La perversión. (La fotografía de boda de mamá) -I-
Por Eunoia
Enviado el 21/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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La perversión
(La fotografía de boda de mamá)
-I-
—¿Dónde estás, Wanda?
—Aquí, Fred, en mi vieja habitación.
La voz de Wanda sonaba agitada. Del cuarto de al lado del que fue de Frederik, provenían ruidos y golpes. Era la habitación que tenía su hermana antes de casarse con Dough. Él se acercó y entró. Los cajones estaban abiertos. Sobre la vieja mesa-tocador estaban superpuestos diversos objetos: una plancha, bolsos, una cámara de fotos, un calzador…
—Mamá la utilizaba para guardar cosas viejas.
—Ninguno veníamos a menudo, Poppy —Frederik llamaba así a su hermana cariñosamente—. Claro que ella era muy solitaria desde que falleció papá… —hizo una pausa—; y ahora que ya no está…
—Parecía que no quisiera vernos, Fred; no fue por culpa nuestra. Germaine la encontró sin esperarlo: fue repentino.
—Germaine —era la tía de Wanda y Frederik— la visitaba todas las semanas, y la has oído está mañana en el funeral. Ni siquiera ella sabía que tenía mal el corazón.
Wanda siguió revisando el contenido de los cajones. Después abrió el armario y lanzó un silbido. Fred estaba mirando la fotografía.
—Mira…
Frederik se aproximó sosteniendo el marco plateado.
—Es su vestido de boda.
—Precisamente… —Le mostró la fotografía. Su madre estaba radiante, pero tenía un semblante serio; Elmer, el padre, sonreía casi angelicamente: un contraste casi hiriente, pensó Frederik al observar la imagen.
—Aquí os parecéis mucho, Poppy.
Wanda tomó el cuarto y asintió.
—Estaba muy guapa —repuso.
Wanda le dio un golpe en el pecho con el marco y dijo risueña:
—Ah, si…, ¿te parezco guapa?
Frederik calló, pero un tenue rubor tiñó sus mejillas. Su hermana dejó la fotografía sobre la mesilla del tocador.
—Vamos a ver… —dijo y se colocó el traje por encima mirándose en el espejo—. ¡Vamos a ver…! —repitió, tirando el vestido en la cama. Acto seguido se desabotonó la blusa y se bajó la falda.
—¿Qué demonios haces…?
—Me lo voy a probar, Fred.
—No…, no deberías…; es un poco. Además, mamá acaba de fallecer. No le hubiera gustado.
—¡Oh, bobo…!
Wanda volvió a mirarse en el espejo con el vestido por encima del sujetador y la braguita. Se lo puso con facilidad. Wanda mantenía una figura juvenil a sus cuarenta y tres años, dos más que Frederik.
—¿Qué te parece?
Se miró en el espejo con la foto en la mano. Se recogió el cabello y compuso el gesto y la pose de su madre en la fotografía de la ceremonia. El parecido era sorprendente.
—¿Qué te parece? Vamos, di algo —lo dijo con un mohín travieso—. Tú eras el preferido de mamá. ¿Te molesta que lo haya hecho?
Frederik estaba algo confuso. Un remolino de sensaciones le producía un cierto vértigo inconfesable. Efectivamente, Wanda se parecía vivamente a su madre. Y sí, parecían casi gemelas. Wanda era tan hermosa como ella.
Se acercó a su hermano y lo sujetó por la cintura. Le puso el índice en los labios.
—No hace falta que digas nada, Fred: lo leo en tus ojos. Mamá y yo siempre nos parecimos. Podría pasar por ella —Retiró el dedo y miró fijamente, profundamente a su hermano—. ¿A qué sí?
Giró un par de veces sobre sus talones frente a Fredrik, contemplándose en el espejo. Se bajó el escote y se ajustó la cintura. Volvió junto a su hermano. Lo tomó por las caderas y lo hizo perder pie. Comenzó a dar unos pasos de baile. Él se resistió un momento, luego se dejó llevar.
—Vamos, Fred… ¿Qué hay de malo…? La vida continúa —Lo sujetó por el cuello y acarició sus rizos rubios. Frederik estaba colorado y sudoroso. ¡Imagina que soy ella! ¿Te parezco guapa? Lo has dicho. ¿Te parezco atractiva? Ella lo era; yo lo soy; me parezco a ella…Y tú dijiste…
—Esto es una perversión…
Ella se soltó y lo miró directamente a los ojos azules con los suyos iguales.
—No, no lo es: sólo lo es para los otros, para los demás. ¿Recuerdas? ¿Quién me desfloró, Freddy? ¿Y quién te enseñó a besar, a descubrir cómo masturbarte, quién fue tu primera amante… —lo miró con ternura—; y quién te hizo la primera paja, la primera mamada; no fue mi coño el primero que besaste, el primero que follaste?
El calló. Bajó los ojos. Repitió:
—Es una perversión… Poppy, hoy lo es; entonces no lo fue.
—Sí, claro, eso lo hace más divertido…, sensual, ¿no crees? Estamos solos, tú y yo, aquí, solos. Como cuando éramos adolescentes… ¿te acuerdas? Lo estás deseando… ¿A qué lo estás deseando, bobito mío…? ¡Dilo! —Deslizó el vestido, que cayó a sus pies, sobre los tobillos—. Quedó en sujetador; con la ajustada braguita transparentando el oscuro vello púbico.
Frederik turbado, pero con su miembro erecto y aprisionado en el pantalón. Wanda se acercó.— ¡Vamos, confiésalo! —Puso la mano entre los muslos, sobre el abultado bajo vientre, notando la forma del pene endurecido. Lo apretó entre sus dedos. Se soltó el sujetador. Sus bellos senos hicieron una parábola en el aire. Los pezones oscuros y tiesos… Besó a Frederik con ansia, con lujuria, desbordante de deseo. Frederik la abrazó. Acarició sus omóplatos, su cintura. Ella se bajó la braga y le soltó el cinturón; le abrió la cremallera; buscó el órgano tieso y caliente, allí aprisionado, y lo liberó. La polla se irguió, con su glande enrojecido y mojado. —¡Bicho…, lo estás deseando!
Frederik la tomó por las nalgas y la apretó contra sí. Colocó su rodilla apretada contra la caliente vulva de Wanda. Ella deslizó el pantalón y comenzó a subir y bajar la piel tensa de la verga. Le acarició los testículos, estiró la piel granulosa de aquellos cojones apretados y repletos de esperma. Los dos estaban encendidos de pasión sexual, arrebatados por la furia y la necesidad de hacer el amor, como dos seres maduros y libres, liberados de las cadenas de una moralidad absurda.
Se agachó y le besó el capullo que tenía gotas espesas de flujo transparente. Lamió el néctar masculino y se introdujo la deseada polla de Frederik en la boca húmeda y caliente.
—Poppy…, no…—exhaló un leve susurro, observando cómo la boca de su hermana se tragaba toda la longitud de su polla. Wanda circunvaló con la lengua llena de saliva el hinchado capullo, a la vez que manoseaba el mástil. Los dedos de su hermana hacían caricias sobre los huevos; los labios succionaban; la lengua lamía. Wanda chupaba aquella polla ansiada. Dentro de ella descendían flujos sexuales a la espera de recibir los movimientos que la condujeran al clímax. Levantó los ojos sonrientes hacia su hermano. Frederik en realidad no pedía que cesará: reclamaba, rogaba que continuase haciéndole el amor, que aquellos labios succionadores no parasen hasta que soltase chorros de esperma en la cavidad cálida de Wanda, que su leche se desparramara y… —apenas pudo ocultar el oscuro pero punzante deseo— que ella se tragara la leche, que la llevara con su lengua hacia la garganta y la dejara resbalar dentro suyo. Wanda pareció adivinar. Soltó la tranca erecta y ardiente.
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