Póker Negro parte veintitrés " daño colateral "
Por Teulfelsaugen
Enviado el 19/06/2026, clasificado en Intriga / suspense
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Berlín. Estación Central (Hauptbahnhof).
La vitrina de madera astillada y cristal roto del puesto de flores no era una trinchera; era un ataúd a punto de cerrarse. Bárbara evaluó su posición en una fracción de segundo y comprendió que estaba en desventaja táctica, si iniciaba un tiroteo desde ahí, los subfusiles de los dos hombres restantes terminarían por atravesar la madera y masacrarlas a ambas.
Necesitaba cambiar las reglas del juego. Necesitaba que ellos vinieran a ella.
—Quédese absolutamente inmóvil —le susurró a la anciana florista, presionando el hombro contra el suelo cubierto de pétalos pisoteados y sangre—. Cierre los ojos. No respire. Hágase la muerta.
La anciana, temblando, cerró los ojos y acató la orden.
Bárbara al sentir los pasos de las botas que pisaban los cristales se levantó y corrió muy rápido pero la rafaga de disparos golpearon su espalda, la blusa detuvo los proyectiles, pero el dolor del golpe no, se tumbó de costado, ocultando su mano derecha bajo su chaqueta, aprovechando la herida que un cristal le dejo sangrando su mano izquierda, que mancho el piso como un rastro de sangre igual su blusa, de su falda no sacó un cargador de repuesto, sino el frío acero pavonado de su cuchillo pico de cuervo, una hoja curva y perversa diseñada exclusivamente para desgarrar.
La agente comenzó a respirar de forma errática y entrecortada, emitiendo un leve quejido ahogado, la trampa estaba puesta, parecía una mujer gravemente herida, desangrándose en el suelo.
El crujido de los cristales rotos bajo las botas tácticas anunció la llegada de los mercenarios, avanzaban lentamente, con las armas apuntando hacia el mostrador destrozado, no querían acribillarla a ciegas; necesitaban saber dónde estaba la tarjeta Madre antes de silenciarla, el primer hombre asomó la cabeza por encima del mostrador, viendo el cuerpo inerte de la anciana el rastro de sangre y a Bárbara retorciéndose levemente en el suelo, en la esquina de un pilar.
—Está herida —dijo el mercenario en ruso, bajando el cañón de su MP5—. Cógele el bolso, rápido, si se resiste, remátala—
El hombre se inclinó sobre el mostrador y caminó hasta quedar al lado de ella, estirando el brazo para agarrar a Bárbara por la solapa de su blusa blanca. Fue su último error, la "mujer herida" estalló en un movimiento de violencia pura. Bárbara giró sobre sí misma como un resorte, el cuchillo pico de cuervo cortó el aire y se hundió profundamente en la pantorrilla del mercenario, seccionando músculo y tendones con un solo tirón brutal.
El hombre soltó un alarido de agonía, doblando la rodilla y cayendo hacia adelante por la pérdida de soporte, antes de que su cuerpo golpeara el suelo por completo, Bárbara ya había completado el arco de su movimiento, el filo curvo del cuchillo pasó limpiamente por el cuello del mercenario, abriendo una sonrisa roja y silenciando su grito en un gorgoteo de sangre, el segundo hombre, horrorizado por la velocidad de la carnicería, levantó su arma para disparar, pero Bárbara no le dio el segundo que necesitaba, con la mano izquierda sostuvo el cuchillo manchado, su mano derecha levantó la Glock 23. ¡Pum! Un disparo exacto destrozó la rodilla del último tirador, haciéndolo colapsar hacia atrás, antes de que el hombre pudiera siquiera registrar el dolor o apretar su propio gatillo, Bárbara ejecutó el remate táctico. ¡Pum! El segundo impacto le dio de lleno en la cabeza, neutralizando la amenaza instantáneamente.
El silencio sepulcral que siguió fue roto únicamente por el llanto de la anciana y el sonido lejano de las sirenas de la policía de Berlín aproximándose, Bárbara guardó sus armas, se sacudió los cristales de la ropa y salió corriendo de su escondite, saltando sobre los cuerpos de los mercenarios, atravesó las puertas de cristal de la estación sur a toda velocidad, afuera, el Volvo S40 ya no estaba aparcado. Merlín, leyendo la situación con la intuición de una veterana, había acercado el vehículo hasta la misma escalinata de salida, el motor rugía y la puerta trasera estaba abierta de par en par, Bárbara se lanzó al interior del asiento trasero, cerrando la puerta de un portazo.
—¡Pisa a fondo! —gritó.
Los neumáticos del Volvo chillaron contra el asfalto, quemando goma mientras el coche salía disparado hacia el tráfico berlinés, desapareciendo entre las calles antes de que las primeras patrullas cruzaran el perímetro de la Hauptbahnhof, en el bolso de la agente, a salvo del caos, descansaba el corazón tecnológico de Poseidón.
El Volvo S40 negro quedó oculto bajo una pesada lona encerada en el nivel subterráneo de la antigua fábrica textil soviética, el eco de las puertas de acero al cerrarse fue el único sonido que rompió el silencio del refugio.
Bárbara caminó hacia la mesa principal y arrojó el bolso sobre la madera con un suspiro áspero, la adrenalina empezaba a abandonar su sistema, dejando paso al dolor sordo de los músculos tensos, mientras se curaba la herida de su mano.
Merlín se cruzó de brazos, apoyándose contra una columna de concreto gris, su mirada estaba clavada en la joven agente, y no había rastros de la complicidad que habían compartido en el auto horas atrás.
—Fue demasiado arriesgado lo que hiciste allá afuera, Schaffer —disparó Merlín, con la voz afilada como un bisturí—. Rompiste la cobertura para atraer el fuego y luego te detuviste a cubrir a una anciana, te expusiste a una ráfaga directa.
Bárbara se giró, con los ojos brillando aún por la tensión del combate.
—Si no lo hubiera hecho, esos animales de Poseidón habrían acribillado a quince o veinte personas inocentes solo para llegar a mí, yo no mato civiles, Merlín—
La pelirroja no parpadeó, caminó lentamente hacia la mesa y golpeó el pequeño bolso donde descansaba la Tarjeta Madre.
—Quince o veinte personas... —repitió Merlín con una frialdad matemática—. Bárbara, si tú morías en esa estación, o si ellos recuperaban esta tarjeta, quince o veinte mil millones de personas morirían a causa de la hambruna y el caos que desatará el Código Virgo tu empatía casi nos cuesta el mundo.
Bárbara apretó la mandíbula, pero Merlín levantó una mano para detener cualquier réplica.
—El daño colateral es feo, es una mierda pero es una variable de la ecuación que debes aprender a usar a tu favor —El silencio en el antiguo almacén soviético se volvió denso, casi asfixiante. Bárbara miró sus propias manos, las mismas que horas antes habían protegido a la anciana florista en la estación.
—Tienes el futuro del mundo entero en tus manos, Bárbara —sentenció Merlín, señalando el bolso—. Eres la línea que separa a la civilización de la extinción, pero si no logras la misión, no importa a cuántos salvaste en el camino, no importan las consecuencias, si fallas hoy por no querer ensuciarte las manos, mañana toda la humanidad pagará el precio., cumple la misión, a costa de lo que sea, y de quien sea—
Bárbara no respondió,la lección de Merlín era un veneno lento, otra capa de humanidad que debía ser arrancada para poder ganar esta guerra, asintió lentamente, asimilando que para salvar el mundo, tendría que estar dispuesta a sacrificarlo a pedazos.
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