Fábula del emperador y las piezas del ajedrez
Por Eunoia
Enviado el 18/05/2026, clasificado en Varios / otros
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Había una vez un emperador que era muy inteligente y tenía una gran curiosidad por lo desconocido. Leía a diario libros de su amplia biblioteca, y siempre estaba buscando nuevas formas de desarrollo para su reino.
Un día, un viajero de un país muy lejano, llegó a la corte y le presentó un juego fascinante: lo llamó ajedrez. El emperador, intrigado, pidió al viajero que le enseñara cuanto antes. El viajero le explicó las reglas de juego y que cada pieza representaba un aspecto de la vida y que para ganar la estrategia era la base.
El emperador quedó impresionado y empezó a practicar con el viajero cada día. Tanto le gustaba que cada noche se acostaba deseando que amaneciese para poder jugar.
Estaba tan cautivado con ese tablero y esas figuras tan perfectas, que decidió que el ajedrez debía ser parte de la educación de todos sus súbditos. Sin embargo, el viajero le hizo una advertencia: "Este juego no solo es entretenimiento; también puede revelar la verdadera naturaleza de las personas".
Intrigado por la advertencia, el emperador organizó un gran torneo de ajedrez en su palacio, invitando y enseñando a jugar a todo el pueblo. A medida que las partidas avanzaban, se desvelaron secretos y rivalidades ocultas entre los lugareños. Algunos jugaron con honor, mientras que otros usaron tácticas desleales.
Al final del torneo, el emperador se dio cuenta de que el ajedrez era más que un simple juego; era un espejo de su reino. Decidió que debía actuar para restaurar la armonía y la justicia. Pero, ¿cómo podría hacerlo sin desencadenar más conflictos?
De nuevo el emperador se entregaba a cavilaciones acerca del precioso juego llegado de fuera de sus confines. Meditabundo, observando el agua de la fuente central de su jardín más preciado, vio llegar a una niña que era la hija de una de las cocineras de su palacio, que tenía por nombre Luz. La niña ignoró por completo al poderoso hijo del Sol y fue a sentarse bajo un frondoso naranjo de aromáticas flores de azahar. Allí desplegó sobre la tierra varias muñequitas coloreadas compuestas de barro y palitos que llevaba envueltas en su corto vestido de algodón.
El emperador, intrigado, se acercó muy despacio y sin hacer ruido por detrás del naranjo. La niña colocó también, en medio del círculo en que distribuyó las muñequitas, diferentes objetos sencillos hechos también de barro y comenzó a jugar. Cada figurilla del juego estaba dedicada a una tarea, que realizaba con los distintos diminutos elementos sencillamente construidos por sus infantiles deditos. El emperador observaba la deliciosa escena y olvidó las inquietantes meditaciones que el juego extranjero había sembrado en su mente.
La niña, completamente abstraída en su juego, dedicaba en un tiempo prácticamente idéntico a las tareas que llevaba a cabo cada minúscula y tosca estatuíta. Transcurridos unos minutos, la hijita de la cocinera cogió una por una de las muñequitas y las cambió de posición en el círculo y siguió jugando: ahora las diferentes tareas eran realizadas alternativamente por una figurita distinta. La mente del emperador de repente se iluminó:
El juego del ajedrez, según hubo comprobado el emperador, revelaba la naturaleza más oscura de cada jugador, y le permitía usar diferentes tácticas y estrategias para vencer a su oponente; pero a diferencia de las pequeñas muñequitas de Luz, las piezas del tablero no podían cambiar la cualidad de sus movimientos, predeterminados por las reglas fijas de cada una de ellas. Los movimientos de la torre, el alfil, el caballo, el rey o la poderosa dama estaban prefijados… salvo una: los humildes peones, que si el jugador era hábil y lograba alcanzar el último escaque, podía transformar en dama.
El emperador, convertido en espía de la hijita de la cocinera, se sintió aliviado por lo que había visto. Se alejó sigilosamente de su escondrijo y se dirigió a su brillante palacio, llamó a su leal consejero y decretó que todos y cada uno de sus súbditas y súbditos serían, a partir de aquel momento, instruidos también en el conocimiento de las diferentes ocupaciones del reino, y en el manejo práctico de las herramientas, útiles y productos creados, que así serían comunes a todas y todos, de manera que cualquier rivalidad y enfrentamientos no tendrían razón de ser y poco a poco desaparecerían por completo…, como el mismo cargo de emperador.
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