CREEP capítulo siete
Por Pretorius
Enviado el 21/05/2026, clasificado en Amor / Románticos
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El domingo por la mañana se irrumpió con un caos doméstico de puertas que se abrían y cerraban, el rastro del café matutino y las voces apuradas de Gloria y Rodolfo organizándose para no perder la reserva del restaurante. Gabriel se arrastró fuera de la cama con los ojos ardientes; se había quedado despierto hasta las tres de la madrugada, forzando la vista sobre el papel diamante que los ángulos de sus planos finalmente encajaron. Tenía la mente embotada y el cuerpo pesado, eran pasadas las diez cuando cruzó el pasillo en dirección a la ducha, buscando el agua fría para despejar el tormento que arrastraba desde la noche anterior, sin embargo, al pasar junto a la puerta entornada de Kaira, una voz suave y nítida cortó el ruido de la casa.
?— Gabriel... ven, ayúdame por favor.
?Él se detuvo en seco, dudó un segundo, sintiendo el pulso acelerarse en la base del cuello, pero empujó la madera, al ingresar, el aire tibio y húmedo del dormitorio, sumado a el aroma de esencia de jazmin que predominaba en el dormitorio de paredes anaranjadas, que se combinaba con el aroma al jardin que de infiltraba ppr la ventana abierta, daba la bienvenida a un santuario prohibido que el pie de Gabriel no podia pisar, de inmediato le envolvió, cargado con ese perfume frutal y a brandy que ya reconocía demasiado bien. Kaira acababa de salir de la ducha; tenía el cabello rubio mojado y estaba envuelta en una toalla blanca que apenas contenía sus curvas.
?— Por favor, ponme aquella cadena de oro con la medalla de corazón —pidió ella, señalando la cómoda con una calma absoluta.
?Gabriel se acercó con los movimientos rígidos de un autómata, tomó la delicada pieza de metal, sintiendo que sus dedos toscos y manchados de grafito eran un insulto a la finura de la joya, se paró justo detrás de ella, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba de su piel húmeda, con las manos temblándole visiblemente, intentó enganchar el diminuto broche, su respiración se volvió corta, consciente de la proximidad de su cuello, de la línea de sus hombros.
?— Ya... ya está lista —logró articular con un hilo de voz, dando un paso atrás para romper el hechizo.
?Fue en ese instante cuando el suelo pareció desaparecer bajo sus pies, con un movimiento fluido y desapegado, como si estuviera sola en el mundo, Kaira dejó caer la toalla.
?Gabriel se quedó petrificado, impactado por la brusquedad del estímulo. Kaira estaba en ropa interior negra; el encaje oscuro contrastaba de forma devastadora con la palidez de su piel, el aire se le congeló en los pulmones, antes de que pudiera reaccionar, ella se agachó con parsimonia a recoger una peineta que estaba en el suelo, al hacerlo, el roce fue inevitable: la curva de su calzón negro presionó directamente contra el pantalón de pijama de Gabriel, el contacto, físico y deliberado, funcionó en el cuerpo del joven arquitecto como una descarga de alto voltaje, sentir la textura de su ropa y la firmeza de su cuerpo desarmó cualquier rastro de lógica o resistencia moral que le quedara, sin decir una sola palabra, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado, Gabriel dio media vuelta y huyó del dormitorio, salió al pasillo con las mejillas encendidas y la respiración rota, sintiendo que la estructura perfecta que intentaba mantener no solo se había agrietado, sino que acababa de sufrir un cortocircuito total en menos de un minuto.
?El restaurante funcionaba a pleno rendimiento de domingo, el setenta por ciento de las mesas ya estaban ocupadas, envolviendo el lugar en un rumor denso de conversaciones cruzadas, tintineo de copas y risas que flotaban sobre una suave melodía de jazz ambiental, ?afuera, el calor de octubre rebotaba en el maicillo del estacionamiento. Rodolfo fue el primero en romper la frontera, cruzando con paso firme hacia el mármol blanco de la entrada, vestía un pantalón gris y una polera polo verde, y llevaba los anteojos oscuros subidos a la frente como la visera de un casco, mientras guardaba con un tintineo las llaves de su camioneta Chevrolet Luv negra, avanzó por los tres escalones que conducían al parqué de color greda del comedor principal con la barbilla en alto, mirando el lugar como un sultán que entra en tierra conquistada.
?Detrás de él, Gloria caminaba con la gracia de quien se sabe observada pero no le importa, su pantalón de tela calipso y la blusa azul rey vibraban bajo las luces del local, manteniendo los lentes ahumados puestos sobre los ojos, dándole un aire de misterio maduro.
?Gabriel venía unos pasos más atrás, vestía un pantalón negro y una camisa blanca con franjas verdes que se sentía demasiado rígida sobre su piel, todavía sentía el rastro del cortocircuito de la mañana; el roce del encaje negro en su pijama parecía haberle dejado una quemadura invisible, intentaba mantener la vista al frente, camuflándose en la formalidad del almuerzo familiar, esperando que las paredes de hormigón del restaurante le devolvieran el orden que había perdido, fue entonces cuando el aire se llenó de nuevo con el aroma frutal y a brandy. ?Kaira apareció corriendo desde el vestíbulo, con la melena rubia flotando y un vestido corto cuyo escote en V desafiaba la sobriedad del domingo santiaguino, antes de que Gabriel pudiera reaccionar, ella estiró el brazo y se colgó con fuerza del suyo, pegando su cuerpo al de él con una familiaridad devastadora.
?— Vamos juntos —le susurró al oído, con una voz que el jazz de fondo pareció amplificar para él—. Los hombres me miran con ganas de comerme—
?Gabriel se tensó por completo, sintiendo que la presión del brazo de Kaira le paralizaba el costado. Rodolfo y Gloria seguían avanzando hacia el metre, ajenos al peso de la frase. Kaira no lo decía con miedo; lo decía con esa seguridad analítica y sobria que manejaba tan bien, al usar a Gabriel como su "protector" frente a las miradas del resto del comedor, estaba perfeccionando su trampa: lo obligaba a actuar como el hermano mayor ante el mundo, mientras bajo la superficie lo arrastraba al papel de cómplice de un deseo prohibido, caminaron juntos sobre el piso color greda, los ojos de las mesas contiguas se posaron en ellos: la hermosa chica rubia y el joven arquitecto delgado de rostro imperfecto,para los extraños, eran una pareja joven o dos hermanos. Para Gabriel, cada paso hacia la mesa reservada era un paso más hacia el colapso de toda su estructura.
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