrir y cerrar de ojos, la camiseta de Rammstein y la minifalda de cuero desaparecieron.
Merlín la miraba de reojo, impresionada, mientras Bárbara se enfundaba en un vestido ajustado color gris plomo sobre una blusa blanca impecable, mantuvo las medias negras, pero calzó unos botines negros de tacón bajo, perfectos para correr si era necesario, con unas toallitas húmedas borró el blanco cadavérico y el negro exagerado de su rostro, revelando sus facciones limpias, se colocó unos lentes de lectura de marcos metálicos dorados y, con un movimiento rápido, deshizo las trenzas estilo Harley Quinn para recoger su cabello rubio en una cola de caballo firme, sujeta con una coleta negra.
En menos de tres minutos, la anarquista Goth se había evaporado; en su lugar estaba una joven y agresiva ejecutiva bancaria europea.
—¿Por qué el cambio de ropa extremo? —preguntó Merlín, asombrada por la metamorfosis.
—Porque sería muy sospechoso que las cámaras de seguridad vieran a una chica Goth saliendo de la tienda de Hans Wolf y luego a la misma chica abriendo un casillero en la estación central —respondió Bárbara, revisando el cargador de su Glock—. Hay que romper el rastro visual.
Cuando el Volvo llegó a la imponente Hauptbahnhof, Bárbara no esperó a que el vehículo se detuviera por completo. Abrió la puerta y bajó con una rapidez felina, fusionándose instantáneamente con el flujo de pasajeros.
Caminaba de forma natural, pero con un paso rápido y decidido, sacó un teléfono celular de la época y fingió una llamada su voz sonaba firme, ejecutando un monólogo sobre "tasas de interés y fusiones" que convencía a cualquiera que pasara por su lado.
El interior de la estación era un inmenso galpón de acero y cristal, con pisos que recordaban a mosaicos y techos con tonos ladrillo, los viajeros se movían como hormigas en sus propias rutinas. Bárbara llegó a la zona de casilleros. Ubicó el número 42. Sin cortar su "llamada", deslizó la llave que le había quitado a Wolf.
La puerta metálica se abrió, allí estaba: la Tarjeta Madre.
Sabiendo que había demasiados ojos a su alrededor, la tomó y la guardó en su pequeño bolso de diseñador sin siquiera mirarla, dejó la puerta del casillero abierta de par en par y giró sobre sus talones, caminando rápidamente hacia la salida sur.
Bárbara avanzaba escaneando la arquitectura del lugar, pero no se dio cuenta de que, treinta metros detrás de ella, cinco hombres acababan de entrar. Vestían de forma casual, pero caminaban con la sincronización militar de un escuadrón de asalto, eran los recolectores de Poseidón.
Llegaron al pasillo de los casilleros,all ver la puerta del 42 abierta y vacía, el líder del grupo soltó una maldición, agarró por el cuello de la camisa a un joven turista que estaba sentado cerca, asustándolo.
—¿Quién abrió esto? ¡Habla!
Tras un par de empujones violentos, el muchacho balbuceó, aterrorizado:
—¡U-una chica! ¡Una ejecutiva rubia! De traje gris ¡Iba hacia allá!
Los cinco hombres soltaron al chico y empezaron a avanzar rápidamente entre la multitud, abriéndose en forma de abanico.
Cerca de la entrada principal, Merlín, que se había bajado del auto para cubrir la salida, vio el movimiento táctico de los hombres. Sus ojos se abrieron de par en par por la impresión.
Bárbara captó la mirada de su compañera desde lejos, su sexto sentido se disparó, sabía que la habían detectado.
En ese instante, un monje Hare Krishna se cruzó en su camino, ofreciéndole una rosa con una sonrisa pacífica. Bárbara usó la interrupción como cobertura táctica: aceptó la rosa, deteniéndose un segundo, lo que le permitió usar el reflejo de una vitrina cercana para mirar hacia atrás. Vio a los cinco hombres desplegándose para acorralarla.
Fingiendo buscar una moneda en su bolso para darle al monje, la mano de Bárbara se cerró en la empuñadura de su pistola. Con el pulgar, quitó el seguro.
—Lo siento, no tengo efectivo —se excusó con el monje, y volvió a caminar.
Cruzó la mirada con Merlín a la distancia, fue un segundo, pero los ojos de Bárbara gritaron una orden militar: "¡Al suelo!".
Merlín no lo dudó y se agachó tras un mostrador de información, los hombres de Poseidón, viendo que la rubia aceleraba el paso, dejaron de fingir,de debajo de sus abrigos sacaron subfusiles MP5.
Bárbara sintió que la estación se convirtió en un edificio blanco, sin tiendas, sin personas y sin ruido, un silencio perturbador, sentia que el oxígeno se agotaba, y que su estomago, intestinos y su garganta se cerraban, pero su mentre trabajaba escaneando cada centimetro, adelantando sus jugadas como un ajedrecista, exhalo profundo y se giró bruscamente, buscando la cobertura de un pesado pilar de concreto.
—¡AL SUELO! ¡TODOS AL SUELO! —gritó con todas sus fuerzas en alemán.
El primer hombre levantó su MP5, pero Bárbara fue más rápida, dos disparos secos y precisos de su Glock 23 impactaron en el pecho del tirador, derribándolo en el acto.
El infierno se desató, las ráfagas de los MP5 empezaron a sonar, escupiendo balas que destrozaban el pilar de concreto detrás del cual Bárbara se ocultaba, llenando el aire de polvo y esquirlas de piedra, la gente gritaba, el cristal de las vitrinas estallaba y la multitud corría despavorida, tropezando entre sí hacia las salidas.
Bárbara evaluó la situación en una fracción de segundo, los mercenarios de Monroe no tenían reglas de enfrentamiento; matarían a cualquier civil que se cruzara en la línea de fuego con tal de acribillarla.
Salió de su escondite corriendo a toda velocidad, rompiendo la cobertura para atraer el fuego hacia ella y alejar a los asesinos de la masa de civiles, Mientras corría en diagonal, levantó el arma, su entrenamiento se impuso sobre el caos. Pum. Pum. Dos hombres más de Poseidón cayeron, neutralizados con disparos limpios a la cabeza.
La balacera se intensificó con los dos tiradores restantes descargando sus armas contra la mujer rubia que se movía como un espectro.
Al pasar junto a un pequeño puesto de flores que estaba siendo destrozado por las balas, Bárbara vio a la anciana vendedora paralizada por el terror, expuesta en medio del fuego cruzado, sin detener su carrera, Bárbara la agarró de la ropa y la tiró violentamente al suelo tras el grueso mostrador de madera, cayendo sobre ella para protegerla con su propio cuerpo, diciéndole:
—¡Quédese quieta y no levante la cabeza si quiere seguir respirando!
Bárbara rodó sobre sí misma, apoyando la espalda contra el mostrador destrozado, cambiando el cargador de su Glock en un movimiento fluido de dos segundos, solo quedaban dos hombres, pero la estación de trenes se había convertido en una zona de guerra.
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