Mi verano en La Molina - Parte II
Por Carol178
Enviado el 20/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
108 visitas

La primera vez
No pasó ni una hora desde que aceptamos cuando don Fernando nos llamó a las cuatro a su habitación. Era una suite enorme, con cama king size, cortinas de terciopelo rojo, y un baño con jacuzzi. Él estaba en boxers, sentado en el borde de la cama, con una erección que se marcaba claramente bajo la tela. Mateo estaba recostado en un sillón, con una cerveza en la mano, observándonos.
—Quiero verlas —dijo don Fernando, la voz ronca—. Quítense la ropa. Todas.
Jennifer fue la primera. Se desabrochó el short y lo dejó caer, luego se quitó la blusa. Sus tetas eran inmensas, naturales, con pezones rosados y grandes. Su culo ancho se movió cuando se giró para mirarnos. La japonesita —se llamaba Yuki— se quitó el buzo con timidez, dejando ver un cuerpo de porcelana, senos pequeños pero perfectos, una cintura diminuta. La blanquita —Lola— se desnudó rápido, como si fuera un trámite. Su cuerpo era pura tensión: abdominales marcados, muslos duros, y ese culo firme que parecía esculpido.
Yo dudé un segundo. Pero luego pensé en la plata. Me saqué los lentes, los puse sobre la mesa de noche. Me quité la blusa, el pantalón. Quedé en tanga y sostén. Mis curvas siempre fueron generosas: las caderas anchas, los muslos gruesos, el culo grande. Me puse roja, pero no me escondí.
—Párate bien —dijo don Fernando—. Date la vuelta.
Obedecí. Sentí su mirada recorriendo mi cuerpo, deteniéndose en mis nalgas. Luego se paró, se acercó a Yuki, le acarició la mejilla. Ella temblaba.
—¿Has hecho esto antes? —le preguntó.
—Un poco —susurró ella.
—Bien. Arrodíllate.
Yuki se arrodilló sobre la alfombra. Don Fernando se bajó los boxers. Su pija estaba dura, gruesa, con las venas marcadas. Yuki la tomó con ambas manos, dudó un momento, y luego abrió la boca. La lamió primero, pasando la lengua por la punta, bajando por el tronco. Luego la metió entera. Su cabeza subía y bajaba, los ojos cerrados.
—Así me gusta —dijo él, poniéndole una mano en la nuca—. Más hondo.
Yuki tosió un poco, pero siguió. Su boca pequeña se estiraba alrededor de ese vergón, la saliva chorreando por su barbilla.
Mientras tanto, Mateo se levantó del sillón. Se acercó a Lola, que seguía de pie, erguida y tensa.
—¿Tú también eres buena con la boca? —le preguntó, acariciándole el hombro.
—Prefiero otro tipo de ejercicios —respondió ella, con una sonrisa burlona.
—Entonces muéstrame.
Él se bajó el pantalón. Su pija era más larga que la de su padre, pero un poco más delgada. Lola se puso en cuatro sobre la cama, ofreciendo ese culo duro y parado. Mateo se colocó detrás de ella, le separó las nalgas con las manos, vio su coño depilado, húmedo ya.
—Que rico —murmuró, y sin más, la penetró.
Lola soltó un gemido, pero no de dolor. Su cuerpo se tensó, se arqueó. Mateo empezó a moverse, primero lento, luego más rápido. Sus caderas chocaban contra las nalgas firmes de ella con un sonido húmedo. Ella apoyó la frente en la cama, empujando hacia atrás, buscando más.
Jennifer se había sentado en una silla, observando. Se tocaba los pezones, se frotaba el coño sobre la tela del short. Don Fernando la vio, y mientras Yuki seguía mamándosela, le hizo una seña.
—Ven acá, gringuita. Siéntate en mi cara.
Jennifer se levantó, se quitó el short, y se colocó sobre el rostro de don Fernando, que se había recostado en la cama, con Yuki aún entre sus piernas. Ella bajó su culo ancho sobre su boca, y él comenzó a lamerle el coño con desesperación, mientras con una mano le agarraba una nalga y con la otra le acariciaba las tetas.
Yo seguía de pie, viendo todo. Mi cuerpo estaba caliente, el coño húmedo. No sabía si unirme o esperar. Entonces don Fernando levantó la cabeza, con la cara mojada por los jugos de Jennifer.
—Tú, la de gafas. Ven aquí. Quiero que te sientes en mi cara mientras la gringa se sienta en mi verga.
Jennifer se levantó, se colocó sobre la pija de don Fernando, que seguía dura, y se empaló lentamente. Soltó un gemido profundo, cerró los ojos. Su culo ancho rebotaba contra sus muslos. Yo me acerqué, dudando.
—No seas tímida —dijo él, con la voz ronca—. Baja tu culo aquí.
Me coloqué sobre su rostro, de espaldas a él. Bajé mis caderas hasta sentir su boca en mi coño. Su lengua era hábil, encontraba mi clítoris de inmediato, lo lamía, lo chupaba, mientras yo me sostenía en el espaldar de la cama. Jennifer seguía cabalgando encima de él, su coño apretando su verga, sus tetas rebotando. Yuki se había quedado a un lado, viendo, tocándose.
Mateo seguía follando a Lola, que ahora estaba boca abajo, con las piernas abiertas, gimiendo fuerte. La cama crujía.
—Me voy a venir —dijo Lola, sin aliento.
—Hazlo —respondió él—. Vente en mi verga.
Ella gritó, su cuerpo se convulsionó, y Mateo siguió penetrándola, sintiendo cómo se apretaba alrededor de él. Luego se vino también, gruñendo, enterrando su cara en la nuca de ella.
Don Fernando, mientras tanto, no paraba de lamer mi coño. Su lengua entraba y salía, su nariz rozaba mi clítoris. Sentí que me iba a venir, todo mi cuerpo temblaba. Me aferré al espaldar, dejé de controlarme, y me corrí en su boca. Mi coño se contrajo, chorreando. Él lo bebió todo.
Jennifer también se vino, encima de él, con un gemido largo y gutural. Sus muslos temblaban.
Cuando terminamos, estábamos todas sudadas, despeinadas, respirando agitadas. Don Fernando se incorporó, con la cara brillante. Mateo se recostó en la cama, sonriendo.
—Buen comienzo —dijo don Fernando—. Ahora, a la ducha. Mañana hay más.
Comentarios
COMENTAR









¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales