Entre Pisos -I

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El edificio estaba desierto. Solo quedaba el zumbido constante del aire acondicionado y el eco seco de mis tacones contra el mármol.

Eran las 11:17 de la noche y yo seguía delante del ordenador, corrigiendo por tercera vez el informe que Alejandro Vega me había devuelto con una sola palabra escrita en rojo: insuficiente.

Alejandro Vega.

34 años. Director creativo.

Camisas blancas siempre desabrochadas un botón de más. Mirada que parecía desnudarte sin tocarte. La única persona capaz de hacer que me temblaran las rodillas con solo levantar una ceja.

Metí la carpeta bajo el brazo y me dirigí al ascensor. Pulsé el botón del piso 15. Nada. Volví a pulsarlo. El panel parpadeó en rojo: FUERA DE SERVICIO.

—Genial… —murmuré, cerrando los ojos.

—¿Problemas, Valeria?

Su voz grave, con ese leve acento andaluz que nunca supe ubicar, me recorrió la espalda. Me giré lentamente.

Allí estaba, apoyado contra el marco de la puerta de emergencia, chaqueta colgada de un dedo, camisa blanca pegada al pecho por el calor húmedo del verano madrileño.

—No sube —dije, odiando lo aguda y nerviosa que sonaba mi voz.

—Hay escaleras —respondió, pero no se movió.

Sus ojos no me miraban como jefe a empleada. Me miraban como un hombre que recuerda.

Hace seis meses, en la fiesta de Navidad, su mano había rozado mi cintura al pasar entre la gente. Solo dos segundos. Pero aún sentía ese calor cada vez que cerraba los ojos.

—¿Vienes? —preguntó, señalando las escaleras con la cabeza.

Subimos en silencio. Yo delante. Él detrás. Sentía su mirada clavada en mi nuca, bajando por la línea de mi falda lápiz, siguiendo el balanceo de mis caderas.

No mires atrás, me ordené.

Pero lo hice.

En el descansillo del piso 12, se detuvo. Yo también.

—Valeria —dijo, y mi nombre sonó como una caricia prohibida—. Ese informe…

—Lo corrijo mañana —respondí demasiado rápido.

—No es eso. —Dio un paso hacia mí. El espacio entre nosotros se redujo a un suspiro—. Es que… cuando escribes, te desnudas. Y no sé si estás lista para que alguien lea entre líneas.

Mi respiración se cortó.

Él levantó la mano. No me tocó. Solo rozó el aire a un centímetro de mi mejilla. Un casi-roce. Más erótico que cualquier beso que hubiera recibido en mi vida.

El ascensor pitó detrás de nosotros. Volvió a funcionar.

—¿Subimos? —preguntó, con esa sonrisa lenta que prometía todo lo que no deberíamos hacer.

El ascensor se detuvo bruscamente entre el piso 14 y el 15.

Las luces fluorescentes titilaron una, dos veces… y se apagaron por completo. Oscuridad absoluta.

—¿Alejandro? —susurré, el corazón latiéndome en la garganta.

—Aquí —respondió. Su voz estaba tan cerca que sentí su aliento cálido en mi sien.

Un segundo después, la luz de emergencia se encendió: un rojo tenue, íntimo, como el de un cuarto oscuro.

Lo vi claramente. Camisa arremangada, antebrazos tensos, la corbata floja colgando como una invitación.

Él se agachó, recogió la carpeta que se me había caído. Al incorporarse, sus dedos rozaron deliberadamente el interior de mi muñeca. Solo un segundo. Suficiente para que todo mi cuerpo se erizara.

—Tienes una pestaña —dijo en voz baja.

—Quítamela —susurré.

Lo hizo con una lentitud agonizante. Su pulgar acarició mi pómulo, bajó hasta el rabillo del ojo y se detuvo en mi labio inferior. No lo apartó.

—Valeria… —Su voz era un gruñido ronco—. Dime que pare.

No dije nada.

Él se inclinó. Su boca quedó a un milímetro de la mía, compartiendo el mismo aire caliente.

—¿Sabes cuántas veces he imaginado esto? —murmuró—. Tú. Yo. Este puto ascensor.

Mis manos subieron solas hasta su camisa. Agarré la tela y tiré de él.

El primer beso fue puro hambre contenida. Sus labios devoraron los míos, su lengua entró buscando la mía. Me empujó contra la pared metálica. El frío del metal contra mi espalda contrastaba brutalmente con el calor de su cuerpo.

Una de sus manos subió por mi muslo, bajo la falda. Se detuvo en el borde de la media, preguntando sin palabras.

—Dime que sí —pidió contra mi boca, la voz rota.

—Sí —gemí.

Sus dedos se deslizaron bajo el encaje. Rozaron mi humedad. Un jadeo escapó de mi garganta.

El ascensor crujió. Las luces parpadearon.

—No aquí —dijo él, separándose apenas, la respiración agitada—. No así.

—¿Entonces?

—Piso 15. Mi despacho. Ahora.

Pulsó el botón de emergencia. El ascensor se puso en marcha.

Durante los ocho segundos que tardó en llegar, no nos tocamos. Solo nos miramos.

Ojos que prometían todo.

El pasillo del piso 15 estaba desierto. Solo se escuchaba el eco de nuestros pasos y el pitido lejano del ascensor que se alejaba, como si el edificio entero contuviera la respiración.

Alejandro sacó la tarjeta-llave. Su mano tembló ligeramente al pasarla por el lector. Ese pequeño detalle me gustó: él también estaba nervioso.

La puerta se abrió con un clic suave.

Oscuridad. Solo la luz anaranjada de la ciudad entraba por los grandes ventanales, dibujando sombras largas sobre el suelo. Madrid brillaba a nuestros pies como un mar de luces indiferente a lo que estaba a punto de suceder.

Entré primero. Él cerró la puerta tras de mí. No echó la llave. Ese gesto me excitó todavía más: quería que existiera la posibilidad de que alguien nos descubriera.

—Valeria… —empezó, la voz ronca y baja.

—No hables de normas ahora —lo corté.

Me giré hacia él y lo empujé contra la puerta con ambas manos. Esta vez era mi turno.

Lo besé con toda la hambre que había acumulado durante meses. Mis labios se abrieron contra los suyos, mi lengua buscó la suya con urgencia. Mis dedos fueron directos a los botones de su camisa. Uno. Dos. Tres. Cuatro. La tela se abrió revelando su pecho caliente, la piel ligeramente húmeda por el calor de la noche. El olor de su colonia se mezcló con el olor de su piel y me mareó.

Él gruñó contra mi boca. Sus manos grandes bajaron hasta mis muslos y, de un solo movimiento, me levantó. Mis piernas rodearon su cintura de forma instintiva. Sentí su erección dura presionando contra mí a través de la tela de su pantalón.


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