CUENTOS DE LA LUNA ROTA (17)

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   CUENTOS DE LA LUNA ROTA (17)

 

          EL FUTURO DE PRESENTE
             ES FRUTO DEL PASADO


   Llevó la taza a sus labios gruesos y bien perfilados labios. Sobre el borde, aromatizado sus sentidos, flotaba una sinuosa banda del vapor de la taza. Sopló levemente y el olor del chocolate hirviente le reconfortó. Entonces, la vio.

Cruzaba el paso de peatones con su inconfundible paso, seguro y firme; sus ojos al frente y la forma de su boca, ligeramente causa hacia el lado izquierdo, en aquel rictus tan suyo que no se podía comparar a ningún otro: era Macu. Había sido muy clara el primer día de clase: no iba a perdonar a quien lallanase profesora y, mucho menús, a quien se dirigiera a ella como Magdalena; pero era Macu Monforte, con unos años de más.

Venía justo hacia el bistró, con sus manos en los bolsillos de la amplia gabardina beige tostado. Su cabello de media melena seguía el lado que marcaban sus botines castaños, como una prolongación de sus propios cabellos —¿era un pensamiento fetichista?, se preguntó Gabriel—, mientras tomaba una dinamarquesa en forma de caracola con sus cristalinos granitos de azúcar y la mojaba en la "chocolata desfeta". 

Ella empujó la puerta por el pulido y largo brazo dorado y entró en el local. Echó un rápido vistazo seguido de otro más lento y un mohín de contratiempo se dibujó en su boca de hermosos labios con un levísimo toque de carmín. Gabriel dio un vistazo circular y pudo comprobar lo mismo que ella: ni una mesa vacía en el bistró. Los ojos de ambos se cruzaron con la indiferencia escrutadora de los de ella y dio un paso de vuelta a la entrada. Él hizo una seña con una sonrisa y le indicó la silla que estaba frente a él, vavua. Ella dudó un espacio de tiempo, el que necesito para evaluar a su hospitalario oferente y fueron sus ojos, de un verde glauco, tras sus gafas de varillas con una cincelada raya rosada los que aceptaron. Se dirigió hacia la mesa y musitó:

—Gracias —retirando la silla y sentándose a la vez que abría la gabardina sin quitársela.

Gabriel hizo un gesto circular hacia el local repleto.

—Debe ser por la representación. Pou es un grandísimo actor, y en esta obra brilla esplendorosamente.

—Es un papel muy difícil el que tejió Zeller —respondió ella—..., pero, ¿ya la has visto?

Marcos asintió.

—Esra es la segunda vez que veré "El pare". Me fascinó la primera. —Señaló su taza humeante— Tienes que probarlo. Te invito...

—De ninguna manera; ya lo has hecho —abrió su mano en forma de abanico.

—Insisto, por favor.

Ella sonrió con un rasgos de melancolía en el pliegue izquierdo de su boca.

—Y cinco danesas, si es tan amable —pidió a la chica.

—Gracias. Me llamo Macu (Gabriel sonrió en su interior, pero algo debió traslucirse porque ella le observó escrutadora) —echó un vistazo a la hora en el móvil—. Tenemos dieciocho minutos...

—No padezcas; sólo hay que cruzar la calle —señaló la entrada de columnas del teatro—. Me llamo Gabriel.

Bebió de la taza que ya no humeaba, aunque el aroma del chocolate se esparcía sobre la mesa. Y la recordó en clase. Entonces vestía faldas largas floreadas con mucho vuelo; un amplio cinturón de broche en forma de almendra y sandalias que mostraban unos pies pequeños y delicados. El cabello largo caía por la espalda algo hombruna. Ahora estaba frente a él y la observaba mientras mordía las dinamarquesas que se partían entre los labios firmes de su antigua profesora. La oscilante banda vaporosa y danzarina que salía de la taza ocultaban su mirada. Le parecía una burla del destino. Luego pensó que la vida marcaba los pasos de los mortales y les conducía a la causalidad necesaria. Ella elevó la mirada y le descubrió.

—Me jubilé hace dos meses.

—Es innecesario...

Macu se rió y repasó el rostro de Gabriel desde la frente sobre la que caían unos rizos rubios hasta la seductora barbilla partida. Y no lo pudo evitar. Por eso la inundó un sentimiento de tristeza. («¿Quizá unos... diez años menos, y él...»

—Te queda muy bien esa blusa —Y el mar de rubor de sus mejillas, la trabazón de su lengua, el temblor de sus piernas le impidieron otra cosa que mirar hacia el lado.

Macu mostró una sonrisa amplia, alegre, juvenil y divertida.

—No me digas. («Diez años menos..., ¡por favor!» suplicó interiormente, ahora con violencia, a una nada cósmica imperturbable). Entristecida, bajó la mirada hacia la prenda, los todavía agraciados senos de grandes proporciones y expulsó unas miguitas de galleta.—. Es mi color preferido.

—¡Casualidad! —repuso Gabriel—: el mío también.

Ambos rieron. Gabriel consultó el móvil. Ella apuró la taza, mientras él pagaba la cuenta. Cuando se giró la tenía a su lado, con las mejillas coloradas, a juego con sus labios. Tras los cristales las pupilas irradiaban unas chispas saltarinas. Gabriel sintió un cosquilleo y recordó sus viejas sensaciones en clase. («Aún podemos recuperar el tiempo. El tiempo es elástico, porque los sentimientos son inmortales», se dijo cuando al pasar a su lado, mientras sujetaba la puerta para que ella pasara, el aroma de su casi imperceptible perfume inundó sus fosas nasales y el vello de su cuerpo se levantó como una onda cálida y reconfortante.


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