Póker Negro parte veinticuatro " No quiero ser un Ángel "

Por
Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
15 visitas

Marcar como relato favorito

Berlín,  Noviembre del 2.000 

 

La tensión en el almacén soviético era tan densa que se podía cortar con un cuchillo, hasta que Bárbara rompió el silencio.

—Entonces... ¿lo hice mal, Merlín? —preguntó Bárbara, con la voz firme pero esperando el veredicto final.

La mirada gélida de Merlín se suavizó de repente, el rictus severo de sus labios se transformó en una pequeña y genuina sonrisa de admiración la veterana agente cruzó los brazos y negó con la cabeza lentamente.

—Sinceramente, Schaffer... me impresionaste —confesó Merlín, dejando que el tono profesoral se desvaneciera para darle paso a un respeto profundo—. Nunca he visto a alguien tan poderosa en un enfrentamiento abierto, te tomó exactamente cinco segundos convertir una emboscada mortal en un área despejada, la mitad de la gente estaba en el suelo y la otra mitad huyendo despavorida.

Merlín caminó alrededor de la mesa, observando a Bárbara ya no como a una novata, sino como a una igual.

—Si hubieras mantenido tu línea de fuego sin detenerte por la anciana, créeme que en menos de diez segundos habrías eliminado a todos los hombres de Poseidón sin un rasguño, tu forma de disparar... tu rango de giro, la manera en que absorbes el retroceso y encuentras el centro de masa de tus objetivos es asombroso eres letal y rápida eso te hace única, no eres solo una agente, Schaffer; eres un arma viviente.

Bárbara asintió levemente asimilando el elogio, venir de alguien con la trayectoria de Merlín era una medalla de honor.

—Y además, tu forma de operar en el campo... —continuó Merlín, soltando una risa corta y ronca al recordar la mañana—. Eres brillante, realmente me dejaste descolocada, cuando te vi salir vestida de Goth, bailando Du Hast y tropezando borracha por la calle, pensé que habías perdido la cabeza, pero ver cómo despejaste el camino, humillando a los mejores sabuesos de Langley y del MI6 en su propia cara sin disparar una sola bala... fue una obra de arte.

Merlín se detuvo frente a ella y le puso una mano firme en el hombro, un gesto de camaradería que rara vez se permitía.

—Isolda sabía exactamente lo que hacía cuando te reclutó. Sigue así, Bárbara, combina esa mente retorcida para el engaño con esa letalidad con el arma, y James Monroe no tendrá a dónde esconderse. 

 

Luego se giró pensando —Todas las fronteras, aeropuertos y estaciones de tren estarán en alerta máxima en menos de una hora. Langley, el MI6 y la inteligencia alemana estarán buscando a una ejecutiva rubia y letal, o a un comando armado —dijo Merlín, cruzándose de brazos—. ¿Cómo diablos vamos a sacarte de Alemania con la Tarjeta Madre?

Bárbara, esbozó una sonrisa que no tenía nada que ver con la frialdad de la misión acababa de ver un anuncio en el periódico que estaba en la mesa.

—Yo sé cómo hacerlo —dijo Bárbara, dándose la vuelta con un brillo travieso en los ojos, uno que Merlín no había visto antes—. Pero necesito que me consigas un pasaje muy específico. Es una idea loca.

Merlín enarcó una ceja, pero al escuchar el plan, no pudo evitar sonreír de lado.

—Prepara tu equipaje, agente. 

 

A la mañana siguiente.

La ejecutiva de la estación de trenes había desaparecido, enterrada bajo capas de maquillaje blanco, delineador negro y cuero. Bárbara Schaffer, de vuelta en su atuendo Goth, caminó hacia una plaza céntrica donde docenas de jóvenes vestidos de negro, con botas de plataforma y camisetas industriales, se congregaban. Bárbara se mezcló entre ellos con una naturalidad absoluta, cuando un grupo empezó a corear a todo pulmón los primeros versos de Du Hast, ella levantó el puño y gritó la letra junto a ellos, riendo con una autenticidad que sorprendió a su propio instinto de supervivencia.

Subió a una furgoneta alquilada junto a cinco fanáticos más, todos eufóricos, rumbo al aeropuerto. Merlín había hecho su magia: el pasaje, los documentos falsos y los controles de seguridad fueron sorteados con facilidad, las autoridades buscaban a una asesina profesional, no a una horda de metaleros sudorosos y ruidosos que viajaban al extranjero para seguir la gira de su banda, una vez que el avión alcanzó la altitud de crucero, el ambiente en la clase turista era una fiesta contenida. Bárbara estaba sentada en el asiento de ventanilla, a su lado, un joven gordito con una camiseta desteñida del tour Sehnsucht tamborileaba los dedos sobre sus rodillas.

Bárbara cerró los ojos por un momento. El bolso con la Tarjeta Madre descansaba bajo el asiento frente a ella, pero por primera vez en semanas, su mente no estaba en la misión 

cuando estaba en Israel, encerrada en los estrictos muros de su vida pasada, su mayor sueño —su secreto más rebelde— era ir a un concierto de Rammstein, y aunque sabía que al aterrizar no vería el espectáculo pirotécnico de Till Lindemann, estar allí, rodeada de sus "iguales", se sentía como si el concierto ya hubiera empezado, de repente, desde las filas traseras, alguien empezó a silbar, era un silbido agudo, rítmico, inconfundible la introducción de Engel, la cancion favirita de la agente, en cuestión de segundos, otros fanáticos se unieron al silbido., el chico gordito a su lado empezó a cantar la letra en voz baja, marcando el ritmo con la cabeza, la frialdad de la agente Schaffer, la máquina de guerra que había destrozado gargantas y perforado cráneos el día anterior, se desvaneció por completo.,en ese asiento de clase turista, solo quedaba Abigail Stern, una chica de diecinueve años que adoraba a su banda favorita.

Bárbara estalló en una sonrisa radiante y empezó a cantar junto al chico de al lado:

—Gott weiß ich will kein Engel sein... (Dios sabe que no quiero ser un ángel).

Cantaron con fuerza, compartiendo una camaradería instantánea y pura, la gente alrededor los miraba, algunos sonreían, otros se unían al coro. Bárbara se sentía inmensamente feliz, libre de la oscuridad de la muerte, embriagada por la vida y la música que su padre le había prohibido.

Pero a mitad de la canción, justo cuando el segundo silbido de la introducción volvió a sonar, llenando la cabina con su melodía melancólica, Bárbara se detuvo, las palabras de la canción parecieron golpear algo muy profundo en su interior "Dios sabe que no quiero ser un ángel" Giró el rostro hacia la ventanilla, más allá del cristal grueso, un mar de nubes blancas y resplandecientes se extendía hasta el horizonte, bañadas por la luz dorada del sol, la sonrisa eufórica se transformó en una expresión de paz absoluta y de una alegría serena que le humedeció los ojos delineados de negro, mirando ese cielo infinito, sintió un deseo ardiente, casi doloroso, de vivir, se dio cuenta de que el mundo era mucho más que misiones, pólvora y trincheras, recordó a su familia, a su novio en Tel Aviv, y la calidez de un hogar que la esperaba.

Apretó los puños con determinación. Tenía que sobrevivir a Poseidón, tenía que entregar esa Tarjeta Madre,  capturar a Miguel Ángel Linares y destruir los planes de James Monroe y volver a Israel. Porque después de que la misión terminara, aún le quedaba toda una vida por disfrutar.

 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed