Una tarde cualquiera
Por Zaphyre
Enviado el 28/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Bueno, pues voy a contarlo tal como me pasó, porque todavía me tiembla todo solo de recordarlo. Me llamo Carmen y tengo 48 años, llevo casada con el mismo hombre desde los 23 y, la verdad, nuestra vida sexual es… pues eso, rutinaria. Nada del otro mundo. Pero desde hace unos meses, cada vez que voy a casa de mi amiga Laura, que se divorció el año pasado y está sola con su hijo, me noto rara.
Laura y yo nos vemos casi todas las semanas. Tomamos café, comemos algo rápido, nos quejamos de los maridos o exmaridos y ya está. Pero el chico… Joder, el chico apenas tiene 21 años y ha empezado a desarrollar un cuerpo que está como un puto dios griego. Se llama Alex. Alto, hombros anchos, cintura estrecha y unos brazos que parecen de hierro. Yo antes ni lo miraba, era «el hijo de Laura», pero últimamente… no sé, se me iban los ojos solos. Cuando entraba en la cocina sin camiseta o subía sótano de entrenar. Él parecía jugar conmigo exhibiéndose o quizás era mi calentura. Yo me quedaba callada, disimulando que me lo comía con los ojos, con un calor y una humedad raro entre las piernas que más de una vez al llegar a casa no podía evitar encerrarme en el baño y meterme los dedos como una desesperada.
La tarde en cuestión llegué un poco antes de lo normal. Toqué el timbre y me abrió él. Sudado entero. La camiseta gris pegada al pecho, los pantalones cortos de deporte bajos en las caderas y el pelo mojado pegado a la frente.
—Hola, Carmen —me dijo con esa voz grave que tiene ahora—. Mi madre aún no ha llegado de la peluquería, ha dicho que tardaba como una hora. ¿Quieres pasar y esperarla?
Yo debería haber dicho que no, que ya volvería. Pero dije que sí. Y cuando cerró la puerta y empezó a bajar las escaleras hacia el sótano, le seguí. No pude evitarlo.
—Estaba terminando de entrenar abajo —explicó sin girarse—. He montado un mini-gimnasio con cosas de segunda mano.
El sótano era pequeño, olía a su sudor. Había una esterilla, unas pesas y un banco. Alex se tumbó en el banco boca arriba para seguir con su ejercicio subiendo y bajando una larga barra y unos discos a los lados que parecían bastante pesados. El pecho se le contraía y expandía con cada repetición. Yo me quedé de pie a su lado, con el bolso todavía en la mano, mirándole los abdominales marcados que se le marcaban bajo la camiseta mojada.
No sé qué me pasó cuando el dejó apoyada la barra y se quedó recuperando el aliento. Me acerqué despacio, como si no fuera yo. Me agaché un poco y pasé dos dedos por el elástico de sus calzonas, justo donde empezaba su pubis. Él abrió los ojos y me miró. No dijo nada. Solo respiraba fuerte.
Me incliné más y le besé. Fue un beso torpe al principio, pero él abrió la boca y me devolvió el beso con ganas. Mi mano ya estaba acariciando su polla, por encima de la tela, notando cómo se le ponía dura. Hostia, qué tamaño. La saqué del todo y empecé a pajearla despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi mano. Era gruesa, caliente, con una vena que le latía.
Alex metió las manos por debajo de mi blusa, me desabrochó el sujetador con una facilidad que me sorprendió y sacó mis tetas. Las tenía duras, los pezones como piedras. Se incorporó un poco y se metió uno en la boca, chupando fuerte. Yo gemí bajito y aceleré la mano.
No aguanté más. Me arrodillé entre sus piernas, le bajé las calzonas hasta los muslos y me la metí en la boca. Joder, qué rica. Grande, caliente, con ese sabor a sudor de chico joven. Le lamí los huevos también, gordos y suaves. Levanté la vista y le dije, casi sin voz:
—Esto no puede enterarse nadie, ¿me oyes? Nadie.
Él solo asintió, me agarró del pelo con suavidad y me guio la cabeza para que siguiera mamando. Me encantó que hiciera eso poniéndome aun más cachonda, babeando aún más aquel espectacular tronco de carne.
Me levanté, me quité la blusa, la falda, las bragas… todo. Estaba empapada. Me subí encima de él, le cogí la polla con una mano y me la metí despacio. Cuando la tuve toda dentro solté un gemido largo. Empecé a cabalgarlo. Despacio al principio, luego más rápido. Mis tetas botaban, él me las agarraba y apretaba. Apenas pasaron un par de minutos y ya me corrí como hacía años que no me corría. Un orgasmo que me dejó temblando, apretando su polla con el coño.
Pero él no había terminado. Me agarró de los muslos con fuerza, se incorporó del banco y se levantó conmigo encima, sin sacármela. Yo me agarre de su cuello y grité del susto, pensando que me iba a caer.
—Tranquila —me susurró, con la voz ronca—. No te vas a caer.
Y empezó a follarme así, de pie, sujetándome en el aire. Al principio lento y profundo, clavándomela hasta el fondo. Luego más rápido, más fuerte. Yo me agarraba a su cuello, con las piernas rodeándole la cintura, sintiendo cada embestida como un martillazo de placer. Me corrí otra vez, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado.
Él aceleró todavía más, respirando como un animal. Y entonces se corrió dentro de mí. Joder, cómo se corrió. Embestidas profundas, secas, y yo notaba cada chorro caliente llenándome. Cuando terminó, siguió moviéndose despacio, sacando y metiendo la polla mientras el semen me chorreaba por los muslos y caía al suelo del sótano, plof, plof se escuchaba.
Me bajó con cuidado. Me vestí rápido, con las manos temblando. Me arreglé el pelo como pude y le dije:
—Ni una palabra a nadie, Alex. A nadie.
Él sonrió, todavía con la polla medio dura colgando, brillante de mí.
—¿Repetiremos algún día? —preguntó.
Yo miré esa polla larga y gorda, aún mojada de mi corrida y de la suya, y no pude evitar sonreír como una zorra.
—Seguro —le contesté, guiñándole un ojo—. Dile a tu madre que he tenido que irme corriendo, ¿vale?
Y salí de allí con las piernas flojas y el coño empapado todavía palpitando. Una vez me senté en el coche, fui consciente realmente de los que había pasado. La primera vez que cometía una infidelidad y para colmo pegándome una tremenda follada con el hijo de mi mejor amiga. Sin embargo, el remordimiento me duró poco, no podía contener aquella sensación de querer volver a sentir su polla, su tacto, su sabor... Joder creo que voy a tener que masturbarme.
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