El Espejo de la Verdad II

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Al amanecer, deshizo la cama, duchó su cuerpo sensible y se miró al espejo. Esta vez sonrió.

— Tú sí que vales, nena.

Se puso un tanga de encaje negro y un sujetador a juego. Encima, el traje impecable. Antes de salir, besó la almohada y la dejó en la mecedora.

— Hasta luego, amor.

Salió hacia la oficina siendo la de siempre… pero ya no era la misma.

La mañana en la oficina transcurrió con una energía nueva bajo la superficie. Elena caminaba por los pasillos con el traje sastre negro impecable, el moño apretado y las gafas puestas. Por primera vez en mucho tiempo, notaba las miradas. No eran agresivas, sino discretas: un segundo más de lo habitual, una sonrisa ligeramente diferente, un “buenos días” más cálido.

Al salir del baño, se miró en el espejo y frunció el ceño.

— Tengo que hacerme unas gafas nuevas —murmuró—. Con lo guapa e interesante que estoy… me lo merezco.

En ese momento entró Rocío.

— ¿Le pasa algo, Elena?

— Nada, Rocío. Estoy bien. Gracias, mi amor.

Rocío parpadeó, sorprendida por el cariño inesperado.

El resto de la mañana fue reuniones y decisiones rápidas. Al mediodía, cuando la oficina se vació, Elena cerró la puerta de su despacho con llave. Sacó el móvil y entró en la tienda online. Lencería elegante: conjuntos con liguero, tangas de encaje, sujetadores a juego. Todo negro, sofisticado. El pedido llegaría esa misma tarde al punto de recogida.

La excitación llegó rápido. Cuanto más imaginaba la tela contra su piel, más húmeda se sentía. Abrió después el catálogo de juguetes: vibradores, bolas chinas, uno con ventosa, otro remoto. Lo añadió todo al carrito con una sonrisa traviesa.

Volvió al baño para secarse.

— Si sigo así, me corro aquí mismo —susurró, riendo bajito.

Al final de la jornada, recogió los paquetes discretos y regresó a casa con el corazón acelerado, como una niña con regalos de Reyes.

Nada más llegar, se desnudó y se puso el albornoz blanco. Abrió los paquetes sobre la cama con manos temblorosas. El vibrador remoto llamó su atención de inmediato. Lo cargó y, cuando la luz pasó de roja a verde, lo encendió. El zumbido suave vibró en su palma.

Se tumbó, abrió el albornoz y lo introdujo despacio. Primero probó la temperatura, luego la vibración en nivel bajo. Un ronroneo profundo se extendió dentro de ella. Se levantó y fue a la cocina, queriendo alargar el momento.

Al andar, la vibración se intensificaba con cada paso. Intentó preparar algo de comer, pero pronto tuvo que apoyarse en la encimera. Subió la intensidad. Las piernas le temblaron. Sin tocarse con las manos, solo con el movimiento y el juguete dentro, el orgasmo la sorprendió. Cayó de rodillas, gimiendo contra el suelo mientras un río cálido salía de ella.

Cuando terminó, sacó el vibrador despacio y se quedó sentada en el suelo, roja y jadeante.

— Poco a poco, Elena… —susurró, riendo entrecortadamente—. Poco a poco.

Esa noche quiso algo más profundo. Se puso el arnés, perfumó al dildo y se duchó con las bolas chinas dentro. En la cama, lo penetró centímetro a centímetro, despacio, saboreando cada sensación. Probó diferentes posturas, montándolo con ritmo creciente hasta que tres orgasmos intensos la dejaron exhausta y sudada.

A la mañana siguiente, besó el vibrador de ventosa y le dijo:

— Otro día, chiquitín. Hoy tengo la vagina agotada… pero feliz.

Se vistió con lencería sexy bajo el traje, se maquilló con más cuidado que de costumbre y salió sintiéndose poderosa.

En la oficina, Rocío la recibió con una sonrisa.

— Viene usted muy elegante hoy.

Poco después, Don José apareció con su sobrino.

— Elena, este es Andrés. Enséñale todo lo que sabes.

Alto, flaco y extremadamente tímido, Andrés se sonrojó cuando Elena lo presentó al equipo. Rocío lo miró con curiosidad. Elena, por dentro, sintió una chispa extraña. No de deseo inmediato, sino de curiosidad.

Llegó a casa excitada. Se duchó con el vibrador de ventosa clavado en la pared, lo montó con ansia y tuvo un orgasmo tan fuerte que casi resbaló. Después probó el remoto sobre su clítoris y se colocó las bolas chinas para cenar, excitándose con cada paso.

En la cama, se penetró con el dildo mientras usaba el vibrador remoto a máxima potencia. Orgasmos encadenados, sudor, sábanas empapadas. No paró hasta bien entrada la madrugada, probando posturas y ritmos hasta caer rendida.

Al día siguiente, se miró al espejo y sonrió.

— Tú sí que vales, nena.

La mañana fue espectacular. Notaba miradas, caminaba con más seguridad. Rocío le comentó que venía muy elegante.

Al entrar en su despacho, encontró a Andrés sentado en un rincón, abrazando sus rodillas y llorando. Elena se quitó la chaqueta con naturalidad y cruzó los brazos. En ese momento entró Rocío y se quedó helada: los pezones de Elena, endurecidos por la excitación de la mañana, se marcaban claramente bajo la camisa blanca.

— ¿Qué te pasa hoy? —susurró Rocío, entre escandalizada y divertida.

Andrés levantó la vista y lo vio todo. Elena mantuvo la compostura.

— Rocío, tráeme un café y unos clínex, por favor. Y tú —dijo mirando a Andrés—, deja de mirar y levántate. Que ya eres un hombre.

El rubor subió por su cuello, pero no sintió vergüenza. Sintió poder. Una nueva versión de sí misma estaba saliendo al mundo, y ya no quería esconderla.

El resto de la tarde transcurrió en una nebulosa de excitación contenida. Cada vez que Andrés entraba en su despacho con un informe, sus miradas se cruzaban con una intensidad que hacía que el aire se espesara. Elena sentía la humedad entre sus piernas persistir, un recordatorio constante de lo que había despertado esa mañana.

Cuando por fin dieron las seis de la tarde, Elena apagó su ordenador y miró a Andrés, que esperaba junto a la puerta.

— Recoge tus cosas —dijo con voz baja pero firme—. Hoy te vienes conmigo.

Andrés tragó saliva y asintió, incapaz de articular palabra.

El trayecto en coche hasta casa fue silencioso, cargado de electricidad. Ninguno de los dos habló. Solo se miraban de reojo, conscientes de que algo irreversible estaba a punto de suceder.

Al legar al apartamento, Elena cerró la puerta tras ellos con llave. El sonido del pestillo resonó como el inicio de un ritual.

— Cenaremos algo ligero —dijo ella, quitándose los tacones—. Y luego… luego vas a aprender.


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