Entrego mi culo al Vecino Maduro (Parte4)
Por Tatiana BTA
Enviado el 01/06/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Me besó con fuerza, como si llevara semanas reteniéndose. Mi espalda chocó contra la pared. Su cuerpo, húmedo y tibio, se apoyó sobre mi evitando que escapara, sentí su bulto. Sus manos me tomaron por la cintura y las caderas. Apretaba su cuerpo contra el mío. Subió sus manos por debajo de mi blusa mojada, pero no se detuvo a agarrar mis tetas, la subió totalmente hasta que la retiró, yo levanté mis brazos para facilitar su labor. Sus labios bajaron por mi cuello, vi como inconscientemente había puesto mi mano en su nuca, apretándolo contra mí. Yo jadeaba en silencio, sin pensar en nada que no fuera esa boca, ese pecho, esa manera de tomarme como si no pudiera detenerse aunque quisiera.
Y yo tampoco quería.
Con su boca dejaba mi cuello para tomar mi clavícula, yo hacía fuerza con mi mano dirigiéndolo hacia mis senos. El entendió el mensaje, y dedicó algunos segundos a chuparme los pezones y a apretar con sus grandes manos mis tetas. Me había sentado sobre el lavado, con mis piernas abrazándolo, sentí su miembro fuerte, luchando por salir de su encierro. Quise ayudar a que liberara su presión, por lo que rápidamente solté su pantalón y baje su cremallera. Sin dudar, de un solo movimiento agarre su pantalón y sus boxer y los deje caer al suelo. Como él no dejaba mis pezones, comencé a masturbarlo, sentía el palpitar en mis manos de ese trozo de carne caliente, duro… maduro.
Me bajó del lavado, me giro de frente al espejo, no solo mi sudadera cayó al suelo, también lo hizo mi tanga mientras desde atrás apretaba mis tetas. No se puso con rodeos de masturbarme o buscar mi clítoris, tampoco lo quería yo. Acercó su pene desde atrás a mi entre pierna, al mismo tiempo yo me inclinaba para facilitarle las cosas. Comenzó a rozarme con esa deliciosa y palpitante hombría. No supe si solo quería empaparla de los jugos que salían a montones de mi o si no podía atinarle a mi entrada. Cualquiera que fuera la razón, me estaba volviendo loca. Corrientazos pasaban de un lado a otro en mi columna, mis piernas temblaban, sentía como su polla jugaba con mis labios vaginales, separándolos con cada roce. Y de repente….. Ohhhh, sentí como se abría mi interior para dejar pasar a este invitado, Julian debió notar el placer en mi por ese gemido.
Fácilmente llenó mi interior con su pene, la cantidad de flujos que yo soltaba permitirían que nada tuviera resistencia. Empezó con sus embestidas fuertes, sin precaución, cada una de ellas se sincronizaba armoniosamente con el sonido de mis nalgas chocando con su cuerpo. Gemí… gemí como hace mucho no lo hacía, como hace mucho no tenía un hombre maduro dentro de mi.
—Desde que te vi, he querido este culo— me dijo en el ajetreo, o eso creí escucharle sin pararle mucha atención. Bajo el ritmo de su bombeo, pasaba 2 de sus dedos por mi vagina, aún sin sacar su miembro de mí. Luego los pasaba por mi trasero. De inmediato supe lo que tenía en mente, el sexo anal no era nuevo para mí, pero aunque no era mi favorito, estaba dispuesta a dejar que Julián entrara por allí. Retiró su pene de mí, me pasó sus dedos un par de veces desde mi vulva buscando llevar mis jugos a mi ano. Traté de relajar mis músculos y facilitarle la labor.
Llegado el momento ubicó la punta de su pene, aún empapado en mis jugos vaginales, contra mi ano. Me agarre del lavado, levante mi culo y cerré los ojos. Julián empezó a poner presión, suave pero constante. Un delicioso dolor tenue empezó a acompañarlo. Sentí como milímetro a milímetro mi ano era forzado a expandirse. Gritos contenidos buscaban salir de mi boca. El dolor crecía, y cada milímetro que entraba Julián en mi parecía ser el último pues él se detenía, cosa que yo agradecía, pero uno o 2 segundos después, volvía a poner presión en mí.
—Ya pasó lo peor Tati— me dio ánimo una vez tenía la cabeza de su pene en mi interior. Acto seguido puso presión de nuevo y entró toda su longitud. Se quedó quieto. Ya pudo soltar mi cadera de donde me tenía para aumentar el efecto de su esfuerzo. Puso su mano en mi espalda, apretándome contra el lavado. Se quedo inmóvil unos segundos. Quise creer que lo hacía para permitirme adaptarme a este nuevo invasor. No fue así, de repente sonó su celular captando la escena con una foto.
—Tienes un culo de puta madre— fue la frase que escuché justo antes de sentir como se retiraba aquel poderoso miembro de mi hasta casi salir completamente. Con la misma velocidad con que salió, volvió a entrar. Una y otra vez. Robándome gemidos de placer en cada una de las embestidas. Cada una de ellas parecía llevar más fuerza que la anterior. Poco a poco no solo la fuerza aumentaba, la velocidad también, por lo que preveía que el final de este delicioso sufrimiento pronto llegaría.
Julián metió sus dedos entre mi cabello, cerró el puño, y sin piedad halo mi cabeza. Me lastimaba, pero no era un dolor que no pudiera soportar, que no quisiera repetir.
—Abre los ojos puta— escuché la orden. —Mira tú cara de placer, mira como este culo es mío—
La escena que vi frente al espejo empañado fue espectacular, ninguna porno podría capturar tan sexual actitud. Mi rostro reflejando un cansancio evidente, mi pelo mojado desordenado cayendo por mi cara, mi boca sin poder controlar la baba que me salía, mis ojos que expresaban el placer en cada embestida tratando de cerrarse cada vez que el pene de Julián tocaba el fondo de mi intestino, mi cuerpo armoniosamente resaltando cada una de sus curvas postrado sobre el lavado, y él…. al fondo él, al que vi con su cuerpo tonificado, sus brazos fuertes asegurándome de la cabeza y de la cadera, justo en el preciso momento en que sus ojos comenzaban a desorbitarse, sus venas en el cuello empezaban a marcarse y su boca se abría para exclamar un gruñido de placer mientras mi interior comenzaba a sentir el calor de su leche. Hubiera querido capturar esa escena en algo más que mi mente.
A la mañana siguiente, el cielo seguía gris. La calle estaba mojada, y las hojas del árbol frente a casa goteaban con una calma insoportable. Puse la cafetera como todos los días. Preparé dos tazas. Serví la de Andrés con la misma rutina de siempre, dos cucharadas de azúcar, sin revolver. Como a él le gusta.
—¿Dormiste bien? —me preguntó desde la mesa, sin levantar la vista del celular.
—Sí —respondí, sin pensarlo. Como si fuera cierto.
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