¿Badoo Me Puso a Cuatro Patas?

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Alma tenía 35 años y vivía sola en un pequeño apartamento en Barcelona. Después de romper con su ex, que era un aburrido en la cama, decidió que necesitaba algo diferente: sexo sin ataduras, intenso y directo. Una amiga le habló de Badoo y de cómo mucha gente lo usaba para encuentros casuales sin complicaciones.

Esa noche, después de ducharse, se puso un camisón corto de seda, se sirvió una copa de vino tinto y abrió la app. Creó un perfil discreto pero provocador: fotos donde se le veía el escote generoso, una de espaldas mostrando sus curvas y otra mordiéndose el labio. En la bio escribió: “Busco química real y noches sin límites. Solo mayores de 35”. Empezó a pasar perfiles. Muchos eran demasiado serios o poco atractivos. Hasta que apareció Diego, 31. Tenía varias fotos: una de torso definido, otra en la playa mostrando sus abdominales marcados y una selfie mirando a cámara con esa mirada que decía “te voy a follar duro”. Su bio era clara: “Me excita el control, las miradas y hacer que te corras varias veces, solo placer".

Alma sintió un cosquilleo inmediato entre las piernas. Le dio like. Match instantáneo. El chat se encendió rápido y sin rodeos: Diego: Alma … esas fotos me han puesto la polla dura en segundos. Tienes un cuerpo hecho para pecar. Alma: Me alegro de que te gusten. Tú tampoco estás nada mal… Diego: ¿Estás sola ahora? Quiero que te toques mientras hablamos. Cuéntame cómo estás vestida. Alma, excitada por la audacia, se recostó en la cama y le describió su camisón corto. Diego le pidió una foto. 

Ella, después de dudar unos segundos, se bajó un tirante y le envió una imagen de sus tetas casi al descubierto. Él respondió con una foto de su bulto marcado bajo un pantalón de chándal. La conversación subió de intensidad durante más de una hora. Diego le contaba exactamente cómo quería follársela: contra la pared, a cuatro patas, mientras le tiraba del pelo. Alma estaba empapada. Quedaron para la noche siguiente en un hotel céntrico. Habitación 608. Le pidió que viniera con falda corta y sin bragas.

Al día siguiente, Alma pasó el día nerviosa y cachonda. Se depiló completamente, se puso una falda plisada negra muy corta, una blusa fina sin sujetador y, tal como le pidió, nada debajo. Cuando llegó al hotel y tocó la puerta, tenía el corazón a mil.

Diego abrió la puerta. Era más alto y más imponente en persona. Solo llevaba unos vaqueros oscuros, el torso desnudo. Sin decir nada, la agarró por la cintura, cerró la puerta de un golpe y la empujó contra la pared del pasillo.

Llevo todo el día imaginando esto —gruñó contra su cuello, mordiéndole suavemente. Sus manos grandes subieron por debajo de la falda y encontró su coño completamente mojado y sin bragas. Soltó una risa baja y satisfecha.

--Qué buena zorra… ya estás mojada solo de venir hasta aquí. La besó con fuerza, metiendo la lengua en su boca mientras dos dedos gruesos se hundían en ella sin aviso. Alma gimió alto, agarrándose a sus hombros. Diego la follaba con los dedos rápido y profundo, frotando su clítoris con el pulgar. Cuando sintió que estaba cerca, se arrodilló, le levantó la falda y enterró la cara entre sus muslos.

Su lengua era experta y hambrienta: lamía sus labios hinchados, chupaba su clítoris con fuerza y metía la lengua dentro de ella. Alma le agarraba el pelo, moviendo las caderas contra su boca, gimiendo cada vez más fuerte. Llegó al primer orgasmo de pie, temblando y apretando los muslos alrededor de su cabeza.

Diego se levantó, se bajó los pantalones y sacó su polla gruesa, larga y completamente dura. La levantó en brazos, apoyándola contra la pared y la penetró de un solo empujón profundo. Alma gritó de placer. Empezó a follársela con embestidas fuertes y constantes, sus tetas rebotando contra su pecho.

La llevó hasta la cama, la puso a cuatro patas y volvió a entrar en ella desde atrás. Le daba embestidas firmes que le dejaban la piel roja, tiraba de su pelo y le susurraba al oído: —Así me gusta… Quiero que te corras otra vez en mi polla. Alma explotó en un segundo orgasmo más intenso, apretándolo fuerte dentro de ella. Diego no paró. La giró, le puso las piernas sobre sus hombros y siguió penetrándola profundo, mirándola a los ojos. Cuando estaba a punto, gruñó: —¿Dónde quieres que me corra? —Dentro… lléname —jadeó Alma. Diego se corrió con fuerza, soltando chorros calientes dentro de su coño mientras seguía empujando lentamente, vaciándose por completo.

Se quedaron tumbados unos minutos, recuperando el aliento. Pero no había acabado. Diego la llevó a la ducha, donde Alma se arrodilló y le chupó la polla hasta que volvió a estar dura. La folló contra los azulejos, mojados y resbaladizos, hasta correrse por segunda vez.

Cuando terminaron, Diego le acarició el pelo y sonrió: —¿Repetimos la semana que viene?


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