Entrego mi culo al Vecino Maduro (Parte3)

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Cap 4: La rendición

Caía la lluvia. No era fuerte, pero era constante, como si el cielo se tomara su tiempo para dejarnos sentir cada gota. La ventana estaba ligeramente abierta y el sonido de la lluvia en el tejado me había hipnotizado durante toda la tarde. Escuché unos ladridos justo cuando terminaba de salir de la ducha. Eran insistentes, urgentes. Me envolví como pude con una toalla y fui hacia la ventana. Allá estaba mi perro, Max, mojado, agitándose frente al jardín de Julián, un Yorkshire Terrier ladrando como si estuviera defendiendo su honor frente a un pastor alemán que lo miraba con desprecio tras la reja.

No tenía idea de cómo se había escapado. Aún sin terminar de secarme me puse el pantalón de una sudadera y una blusa, abrí la puerta para salir corriendo, pero me estrellé con una silueta en la entrada. Era Julián. Con Max cargado como un niño, los dos empapados.

—Se metió hasta la entrada y no paraba de ladrar —dijo, sonriendo, su voz algo apagada por la lluvia—. Creí que era mejor traerlo de vuelta antes de que armara una guerra.

Llevaba una camiseta blanca pegada al pecho, mojada, que dejaba ver sin disimulo el relieve de su torso. Como si se tratase de un comercial de coca – cola: Vi como el agua le caía por las sienes, bajaba por su cuello, por sus brazos marcados, como en cámara lenta, generándote una sed que no tenías antes de ver el comercial.

—Perdón —dije, riendo nerviosa—. No sé cómo se salió.

—No te preocupes. No es la primera vez que un perro me mete en problemas.

Nos miramos unos segundos. El sonido de la lluvia afuera llenaba los silencios. Julián estaba a un paso de mí, su respiración más agitada de lo normal, y yo aún tenía el cabello húmedo de la ducha y la ropa pegada al cuerpo por la humedad de la piel con la que me la puse en el afán de salir corriendo.

—¿Querés una toalla? —le ofrecí, dando media vuelta.

—O una sombrilla, al menos —dijo, siguiéndome.

—Mejor una toalla. Estás empapado.

Entró. Cerré la puerta.

Me adelanté al baño y regresé con una de las toallas grandes, blancas. Se la extendí. La tomó sin quitarme los ojos de encima. Sus dedos rozaron los míos. El roce fue leve, pero me hizo inhalar más profundo de lo que quería.

—Gracias —dijo, pero no se secó de inmediato. Me miró de arriba abajo. No con descaro, sino con atención. Como si recién me estuviera viendo de verdad. Y yo… yo ya no podía fingir que no lo había notado antes. Ese cuerpo. Esa manera pausada de hablar. Esa tensión invisible cada vez que estábamos cerca y no pasaba nada.

—¿Querés secarte en el baño? —pregunté. No reconocí mi voz.

Él negó con la cabeza. Dejó la toalla sobre la mesa y dio un paso. Luego otro. Yo no retrocedí.

Cuando estuvo frente a mí, me miró con una intensidad contenida. Su mano rozó mi mejilla, apenas. No fue brusco. Fue una prueba. Y yo no me aparté.

—Sabés que no debería estar acá —murmuró, la voz baja, ronca.

—Yo tampoco —susurré.

No hubo otro permiso. Ni más dudas.

 


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