CREEP capítulo cinco

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 El ambiente en el comedor era cálido y húmedo como un tifón, una tormenta cargada no de agua sino se una densa sensualidad, Kaira usando su espontaneidad y el sarcasmo que era ya a sus dieciocho años más que un don, una maestría, limpiaba la mesa con una gran energía e imitando la voz chillona de la caricatura de una mesera de una cafetería de las carreteras de los Estados Unidos, esto tenía divertidos a Gloria y a Rodolfo, pero Gabriel la miraba fijamente, la sonrisa de al principio de la intervención de la rubia cambió cuando ella se giró a espalda de Gloria y en un scetch humorístico empezó a pegarle con el paño, pero detrás de las risas de los padres, Gabriel notó que con sutileza, quizás cuando fue a la cocina a buscar los objetos de limpieza, que Kaira se desabotonó su chaleco dejando expuesto parte del sostén, según ella era parte de su papel de mesera, al estar de pie no se notaba, pero al agacharse al lado de Gloria y al frente a Gabriel se vio claramente, la rubia empezó a restregar enérgicamente con el paño, haciendo que sus pechos se movieran, era un ataque sutil perpetrado por un ninja, si Gabriel pensaba que pronto se acabaría, estaba equivocado.

— ya, ya hija, está bien, hay que servir el postre, el helado está en el refrigerador — 

—ok, pero Gabriel y yo serviremos el postre— sugirió Kaira 

—¡Buena idea! Exclamó Gloria.

 

Gabriel en la cocina estaba atónito, claro que sabía cuales eran los pasos para servir cuatro copas de helado, pero estar en la cocina con Kaira era como estar en una jaula con un tigre

 

Kaira, sin inmutarse por la presencia de Gabriel, sacó el tarro de helado de tres sabores y lo puso sobre la encimera, con un movimiento casual, abrió el tarro de cartón, lentamente como si abriera un cofre del tesoro, sacando una cuchara y antes de utilizar la cuchara para servir helados, hundió la cuchara en el pote y la extrajo llena, en lugar de llevarla a uno de los cuencos, la giró lentamente, lamiendo el borde con una deliberación que Gabriel sintió como un ataque personal.

 

— Este helado me gusta —dijo ella.

 

Pasó la cuchara por el borde de cartón de la tapa y luego, al encontrarse con la mirada paralizada de Gabriel, empezó a pasar la lengua por el helado de la cuchara, el contacto frío contra el lunar al costado izquierdo de su arco de Cupido y sus labios, que transmitían una sensualidad perturbadora, lo convirtió en un espectáculo íntimo y cruel.

 

Gabriel miraba como si pronto fuera ser fusilado, sus defensas, esos principios éticos que le habían enseñado a construir, se deshacían como un terrón de azúcar, en medio de su pánico gélido, un poco de helado, resbaladizo cayó sobre la tela transparente del chaleco de hilo blanco de Kaira, justo en la curva superior de su pecho izquierdo.

 

Kaira sonrió, una sonrisa de victoria sobria.

 

— Vaya, no te dejé helado en la cuchara, Gabriel, pero si quieres…acá cayó un poco. Adelante, usa las manos o la boca, da lo mismo, contigo no soy exigente — término Kaira de decir con una voz grave y apretada, con una sensualidad de locutora radial.

 

Gabriel camino hacia un mueble rectangular, delgado de dos puerta de la puerta superior trató de sacar un paquete de obleas para acompañar el helado pero torpemente se le cayó y con la misma actitud se agachó para recogerla, pero al levantarse sintió que su cabeza chocó con la mano de Kaira.

— ten cuidado casi te golpeas con la puerta- frente de él estaba ella mirándolo con ojos serenos pero luego ella se pasa el dedo por el helado qué tenía en su pecho y con este le ensucia la nariz a Gabriel, la mirada entre ambos era de un calor tensó como el ojo de un huracán tropical roto solo con el grito de Rodolfo  

-— y ¿qué pasó? ¿Están haciendo el helado?

— ¡No, encontramos restos de un tigre dientes de sables en el helado de vainilla! Grito Kaira, luego mirando a Gabriel. — ya sirvamos el postre—

 

El eco de la risa explosiva de la cena se había disipado, dejando paso al zumbido del refrigerador y el choque suave de la loza. El sábado por la noche en Santiago se sentía pesado, cargado de una humedad que se filtraba por las ventanas.

?En la cocina, Rodolfo doblaba el paño con una precisión casi militar, pero sus hombros estaban caídos.

?— A veces no me gusta cuando a mi Kaira se le pasa la mano con los comentarios —confesó Rodolfo, mirando el fondo del lavaplatos — Ya no es la primera vez que lo hace. Me preocupa que la gente no entienda su honestidad—

?Gloria se acercó a él y le puso una mano en el brazo, con esa ternura que Gabriel siempre admiraba desde lejos.

?— Sabes, ella es muy especial —dijo Gloria con convicción—. Es alegre, inteligente... prudente a su manera. Eso es lo que me gusta, Rodolfo, le da luz a la casa y además, Gabriel está muy feliz. Lo he visto sonreír con una frecuencia que no conocía, siento que finalmente tenemos una familia completa.

?Rodolfo dejó el paño a un lado y suspiró, la luz fluorescente de la cocina resaltaba las líneas de preocupación en su rostro de constructor civil, un hombre acostumbrado a medir la resistencia de los materiales pero incapaz de predecir el corazón de su hija.

?— No lo sé, Gloria —murmuró—. Ella hace reír y actúa así porque tuvo que pasar meses sola en ese lugar cuando era apenas una bebé... No quiero que lo pase mal, siento que a veces su humor es una forma de no dejar que nadie se acerque demasiado. No quiero que sufra como cuando

 


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