La primera vez que tuve sexo por dinero - Parte II
Por Carol178
Enviado el 19/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Me tumbó en la cama, y empezó a besarme el pecho, el vientre, los muslos. Klaus se acercó, también desnudo. Vi su pene: no era enorme, quizás quince centímetros, pero grueso, y ya completamente duro. No podía dejar de mirarlo.
Valeria se subió sobre mí, sus pechos rozando los míos, su boca encontrando la mía. Y luego sentí los labios de Klaus en mi nuca, sus manos grandes apretando mis caderas mientras Valeria me guiaba.
La primera vez que él se vino fue rápido. No culpo, la vista era espectacular: ella cabalgándome, él entrándome por detrás, todos sudados, respirando fuerte. Klaus gimió, se tensó, y sentí su semen caliente dentro de mí. Valeria se rió suave.
—Apenas empezamos, alemán —dijo, y lo empujó hacia la cama.
La segunda vez fue más larga. Klaus se recuperó en minutos, como si tuviera una fuente inagotable. Esta vez Valeria se puso en cuatro, y él la penetró desde atrás mientras ella me besaba. Yo estaba al frente, sintiendo su lengua, sus dedos, mientras escuchaba sus gemidos mezclados con los de él.
—Ven —me ordenó Valeria entre besos—. Siéntate en su cara.
Me monté sobre su rostro, y él me devoró con hambre. Su lengua era hábil, precisa. Mientras, Valeria cabalgaba su pene, moviéndose rítmicamente, una diosa sudada y sonriente.
Se vino dentro de ella, gimiendo su nombre. Valeria se estremeció también, aunque no sé si fue real o un regalo para él. Al soltarlo, su semen escurría por sus muslos.
—Aún no termino —dijo Klaus, con su acento cortado.
Sonreí. Ni yo.
La tercera vez fue mía. Klaus yacía boca arriba, y Valeria me animó a montarlo. Dudé un segundo. Ella se puso detrás de mí, sus manos sobre mis caderas, su voz en mi oído.
—Mueve así, despacio... sí, así. Agarra sus manos.
Lo hice. Klaus me miraba con esos ojos de glaciar derritiéndose, sus dedos enredados en los míos. Valeria me besaba la espalda, me acariciaba los senos, susurraba cosas que me hacían arder.
—¿Sientes cómo late? —preguntó—. Se está viniendo otra vez.
Y lo sentí. Klaus se arqueó, gimió, y su calor llenándome otra vez. Yo también, por primera vez en esa noche, me dejé ir.
Después vino lo práctico.
Valeria se levantó con una calma absoluta, tomó la cartera del gringo que estaba en su pantalón y le mostró como sacaba los billetes verdes acordados. Contó despacio.
—Setenta y cinco para ti —dijo, poniéndolos en mi mano—. Setenta y cinco para mí.
Klaus se vistió rápido, un poco avergonzado, un poco orgulloso. Dijo algo sobre volver al día siguiente. Valeria sonrió, le dio un beso en la mejilla, y cerró la puerta tras él.
El cuarto quedó en silencio. Yo estaba sentada en la cama, desnuda, los billetes apretados en el puño. No sabía si sentirme sucia o poderosa o las dos cosas juntas.
Valeria se sentó a mi lado. No dijo nada. Solo me tomó la mano y la abrió, mirando los billetes.
—La primera vez es la más dura —dijo al fin—. Pero lo hiciste bien. Muy bien.
Y entonces se acercó.
Sus labios encontraron los míos. Eran suaves, cálidos. Diferentes a los de un hombre. No había barba que raspara, no había prisa. Solo su boca moviéndose lenta, tierna, su lengua acariciando la mía como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Nunca había besado a una chica.
Pero supe que quería hacerlo otra vez.
Se recostó, llevándome con ella. Apagó la luz. Y nos quedamos abrazadas, piel contra piel, su pecho contra mi espalda, su brazo rodeando mi cintura.
—Duerme —murmuró—. Mañana hay más.
Me acurruqué contra ella. Estaba desnuda, cansada, pegajosa de sudor y semen. Pero también más viva que nunca.
Su respiración se volvió lenta, rítmica. La sentí besarme el hombro una última vez.
Y me dormí así, abrazada a una mujer que apenas conocía, sintiendo su calor, su olor, su calma. Sin saber lo que vendría después, sin querer saberlo. Solo ese momento, ese abrazo, esas caricias que parecían borrar todo lo demás.
Esa noche descubrí que podía ser muchas cosas. Hija de Lima, mesera en Cusco, amante de un alemán, o simplemente la mujer que se dormía en los brazos de otra, escuchando su corazón latir lento, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo... en casa.
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