Del enamoramiento de dos casuales viajeros de automóvil en un atasco de lunes laboral -2-

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Del enamoramiento de dos casuales viajeros de automóvil en un atasco de lunes laboral

                                 2


“Hay que aprender a vivir mientras aún quede tiempo para ser vivido."

                                                                                                Federico García Lorca


Continuación

 



Patty había olvidado el lunes, la caravana, la hora de fichar, incluso las razones de estar allí, a aquella hora, en ese lugar, en qué dirección, para qué. Todo el espacio en su mente..., todo el espacio en su pecho era un insondable vacío que únicamente llenaba el escaso tiempo de los ojos tras los lentes paradójicos de aquel hombre diferente que transmitía serenidad y buen humor, rompiendo, transgrediendo, amenazando la integridad de los malditos lunes, en un lunes que ya no tenga el carácter de todos los oscuros lunes laborales...los otros lunes, los lunes del pasado.

No se lo pensó dos veces: aprovechó un hueco en la fila de la derecha y cambió a ella. Buscó con la mirada el vehículo del hombre, pero no lo vio. Se maldijo: «tardé demasiado..., estúpida de mí». Y adquirió consciencia de pronto: «¿Pero qué diantre... me pasa: ¡parezco una niña! Y se rió para sus adentros. Sin embargo, persistía dentro de ella una sensación de pérdida y cierto desconsuelo se iba adueñando de ella.

El claxon sonó apenas, con una ligereza sutil. A su izquierda. Difuminado... ...No obstante...

El brinco del corazón, la sonrisa inmediata, el fulgor del lunes nuevo, aquel lunes....

Lenny tuvo el mismo impulso. Consiguió cambiar de carril, localizó el coche. La vio de perfil; sus latido, el latigazo pectoral: no la había perdido; lo sabía, no podía ser... y no fue. Se colocó a su lado y pulsó con la misma suavidad que un batir de alas de mariposa la bocina. Ella se giró. Ambos sonrieron. Lenny le mostró la carpeta donde se leía el anagrama de la Biblioteca de su barrio. Patty cabeceó dos veces e hizo un gesto con la palma de la mano abierta y extendidos los cinco dedos. Ambos siguieron su camino sin dejar de buscarse en el movimiento de acordeón de la caravana de aquel lunes hacia la entrada de la gran e inhóspita urbe que, de alguna manera, se había teñido de una luminosidad desconocida. 

Y entonces ocurrió algo que ninguno de los dos habría sabido explicar si le preguntasen.

En el siguiente parón, cuando la caravana de coches quedó inmóvil bajo la luz rojiza del amanecer contaminado, Patty vio cómo Lenny alzaba la mano y señalaba la salida próxima de la autopista. Ella entendió el gesto sin entender realmente por qué lo entendía. Dudó apenas un segundo. Luego asintió.

Abandonaron la A88 casi al mismo tiempo.

Aparcaron frente a una pequeña cafetería abierta desde muy temprano para camioneros, barrenderos y trabajadores insomnes. Durante unos instantes permanecieron dentro de sus respectivos coches, inmóviles, como si el hechizo pudiera romperse al abrir la puerta. Pero finalmente salieron.

—Hola dijo Lenny.

Era una palabra mínima, ridícula quizá, para todo lo que parecía haber sucedido en apenas unos minutos.

—Hola, respondió Patty, y sonrió otra vez.

Entraron juntos en el local. El olor a café recién hecho y pan tostado sustituyó por completo el sabor metálico y triste del lunes. Hablaron primero de cosas insignificantes: del tráfico, del frío de aquella mañana, de la absurda agresividad de la gente al volante. Ese día marcharon presurosos a sus respectivos trabajos intercambiando teléfonos.

En otros cafés posteriores, vinieron otras preguntas. Los trabajos. Los libros. La música. Las pequeñas derrotas cotidianas. Las extrañas soledades que nunca se cuentan.

Y mientras afuera la ciudad continuaba rugiendo con su maquinaria de prisas y obligaciones, ambos tenían la maravillosa sensación de que cuando estaban juntos eran ajenos a todo eso.

Tal vez fuese amor, o tal vez sólo el desesperado deseo humano de encontrar a alguien que nos mire tal y como somos.

 El tiempo lo dirá.

Pero, desde aquel día, ninguno volvió nunca a odiar los lunes.


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