El Espejo de la Verdad III Final
Por Ernest
Enviado el 22/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Cenaron algo ligero en la cocina: queso, jamón, con tomate y un vaso de vino tinto. La tensión flotaba en el aire como una promesa espesa, casi palpable. Sus miradas se cruzaban por encima de los platos, cargadas de anticipación. Cuando terminaron, Elena se levantó y extendió la mano.
— Vamos a mi habitación. Me ayudarás a hacer la cama.
Andrés la siguió. Mientras colocaban las sábanas, él no dejaba de mirarla. Cada vez que ella se agachaba, sus ojos se deslizaban por su cuerpo.
Elena se giró de pronto.
— Sabes que esto es sin retorno, ¿verdad?
— Lo sé —respondió él con voz ronca—. Y lo deseo.
— Entonces desnúdate. Llevas todo el día desnudándome con la mirada. Ahora quiero verte yo.
Con manos temblorosas, Andrés se quitó la ropa. Cuando quedó desnudo, Elena se sorprendió del tamaño y la firmeza de su erección. Lo llevó hasta la cama y lo tumbó.
Empezó besándolo despacio: cuello, pecho, vientre. Bajó hasta su sexo y lo tomó en la boca con lentitud experta. Lo llevó al borde del placer y se detuvo.
— Ahora te toca a ti. Aprende.
Le guio la cabeza entre sus piernas. Le enseñó cómo besar, cómo lamer, cómo encontrar el clítoris y darle el ritmo exacto. Andrés era torpe pero ansioso por aprender. Elena gemía suavemente, corrigiéndolo con ternura.
Cuando estuvo lista, se colocó encima y lo guio dentro de ella. Despacio. Muy despacio. Lo miró a los ojos mientras descendía.
— Respira. Siente.
Hicieron el amor con paciencia. Ella controlaba el ritmo, enseñándole a tocarla mientras la penetraba, a besar sus pechos, a moverse con ella. El primer orgasmo llegó para los dos casi al mismo tiempo. Andrés tembló y lloró de emoción.
No pararon ahí. Cambiaron de posturas, exploraron, aprendieron. Cada orgasmo era una lección. Al final, exhaustos y sudados, Andrés la abrazó fuerte.
— Gracias… por hacerme perder la virginidad así.
Elena le besó la frente.
— Gracias a ti por querer aprender.
La segunda noche fue diferente. Elena encendió velas, puso música suave y bajó las luces. Se desnudaron mutuamente con lentitud reverente.
— Esta noche no hay prisa —susurró ella—. Vamos a hacerlo bonito. Romántico.
Lo besó entero, despacio. Se frotó contra él sin dejarlo entrar todavía, creando anticipación. Cuando por fin lo acogió en su interior, lo hicieron mirándose a los ojos, respiraciones mezcladas, cuerpos sincronizados.
Probaron diferentes posturas: de lado, él detrás abrazándola; ella encima, moviéndose como una ola lenta. Cada vez era más profundo, más íntimo. Entre gemidos compartían palabras tiernas.
— Te quiero —susurró Andrés.
— Y yo a ti —respondió Elena, con el corazón abierto.
Durmieron abrazados, piel contra piel, como si ya no pudieran separarse.
El lunes en la oficina la tensión era eléctrica. Miradas robadas, roces “accidentales”. A la hora de comer, cuando la oficina quedó vacía, Elena cerró la puerta con llave.
— Ven aquí.
Lo besó con urgencia. Se subió el traje, apartó el tanga y se sentó en el borde de la mesa. Andrés la penetró con fuerza contenida. Fue rápido, intenso, casi desesperado. Llegaron juntos, mordiéndose para no gritar.
— Esta noche te quiero entero —le susurró ella al oído—. Nada de masturbarte.
Por la tarde recogieron ropa de casa de Andrés. Elena le dijo:
— Si te portas bien… igual te dejo quedarte.
La mañana fue un ejercicio de contención. Rocío lanzaba miradas cómplices. Andrés intentaba disimular su adoración, pero cada vez que Elena pasaba cerca, se le iluminaban los ojos.
A la hora de comer, volvieron a cerrar la puerta. Esta vez fue más salvaje: Elena contra la mesa, Andrés penetrándola desde atrás mientras le tapaba la boca con una mano. El orgasmo fue violento y silencioso.
Al final del día, Rocío se acercó a Elena.
— Sé lo que está pasando —le dijo en voz baja—. Y me alegro por ti.
Esa misma tarde, Rocío entró en el despacho de Elena y cerró la puerta.
— El otro día os vi. Fue muy bonito. Me toqué mientras hacíais el amor.
Elena se quedó quieta. Andrés entró en ese momento.
— Quédate —dijo Elena—. Rocío nos vio.
La conversación fluyó con honestidad. Rocío habló de su matrimonio roto, de la violencia, de su amante cobarde. Lloró en los brazos de Elena. Andrés, en un gesto de generosidad, le ofreció las llaves de su casa.
Al final del día, Elena tomó a Rocío de la mano.
— Vente a casa con nosotros.
Rocío aceptó entre lágrimas.
Esa noche, las dos mujeres durmieron abrazadas en la cama grande mientras Andrés se quedó en la habitación de invitados. No hubo sexo. Solo consuelo, cariño y la certeza de que algo nuevo y profundo estaba naciendo entre los tres.
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