
Empece un Lunes en la gestoria con una mezcla de nervios y ganas. Independiente, con mi propio espacio, pero con un jefe que, desde la primera vez que lo vi, sabía que podía complicarme la cabeza. Se llamaba Hugo, tenía unos cuarenta y pico, mirada intensa y esa seguridad que te hace sentir pequeña y deseada al mismo tiempo.
La oficina no era grande, pero tenía un despacho amplio con escritorio de madera oscura y una gran ventana que dejaba entrar la luz. Ese día, después de saludar, Hugo me llamó para repasar algunos papeles importantes. Me pidió que me sentara frente a él. Su voz era suave, firme, y al mirarme fijamente sentí un calor que subía desde el cuello hasta el pecho.
Mientras hablábamos de facturas y contratos, notaba cómo sus ojos bajaban hacia mi escote, apenas visible bajo la blusa blanca. Yo jugueteaba con el bolígrafo, fingiendo concentración, pero mis pensamientos estaban lejos. Me preguntaba qué sentiría si su mano rozara mi pierna bajo la mesa.
—Anna —dijo él de repente—, ¿te molestaría si cierro la puerta?.
Asentí, sintiendo que el aire se volvía más denso. Cerró la puerta y se acercó lentamente. Yo seguía sentada, sin poder apartar la mirada de sus labios, que se movían mientras me decía cosas que en otros momentos serían rutina, pero que ahora sonaban como una invitación.
—Hace mucho que te miro. Desde que llegaste —susurró.
Mi corazón se aceleró y la blusa pareció apretarse más contra mi piel. Sin previo aviso, sus dedos acariciaron el borde de la mesa y bajaron lentamente hacia mi pierna, rozando la piel desnuda justo encima de la rodilla. El calor se extendió rápidamente.
—Hugo... —susurré, sin saber si estaba sorprendida o deseándolo.
Él sonrió con esa confianza que tenía, la que te desarmaba. Se inclinó, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios encontraron los míos en un beso que empezó suave y fue ganando intensidad. Sentí su lengua explorando la mía, mientras su mano subía, deslizándose por mi muslo con firmeza y deseo.
Mi cuerpo respondió al instante, arqueando la espalda y separando un poco las piernas. Él presionó con más fuerza, y yo pude sentir la dureza de su erección contra mi pierna. Un gemido escapó de mi boca y sentí que me volvía loca.
—Quiero que te levantes —ordenó con voz ronca—. Ven aqui .
Me puse de pie, sintiendo cómo su mano me guiaba hasta el escritorio. Me apoyé con las palmas sobre la madera, y él se acercó por detrás, rozando mi espalda con sus manos. Su respiración cálida en el cuello me hizo temblar.
—Esta oficina puede ser nuestro secreto —murmuró.
Sus dedos desabotonaron mi blusa con habilidad, dejando al descubierto mi sostén. Con un movimiento rápido, me liberó de la prenda y comenzó a besar mi cuello y mis hombros desnudos. Yo apoyé la cabeza en la madera, dejando que el placer me inundara.
De repente, su mano bajó entre mis piernas, tocando mi ropa interior. Sentí su dedo rozar mi piel húmeda, y me mordí el labio para no gemir demasiado alto. Sabía que no había nadie más, y que podíamos dejarnos llevar.
—¿Quieres que siga? —preguntó mientras se movía más cerca.
Asentí, temblando de deseo.
Con destreza, Hugo me bajó la ropa interior y deslizó dos dedos dentro de mí, lentos, profundos, marcando un ritmo que me hacía perder la cabeza. Apoyó la frente en mi espalda, mientras yo me sujetaba de la mesa para no caer.
—Te deseo mucho, Anna —susurró—. Quiero que sientas lo que te haré.
Con un movimiento firme, se giró y desabrochó su pantalón, sacando su miembro duro y listo. Me empujó suavemente hacia el escritorio y me penetró con fuerza, haciendo que un gemido escapara de mi garganta.
Sus embestidas fueron rápidas y precisas, mientras sus manos exploraban mi cuerpo, agarrando mis caderas, mis pechos, mi cuello. La mezcla de la madera fría bajo mis manos y el calor de su cuerpo me volvió loca.
—¿Quieres que te folle aquí? —me preguntó, jadeando.
—Sí... sí, Hugo —respondí, entregándome por completo.
Sentí cómo el placer se acumulaba hasta explotar en un orgasmo fuerte y profundo. Él siguió moviéndose dentro de mí, alcanzando el clímax justo después, con un gruñido que retumbó en la habitación silenciosa.
Caímos juntos sobre el escritorio, jadeando, sudados, con la respiración entrecortada. Abrí los ojos y lo vi sonreír, esa sonrisa que prometía repetirlo muchas veces más.
—Esto es solo el principio —me dijo—. Prepárate para más.
Y mientras la luz del sol se colaba por la ventana, supe que esa oficina se convertiría en nuestro refugio secreto de deseo y provocación.
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