La perversión (La fotografía de boda de mamá) -II-

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La perversión

(La fotografía de boda de mamá)

-II-


Acercó sus tetas a Frederik, las empujó hacia sus labios.

—Mámalas, Fred. Chupeteame los pezones…

Él no se resistió ya. La oleada de pasión apagaba todas las palabras. Las posibles quejas falsas y exculpatorias: deseaba emular lo que acaba de hacer su hermana: besar, lamer, chupar, succionar aquellas puntas rugosas, como si fuera a extraer el líquido lácteo y sabroso: besó y lamió , chupeteó y succionó…, mordisqueó los botoncitos duros hasta que su hermana dejó escapar una leve queja. Ella apretaba sus magnificas mamas y las frotaba contra los labios de Frederik, la punta de cuya lengua era visible entre los labios. De repente se soltó de las manos de él, que la sujetaba por las carnosas nalgas. Tomó de nuevo el blanco vestido.

—Espera —dijo impulsiva, intensa, descontrolada—: Verás, esto te pondrá más.

Se metió dentro del tejido, así desnuda. El vello rizado y negro destacaba en contraste con la nívea blancura de la tela. Subió el faldón largo, mostrando abiertamente el vello revuelto, hipnotizante de su pubis.

—¿No te parece hermoso, Freddy? —Se abrió la rajita. La piel, algo más oscura de los labios vaginales, al abrirse, dejó visible la carne rosada cubierta por una capa brillante de fluido.— Mi agujerito te está esperando, Fred, está necesitando que lo toques, que lo acaricies, que lo penetres; quiere tus dedos sobándolo; que entres y le des placer a mis paredes vaginales…, chorreantes…, lo desea, Freddy. —Lo miró. Él fijó sus ojos en la boca de entrada del coño de su hermana— ¿Sabes qué me gustaría…? —Él miró aquellos bellos ojos marinos, los carnosos labios enrojecidos por el ardor, tratando de leer las palabras que espera escuchar. Ella terminó—: que lo beses y lo comas —Introdujo un par de dedos en el higo abierto y húmedo—. Que le saques con la cucharita de tu lengua el licor caliente y te lo tragues. ¿Quieres hacerlo? ¡Quiero ver cómo no haces!

Frederik cabeceó afirmativamente. El vértigo del deseo le dominaba. Allí mismo se habría pajeado hasta derramarse, ansioso, presa del morbo sexual. Wanda se tumbó en la cama con los muslos abiertos. Su hermano se quitó la camisa y se arrodilló frente a los pies de la cama, atrajo a su hermana hacia sí. Con ambas manos distendió la raja humectante. El rubí pálido del clítoris, el capullito brillante quedó ante sus ojos. Frederik respiró el olor sexual femenino y eso hizo que su temperatura sexual llegará al máximo. Besó el clítoris y se sumergió dentro del agujero tórrido de Wanda. Besó los labios exteriores y los interiores. Bajó hasta la membrana flexible, la delgada separación entre el sexo y el ojo del culo, lo acarició todo con la lengua babeante. La flexible carne se introdujo y se movió entre la carne caliente, mientras Wanda gemía. Él continuó bebiendo el fluido vaginal. Después volvió al capullo completamente endurecido y comenzó a comerlo. Su lengua y sus labios provocaban en ella tal placer, que cuando alcanzó el orgasmo emitió un largo aullido mientras se corría entre los labios y los dedos de su hermano. Continuó con un ronroneo entrecortado, sujetando la cabeza en su coño, hasta descargar toda la electricidad de su orgasmo.

—Ahora —dijo—. Fóllame, ya.

Frederik se levantó y estiró por los muslos a Wanda. El grueso glande estaba cubierto de una película brillante de flujo; su polla se bamboleaba apenas por la tensión. La introdujo de un solo golpe en el chocho completamente mojado por el flujo vaginal y su propia saliva. Miró a su hermana. Sus ojos estaban cerrados y la boca abierta. Respiraba con dificultad. A cada embestida, los dos jadeaban. Con ojos huidizos miró la frente, las mejillas, la barbilla, la línea de los labios de su hermana: verdaderamente se parecía muchísimo a su madre cuando era joven, como él la recordaba…, como en la foto. Bajó los ojos y contempló cómo su polla entraba y salía, horadaba el coño de Wanda. Los pliegues labiales se expandían y contraían a cada empujón de su pelvis contra la de su hermana. Estalló. Su polla dejó escapar un torrente de semen a golpes espasmódicos. Frederik dejó escapar un bronco sonido gutural. Su rostro mostró un rictus casi de dolor. A borbotones la leche inundaba la vagina de Wanda, que tenía los brazos hacia atrás, mientras disfrutaba al notar su conducto inundado por los chorros de esperma de su hermano.

Poco a poco, Frederik terminó de vaciarse en el coño de Wanda y salió de su cuerpo. Ambos se tumbaron en la cama, uno junto a otro. Wanda se giró hacia su hermano y lo abrazó. A los pocos segundos Frederik se durmió plácidamente; un instante después lo hizo Wanda. Hora y media más tarde, ambos hermanos salieron a cenar, después de haber tomado una ducha juntos. Sentados a la mesa, recordaron tiempos pasados y la vida de infancia en el piso familiar. Wanda tomó la mano de Frederik.

—¿Qué vamos hacer con la casa de mamá, Fred?

Frederik elevó la nariz y un par de arrugas aparecieron en su frente. Recordó la visión reflejada en el espejo del cuerpo de su hermana desnuda, mientras el vestido de boda de su madre se deslizaba por la espalda y cubría las semicircunferencias del precioso culo de Wanda. Sus sensaciones se repitieron. Era más que sexo, más que una confusión casual de necesidades o el torrente del deseo.

—¿Tú qué quieres hacer?

Wanda agotó el vino de su copa, la colocó justo al lado de la de su hermano, que estaba a medio consumir y, sujetando con sus dedos los de Frederik respondió:

—Nos hemos perdido esto demasiado tiempo, Freddy. Ha llegado la hora de disfrutarlo. Me gustaría probar… ¿Y tú?

Él no respondió. No hicieron falta más palabras que las que Wanda pronunció con una mirada chispeante y feliz: «A la vuelta hablo con Raymond y preparó la mudanza.»


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