Entre Pisos -II

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Caminó conmigo en brazos hasta el escritorio y me sentó en el borde. El frío de la madera contrastó con el calor de mi piel.

—Esto es una locura —murmuró entre besos que bajaban por mi cuello, mordiendo suavemente justo donde latía mi pulso.

—Entonces sé loco conmigo —respondí, la voz entrecortada.

Sus manos subieron por mis muslos, empujando la falda lápiz hacia arriba hasta dejarla arrugada en mi cintura. Sus dedos trazaron el borde de mi ropa interior de encaje negro.

—¿Desde cuándo llevas esto? —preguntó, la voz oscura y grave.

—Desde que supe que te vería después de las once —confesé.

Una sonrisa peligrosa curvó sus labios. Se arrodilló lentamente frente a mí, sin apartar nunca la mirada de mis ojos.

Besó el interior de mi rodilla derecha. Luego subió. Lentamente. Cada beso era deliberado, caliente, húmedo. Cuando llegó al borde de mi encaje, su aliento me quemó a través de la tela.

Me miró desde abajo.

Pidiendo permiso.

Asentí, mordiéndome el labio.

Apartó el encaje a un lado con dos dedos. La primera lamida fue lenta, plana, devastadora. Su lengua recorrió mi humedad de abajo hacia arriba, deteniéndose en mi clítoris con una presión perfecta. Un gemido ronco escapó de mi garganta.

Mis manos se enredaron en su pelo. La cabeza se me echó hacia atrás. El cristal frío del ventanal contra mi espalda era el único ancla que me quedaba al mundo real.

—No pares… —supliqué en un susurro.

No paró.

Su lengua dibujaba círculos lentos y precisos mientras dos dedos entraban en mí, curvándose, buscando ese punto que me hacía temblar. El ritmo era torturadoramente lento. Me estaba llevando al borde con una paciencia cruel.

Cuando sentí que estaba a punto de correrme, se detuvo. Se levantó, me besó profundamente. Saboreé mi propio deseo en su lengua. Ese beso fue sucio, intenso, perfecto.

—Quiero verte —dijo contra mis labios.

Me quitó la blusa con dedos impacientes. Los botones saltaron. El sujetador cayó al suelo. Sus manos cubrieron mis pechos, sus pulgares rozaron mis pezones endurecidos. Bajó la boca y succionó uno con fuerza.

Me giró con facilidad, dejándome de cara al ventanal.

—Mírate —susurró en mi oído, su voz ronca de deseo—. Toda Madrid te ve… pero solo yo te toco.

Sus dedos bajaron la cremallera de mi falda. La tela cayó a mis pies. Ahora solo llevaba las medias y los tacones.

Escuché el sonido metálico de su cinturón al desabrocharse. El pantalón cayó. Sentí su erección caliente y dura contra mi culo.

—¿Estás segura? —preguntó, la voz quebrada por la contención.

—Más que nunca.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. Mis manos se apoyaron en el cristal frío. Un gemido largo salió de mi garganta cuando estuvo totalmente dentro.

Cada embestida era profunda, controlada, deliberada. Una declaración silenciosa. Cada gemido mío, una rendición.

El ritmo aumentó. Sus manos apretaban mis caderas. Mi frente descansaba contra el ventanal mientras Madrid brillaba debajo de nosotros.

Cuando el orgasmo llegó, nos rompió a los dos al mismo tiempo. Me corrí con fuerza, apretándolo dentro de mí, gritando su nombre sin importarme ya quién pudiera oírnos. Él se derramó dentro de mí con un gruñido ronco, abrazándome con fuerza.

Después, solo quedó el sonido de nuestras respiraciones agitadas.

Me giró con cuidado y me abrazó contra su pecho. Su corazón latía tan fuerte como el mío.

—Valeria… —empezó.

—No hables de mañana —susurré, enterrando la cara en su cuello.

Pero ambos sabíamos la verdad:

Mañana todo había cambiado.

El sol entraba a cuchilladas por los ventanales de la sala de reuniones, iluminando el polvo suspendido en el aire. Todos estaban ya sentados: Marta con su café humeante, Pablo tecleando en su portátil, el equipo entero fingiendo interés en la presentación de presupuestos.

Yo llegué con tres minutos de retraso.

Falda lápiz gris ajustada. Blusa blanca impecable. Pero el cuello alto no conseguía ocultar del todo el leve moratón violáceo que Alejandro me había dejado justo debajo de la clavícula la noche anterior.

Cuando entré, sus ojos se clavaron en mí durante un segundo de más. Su voz, normalmente firme y segura, tropezó una sílaba al pronunciar mi nombre.

—Buenos días, Valeria —dijo, sin mirarme directamente—. Siéntate.

Tomé la silla del fondo. Crucé las piernas lentamente. Bajo la falda, aún llevaba el encaje negro que no me había quitado desde el viernes. Sentía la tela húmeda y pegada a mi piel, un recordatorio constante de lo que habíamos hecho.

Él continuó la presentación. Pero cada vez que pasaba una diapositiva, sus ojos se desviaban hacia mí. Solo un milisegundo. Un código secreto que solo nosotros entendíamos.

En la diapositiva 7 proyectó mi informe corregido. Letras rojas brillantes: APROBADO.

—Valeria ha hecho un trabajo… excepcional —dijo, y su voz se volvió ligeramente más grave.

El equipo aplaudió por cortesía. Yo sonreí con profesionalidad. Solo él sabía lo que realmente había costado ese “excepcional”: mi boca alrededor de su polla en el ascensor, sus dedos dentro de mí contra el ventanal, mis gemidos ahogados mientras me follaba sobre su escritorio.

La reunión terminó a las 10:15. Todos empezaron a salir. Yo me quedé recogiendo mis cosas con deliberada lentitud.

Cuando la sala se vació, él cerró la puerta.

Con llave.

Se acercó hasta quedar a medio metro de mí. No me tocó. Solo me miró.

—¿Dormiste? —preguntó, la voz baja y ronca.

—No mucho.

—¿Y ahora qué?

—Ahora fingimos —respondí.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que no podamos más.

Él asintió una sola vez. Luego, con un movimiento rápido y preciso, me agarró de la muñeca y me llevó al pequeño office contiguo a la sala de reuniones. Cerró la puerta con el pie.

—Cinco minutos —susurró contra mi oído.

Me subió a la encimera de un solo movimiento. Mis piernas se abrieron para él de forma instintiva. No hubo preliminares suaves esta vez. Solo urgencia pura.

Sus manos subieron bruscamente mi falda hasta la cintura. Apartó el encaje negro a un lado con dos dedos y, sin aviso, introdujo dos dedos dentro de mí. Ya estaba empapada.

—Joder… —gruñó—. Sigues mojada de anoche.

Gemí contra su hombro para no hacer ruido. Él sacó los dedos y se desabrochó el pantalón con una sola mano. Su polla saltó libre, dura, gruesa y brillante en la punta.

Entró de una sola embestida profunda.

Yo ahogué un grito mordiendo su camisa.

Empezó a follarme con fuerza, rápido, sin piedad. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba el pequeño espacio. Cada embestida me empujaba contra la pared. Mis uñas se clavaban en su espalda por encima de la camisa.

—Más fuerte —supliqué en un susurro roto.

Él obedeció. Sus caderas golpeaban contra las mías con un ritmo brutal y preciso. Sentía cada centímetro de él entrando y saliendo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas.

Nos corrimos casi al mismo tiempo. Yo primero, contrayéndome alrededor de su polla con fuerza, mordiendo su hombro para ahogar el gemido. Él se derramó dentro de mí con un gruñido ronco, empujando hasta el fondo mientras su semen caliente me llenaba.


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