
Yo soy una mujer de treinta y ocho años, me llamo Carmen, y llevo ya casi diez años limpiando en un centro comercial de las afueras de Madrid. No es un trabajo que me encante, pero paga las facturas. La verdad es que la vida me ha tratado regular: divorciada desde hace cinco años, un ex que apenas aparece, y un cuerpo que ya no es el de antes, con curvas de más en las caderas y el pecho que se me ha caído un poco, pero aún me miro al espejo y pienso que no estoy tan mal para mi edad. El sexo… pues hace tiempo que no es lo que era. Algún polvo esporádico. Hasta ese día.
Era un viernes por la tarde, casi las diez de la noche. El centro comercial ya estaba vacío, las tiendas con las persianas bajadas y solo quedaban los guardias de seguridad dando vueltas por los pasillos. Yo había terminado mi turno en la planta baja y me faltaba repasar los baños del sótano. Cogí el carro de la limpieza y la valla naranja con el cartel de “Labores de limpieza, no pasar”. Pensé que ya no quedaba nadie, así que entré en el de hombres sin llamar, coloqué la valla en la puerta y entré.
Y entonces lo vi.
En uno de los urinarios había un chico de unos veintiuno o veintidós años. Alto, delgado, vaqueros bajos y la camiseta subida un poco. Estaba meando, y el chorro sonaba fuerte contra la porcelana. Yo me quedé clavada en el sitio, con la bayeta en la mano, sin poder moverme. Porque lo que vi… joder, lo que vi era enorme. Su polla colgaba, gruesa, mucho más grande de lo que había visto en mi vida. Ni en películas ni en nada. Se le veía venosa, oscura, y el glande brillaba mojado. Me puse roja como un tomate y el corazón me empezó a latir fuerte.
Él debió de oír mis pasos o el carro, porque giró la cabeza un poco y me miró de reojo. No se tapó. Ni se cortó. Siguió meando tranquilamente, como si tal cosa, y me sonrió de medio lado.
—¿Le gusta lo que ves, señora? —me preguntó, sin vergüenza ninguna—. Si quiere, acérquese un poco más. No muerdo...
Debería haber salido corriendo, haberle dicho que se fuera a la mierda, que estaba trabajando. Pero no lo hice. Di un paso, luego otro, y me acerqué hasta quedar a un metro de él. Mis ojos no se apartaban de su polla. Seguía saliendo pis, un chorro largo y potente que no parecía acabar nunca. Me quedé embelesada, como una tonta. Tenía los huevos gordos, colgando, y un poco de vello oscuro alrededor.
Él soltó una risita baja y, sin dejar de mear, cogió mi mano derecha con la suya. Me la llevó despacio hasta su miembro. Yo no opuse resistencia. Sentí el calor de su piel, la dureza ya a medias, y de repente el torrente de orina. Era raro, fuerte, pero no me dio asco. Al contrario. Me excitó de una manera que no puedo explicar. Noté cómo me mojaba los dedos con diminutas gotas mientras él seguía orinando. Mi coño se humedeció de golpe, como si tuviera veinte años otra vez.
Cuando por fin terminó yo no la solté. No podía. La tenía dura ya, creciendo en mi mano. Empecé a moverla despacio, pajeándola, sintiendo cómo se ponía enorme, cómo se hinchaba hasta llenarme toda la mano. Era gruesa, venosa, con la piel suave pero dura por dentro. Él gimió bajito y me miró a los ojos.
—Arrodíllate —me ordenó.
Y yo obedecí. Él me cogió del pelo con una mano y me acercó la polla a la boca. Aún tenía restos de orina, pero no me importó. Abrí la boca y el metió la cabeza. Sabía salada, a pis y a hombre joven. Empecé a chupar, primero suave, luego más fuerte. Él no fue suave. Me la metió hasta el fondo de golpe, haciendo que me diera arcadas. Yo tosí, me lloraron los ojos, pero no me aparté. Quería más. Me folló la boca con fuerza, entrando y saliendo, golpeándome la garganta. Cada vez que me daba arcadas él se reía bajito y empujaba más.
—Así señora… chúpamela así... Traga.
Yo engullía todo lo que podía. Bajé a sus huevos, que estaban mojados de mis babas. Los chupé uno a uno, metiéndomelos en la boca, sintiendo cómo se movían. Eran pesados, grandes. Él se pajeaba encima de mi cara mientras yo le comía los huevos, tirándome del pelo para que no parase.
Luego siguió usando mi boca a placer hasta que con un gruñido se apartó un poco, se agarró la polla con fuerza y empezó a sacudírsela rápido. Los chorros salieron potentes, como disparos. El primero me dio en la frente, caliente y espeso. Luego otro en la mejilla, en la nariz, en los labios. Me salpicó el pelo, me cayó por el cuello y me manchó el uniforme. Chorros y chorros, blancos y densos, que me bañaron toda la cara. Yo tenía la boca abierta, intentando coger algo, y él no paraba de gemir mientras se vaciaba.
Cuando terminó, se subió los pantalones, se abrochó y me miró desde arriba. Yo seguía de rodillas, con la cara llena de su leche, chorreando, el pelo pegajoso y el uniforme manchado. Él solo sonrió y se fue sin decir ni una palabra más. Me dejó allí, sola, bañada de semen, con el coño empapado y el corazón a mil.
Me levanté como pude, me limpié un poco con papel del baño, pero no pude quitar las manchas del uniforme. Olía a él. Me fui a casa esa noche conduciendo con el olor de su semen impregnado y pensando que estaba loca. Pero en la cama, esa misma noche, me toqué recordándolo. Me corrí dos veces solo con acordarme de su polla, de su meada en mi mano, de cómo me había follado la boca.
Pasaron días, días que no deje de ir a última hora al mismo baño con la esperanza de volver a encontrarlo allí. Sin embargo, no tuve suerte. Yo seguía con mi rutina, limpiando, fregando suelos, vaciando papeleras. El martes de esta semana por la tarde, mientras empujaba el carro por la planta principal, lo vi. Estaba andando por el pasillo central, hablando y riéndose con un amigo. El mismo chico. El mismo que se había corrido en la cara como si fuera una puta cualquiera.
Se me paró el aliento. Él levantó la vista, me vio y se quedó un segundo mirándome. Luego sonrió de esa manera, esa sonrisa de medio lado que ya conocía. Me guiñó un ojo, muy rápido, y siguió andando como si nada. Yo me quedé allí, con las manos temblando en el mango del carro, el coño otra vez mojado y la cara ardiendo.
No puedo dejar de pensar en él. En su polla enorme. En su leche caliente. En como fui usada. Y en que, por primera vez en mucho tiempo, me siento viva de verdad.
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