Deberes Sin Hacer
Por Pecado de Seda
Enviado el 19/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Como cada tarde, el profesor de repaso llegó a casa. Nos sentamos uno frente al otro en la mesa del comedor. Yo llevaba un vestido vaporoso color beige de manga corta; él vestía pantalón negro y camisa blanca.
Me regañó con voz firme porque no había hecho bien los deberes. Sin decir nada, me subí encima de la mesa y me senté justo delante de él. Lentamente abrí las piernas. No llevaba ropa interior.
Se quedó sin hablar un segundo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Su mirada bajó directamente a mi sexo expuesto y ya húmedo. Tragó saliva y, de pronto, sus manos fuertes me agarraron por los muslos y me atrajeron hacia él con un tirón. Mi culo quedó justo en el borde de la mesa, las piernas abiertas de par en par frente a su cara.
Acercó su boca y pasó la lengua despacio por toda mi raja, saboreándome. Gemí y me sujeté al borde de la mesa. Siguió lamiéndome con ganas hundiendo la lengua dentro de mí y chupando mi clítoris hinchado mientras una de sus manos subía y apretaba mis pechos por encima del vestido, pellizcando el pezón con fuerza.
Me bajé de la mesa, cogí un cojín del sofá y lo puse en el suelo. Me arrodillé frente a él. Se bajó la cremallera del pantalón y sacó su polla, completamente dura y tiesa. La agarró con una mano mientras me miraba con deseo.
Empecé a chupársela con ganas. Tenía los huevos hinchados y pesados. Me la metí en la boca, subiendo y bajando con avidez, lamiendo y succionando mientras él gemía de placer.
—Así… no pares —gruñó, sujetándome la cabeza.
Me besó con fuerza, devorándome la boca. Me levantó y me subió de nuevo a la mesa. Me abrió las piernas todo lo que pudo y, de un solo empujón, metió su polla gruesa en mi sexo empapado. Empezó a embestirme con ganas, profundo y rápido. Una y otra vez. Sus caderas chocaban contra mí mientras yo no dejaba de gemir.
—Ahhh… ¡Aaaahhh!! —gritaba de placer.
Sacó su polla lentamente y empezó a rozarla por encima de mi sexo, deslizando el glande hinchado entre mis labios y presionando mi clítoris, torturándome. Gemí desesperada, moviendo las caderas. Entonces volvió a metérmela entera. Se inclinó sobre mí y me susurró al oído con voz ronca:
—Estás tan mojada… ¿Esto es lo que querías, eh? Que te folle encima de la mesa… Eres una chica muy mala, pero me encanta cómo te corres con mi polla.
Cogió la silla y me puso de culo, inclinándome hacia adelante. Subió mi vestido hasta la cintura y colocó su polla en mi entrada. Empujó poco a poco, centímetro a centímetro, abriéndome mientras yo gemía bajito. Cuando estuvo completamente dentro, se inclinó sobre mi espalda y me susurró al oído:
—Me vuelves completamente loco.
Estaba arrodillada encima de la mesa, mirándolo con deseo, cuando él me dio varias palmadas fuertes en el culo. El sonido seco resonó en la habitación. Gemí alto y me agarré los cachetes con ambas manos, abriéndome más para él.
—Así… ábrete para mí —gruñó.
Siguió embistiéndome con más fuerza.
Cambiamos de posición. Él se sentó en la silla y yo me subí encima, mirándolo directamente a los ojos. Agarre su polla hasta ponerla en la entrada de mi sexo metiéndola por completo. Sus manos fuertes me agarraron los cachetes del culo con firmeza. Empecé a moverme con frenesí, cabalgándolo sin control. El placer era inmenso. Mis gemidos llenaban todo el comedor.
Él acercó su boca a la mía y nos dimos un beso húmedo y profundo mientras yo seguía moviéndome adelante y atrás con desesperación. Metió dos dedos junto a su polla, estirándome aún más.
—¡Aaaahhh!! —grité contra sus labios, temblando entera.
El ritmo se volvió salvaje. De pronto, él apretó los dientes y jadeó:
—No… no aguanto más…
Nos levantamos deprisa. Me puse en cuclillas frente a él, agarré su polla hinchada y brillante y me la metí entera en la boca. La chupé con avidez, moviendo la cabeza rápido, succionando y lamiendo cada centímetro. Él me sujetaba el pelo, gimiendo con fuerza.
Con un gruñido ronco y profundo se corrió en mi boca. Chorros calientes llenaron mi lengua. Tragué todo sin dejar de chupársela, limpiándola hasta la última gota.
Cuando terminó, se dejó caer en la silla, exhausto y sonriente. Me miró con esa mezcla de autoridad y satisfacción y, entre risas, dijo:
—Espero que mañana tengas los deberes hechos… Aunque si no los traes, ya sabemos cuál será tu castigo.
Me levantó del suelo, me besó suavemente en los labios y añadió en voz baja:
—Esta ha sido la mejor clase de repaso que hemos tenido nunca.
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