Eva tenía treinta y cinco años y una vida que se le había vuelto estrecha. Trabajaba en una oficina del centro de Madrid, donde los días se sucedían bajo luces fluorescentes y conversaciones vacías. Hacía cuatro años que su última relación había terminado, y desde entonces vivía en una especie de hibernación sensorial. Su cuerpo, alto y de curvas suaves, permanecía oculto bajo blusas cerradas y faldas discretas.
Aquel viernes, la llamada de su madre cambió sus planes. En lugar de regresar a su pequeño apartamento, condujo hacia el chalet de sus abuelos, a ciento cincuenta kilómetros de la capital. Un lugar apartado, rodeado por un alto seto de ciprés que lo aislaba del mundo.
Llegó pasada la medianoche. El silencio era tan profundo que casi dolía. Se duchó con agua caliente, se tumbó desnuda entre sábanas de lino y durmió con la pesadez de quien lleva demasiado tiempo conteniéndose.
Al día siguiente, el sol apretaba con fuerza. El termómetro rozaba los treinta y dos grados y el aire olía a tierra seca, jazmín y clorofila. Eva salió al jardín con una vieja camiseta que apenas le cubría los muslos. La piscina brillaba, tentadora.
No había traído bikini.
Miró alrededor. El seto era un muro impenetrable. Estaba sola. Completamente sola.
Con el pulso acelerado, se quitó la camiseta. El sol rozó sus pechos llenos, haciendo que los pezones se endurecieran al instante. Se deslizó las braguitas por las piernas y quedó desnuda bajo la luz. Sintió una extraña mezcla de vergüenza y euforia.
Entró en el agua lentamente. El contraste de temperaturas le arrancó un suspiro largo. Nadó unos minutos, dejando que el agua fría le acariciara la piel. Después se detuvo donde hacía pie, apoyó los brazos en el borde y cerró los ojos.
Su mano descendió por su vientre. Cuando sus dedos encontraron el centro húmedo y caliente de su deseo, soltó un gemido suave. Se tocó con lentitud, saboreando cada sensación: el sol en los hombros, el agua lamiendo sus pechos, la brisa entre sus muslos. El placer subió como una marea. Se imaginó observada, expuesta, y ese pensamiento la empujó al abismo.
Se corrió con un estremecimiento profundo, mordiéndose el labio, temblando bajo el sol del mediodía.
Aún flotaba en esa deliciosa languidez cuando el timbre de la casa rompió el silencio.
Eva salió del agua con prisa, chorreando. Se puso la camiseta mojada, que se pegó a su cuerpo como una segunda piel, marcando sin piedad la forma de sus pechos y sus pezones endurecidos. Corrió hacia la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo, prima. Mariluz.
Al abrir, Mariluz —de curvas más generosas y mirada siempre traviesa— la recorrió con los ojos y sonrió con lentitud.
—Vaya… parece que interrumpo algo interesante.
Entre ellas siempre había existido una confianza absoluta, casi peligrosa. Eva, todavía ruborizada, confesó sin rodeos:
—Me bañé desnuda. Y… digamos que no solo nadé.
Mariluz soltó una risa baja y entró, dejando su pequeña maleta en el suelo. El calor, la intimidad del momento y la imagen de Eva con la camiseta transparente hicieron el resto.
Sin decir mucho más, Mariluz se desnudó frente a ella con naturalidad. Sus cuerpos, tan distintos y tan complementarios, quedaron expuestos bajo el sol. Entraron juntas en la piscina.
Lo que empezó como risas y miradas cómplices se transformó pronto en algo más profundo. Sus pechos se rozaron primero. Después fueron las manos, tímidas al principio, atrevidas después. Mariluz se acercó hasta que sus labios casi se tocaron.
—Siempre me has gustado, Eva —confesó en voz baja—. Más de lo que debería.
El beso fue inevitable. Suave al principio, hambriento después. Sus cuerpos se entrelazaron en el agua, piel mojada contra piel mojada. Salieron de la piscina y continuaron sobre las hamacas, explorándose con una mezcla de ternura y urgencia acumulada durante años.
Fue entonces cuando Pedro, el jardinero que había acudido a revisar el sistema de riego, las descubrió.
Escondido entre los arbustos, las observó sin poder apartar la mirada: las dos primas desnudas, besándose, acariciándose, llevándose mutuamente al placer. Su excitación era tan evidente como su vergüenza.
Las primas lo descubrieron. Hubo un instante de estupor, de rubor intenso. Pero en lugar de cubrirse, Mariluz sonrió con esa audacia que la caracterizaba.
—¿Vas a quedarte ahí mirando… o te unes?
Lo desnudaron entre las dos con deliberada lentitud. Cada prenda que caía revelaba más de su cuerpo fuerte y bronceado. Su erección, gruesa y palpitante, quedó expuesta al sol. Lo llevaron a la piscina y lo atormentaron con caricias acuáticas, cuatro manos recorriendo su piel, dos bocas besándolo, provocándolo hasta llevarlo al borde.
Después subieron a la suite grande.
Sobre la amplia cama, las dos mujeres se entregaron a él y entre ellas con una hambre largamente contenida. Eva lo recibió primero, sintiendo cómo la llenaba por completo mientras besaba los labios de Mariluz. Cambiaron de posiciones con fluidez: Mariluz cabalgándolo mientras Eva se sentaba sobre su boca; Eva de rodillas siendo penetrada con fuerza mientras devoraba el sexo de su prima.
Pedro se derramó dentro de Eva con un gemido ronco. Pero no le permitieron descansar. Las dos primas, insaciables, lo revivieron con bocas expertas y manos hábiles hasta que volvió a estar listo. La segunda vez fue Mariluz quien recibió su placer, arqueándose con un grito ahogado.
Cuando Pedro se marchó al atardecer, dejando tras de sí promesas y una sonrisa exhausta, las dos primas se quedaron solas en la gran cama.
Mariluz acarició el cabello de Eva con ternura.
—Este fin de semana es prometedor… —susurró.
Eva sonrió, todavía con el cuerpo vibrando.
—Hemos tardado demasiado, prima.
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