La salamandra

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   Cuando ya no tenga nada que escribir y se apague mi verbo angustiado y rebelde vencido por el cansancio de los giros planetarios, me quedaré inmóvil, confundido con las tibias losas de mi jardín de sueños, como una salamandra, avizorando las cercanías de la muerte, impasible, comunicándome con el fatigado cuerpo y sus sentidos, pronunciando las palabras humildes que vertí, para escuchar su ruda sonoridad encendida, tratando de encontrar el último secreto escondido en la maleza de los cuentos color esmeralda —las nubes blancas en los azules cielos—, —la espuma entre las olas—.


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