almuerzo transcurrió como una partitura bien ensayada. Kaira se sentó al lado de Gabriel con una naturalidad pasmosa, mientras Rodolfo y Gloria ocupaban el flanco opuesto de la mesa. Desde los aperitivos hasta el postre, la conversación fluyó entre risas y anécdotas. Kaira desplegó un ingenio moderado, sobrio; sus comentarios eran agudos pero respetuosos, llenos de una jovialidad que iluminaba la mesa. Rodolfo la miraba con orgullo de padre y Gloria se contagiaba de su energía, celebrando cada intervención, en la superficie, todo era calma y felicidad familiar, pero Gabriel no podía relajarse. Sentía el calor del cuerpo de Kaira a solo unos centímetros, y su mente de arquitecto le advertía que la calma excesiva suele preceder a los terremotos. Sabía que ella no iba a dejar la jornada a medias.
?El catalizador llegó con los acordes de una guitarra, un cantante de boleros del restaurante comenzó a recorrer las mesas entre el humo tenue y el murmullo de los comensales. No tardó en fijarse en Kaira. Su belleza rubia y el pronunciado escote en V eran un imán inevitable, el músico se acercó a su silla, entonando una melodía romántica mientras, con audacia artística, posaba una mano ligera sobre los hombros de la chica.
?Gabriel contuvo el aliento, pero Kaira no se tensó, al contrario, se dejó llevar por el juego con una serenidad relajada, respondió con miradas coquetas y una sonrisa cómplice, permitiendo que el hombre bajara la vista hacia su escote sin perder la compostura. Rodolfo y Gloria contemplaban la escena con simpatía y diversión, viendo cómo "la pequeña Kaira" salía del aprieto con gracia y desplante, transformando el atrevimiento del músico en un momento de entretenimiento puro. ?Entonces, el cantante dio un paso más, fascinado por su actitud, le acercó el micrófono con una sonrisa desafiante:
—¿Se atreve a cantar con nosotros, señorita?
?Kaira lo miró fijamente, ladeó la cabeza con esa seguridad espontánea que la caracterizaba y aceptó el reto.
—Yo canto —dijo con voz clara, se puso de pie, acaparando de inmediato la atención de todo el comedor, el jazz ambiental ya había desaparecido; ahora el aire pertenecía al bolero. Kaira comenzó a cantar con una voz suave, madura y cargada de una melancolía y sensualidad que nadie en la sala esperaba de una chica de dieciocho años.
?“No existe un momento del día en que pueda apartarte de mí… el mundo entre tanto avanza, pero yo sigo aquí…”
?El restaurante se quedó en un silencio absoluto, hipnotizado por su figura. Kaira cantaba con los ojos entornados, balanceándose levemente. Para Rodolfo, para Gloria y para el resto del público, era una interpretación brillante y apasionada de un clásico romántico, pero Gabriel sabía la verdad, sintió que el piso de greda vibraba bajo sus pies, aunque Kaira no lo miraba fijamente, cada cierto tiempo lanzaba una mirada relámpago hacia su silla, una mirada de seducción pura, fría y analítica, que conectaba directamente con la letra de la canción, se lo estaba cantando a él, estaba usando los ojos de todo el restaurante y la presencia de sus propios padres como un escudo invisible para confesarle que lo tenía cercado, que no pensaba dejarlo ir.
?Al terminar la última nota, el comedor estalló en una ovación cerrada, hubo aplausos entusiastas, felicitaciones de las mesas vecinas y piropos respetuosos que Rodolfo agradeció inflando el pecho como un pavo real. Kaira, con las mejillas ligeramente encendidas y una sonrisa radiante, regresó a su asiento al lado de Gabriel, all sentarse, su brazo rozó intencionalmente el de él, devolviéndole el calor de la mañana mientras el cantante, complacido por el éxito, continuaba con su repertorio. Kaira volvió a su postura sobria, contemplando el espectáculo con la tranquilidad de quien acaba de ejecutar un plan perfecto sin dejar una sola huella, mientras el murmullo del comedor volvía a la normalidad, miró de frente a Gabriel. Le regaló una sonrisa alegre, chispeante, asomando apenas la punta de la lengua entre los dientes en un gesto de complicidad salvaje, para Rodolfo y Gloria, la vida seguía su curso entre el jazz y el café, pero bajo la mesa el aire se volvió irrespirable. Gabriel sintió el contacto en el muslo; la tela del vestido de Kaira presionaba contra su pantalón, el cuerpo del joven arquitecto se puso rígido como el hormigón.
?—Estás muy tenso—le susurró ella al oído, manteniendo la sonrisa para el resto del comedor—. Nada malo va a pasar. Diviértete, por favor.
?Gabriel apretó los dientes, intentando mirar su plato, pero ella no se lo permitió.
?— Mira, Gabriel, tú estás muy mal —continuó Kaira en un murmullo suave y directo— No es pecado que me toques, antes de que él pudiera procesar la frase, Kaira le tomó la mano derecha con firmeza. Gabriel opuso resistencia, tensando el brazo, pero la fuerza de ella era constante, guiada por esa determinación analítica de Virgo, le puso la mano sobre sus piernas descubiertas y comenzó a deslizar los dedos de Gabriel a lo largo de su piel.
?— Dale, si esto no es malo... Dale, dime lo que tú sientes. Disfruta lo que sientes, solamente eso te pido—
?El calor de la piel de Kaira y la insistencia de sus palabras empezaron a quebrar las defensas de Gabriel. El cansancio de la noche anterior y el deseo acumulado actuaron como un anestésico contra la culpa; sus dedos empezaron a relajarse, cediendo a la textura de su pierna. El pulso le latía en los oídos y el deseo aumentó de golpe, nublando el juicio, fue entonces cuando Kaira dio el zarpazo final, le tomó la mano de nuevo y la deslizó con decisión por debajo del borde de su falda corta, guiando sus dedos directo hacia la seda de su ropa interior, el contacto con el encaje fue como recibir un golpe de corriente. Gabriel se alarmó por completo, el pánico moral lo golpeó en el pecho y se levantó de la silla de golpe, haciendo un ruido sordo que llamó la atención de Rodolfo y de su madre, sintió las miradas fijas de ambos sobre él.
?— Voy... voy al baño —logró balbucear, con la cara encendida, huyó hacia el pasillo, entró al baño y abrió la llave del agua fría con desesperación, se mojó el rostro una, dos, tres veces, apoyándose en el mármol del lavamanos, tratando de calmar los latidos de su corazón y de reordenar las estructuras de su mente. "Casi me atrapan", pensaba atormentado.
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