El novio de mi hermana Parte 2
Por DivasSensuales2.2
Enviado el 01/06/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Han pasado varios días y necesito contarle a alguien lo que hice con el novio de mi hermana. Llamo a mi amiga y me invita a una fiesta; no me gusta mucho la idea, pero quiero desahogarme.
Al llegar, el descontrol se siente desde la entrada, con música a todo volumen y gente ebria por doquier. Busco a mi amiga y me tomo un trago mientras le confieso el lío con Carlos y lo que pasó el domingo.
—¿No te creo que te hayas acostado con él, si siempre te la pasas diciendo que lo odias? ¿Te gusta o qué?
—¡No, para nada! —le digo tratando de ocultar los nervios—. Es un idiota arrogante y no nos acostamos, fue oral nada más. Pero bueno... el tipo sabe lo que hace.
Le conté todo, nos reímos, pero la risa se me congela cuando me dice: «Él está aquí, lo vi llegar hace rato». Antes de que pueda reaccionar, escucho su voz a mis espaldas:
—¿Hasta aquí viniste a buscarme?
Me doy la vuelta intentando parecer indiferente, pero mi amiga nos dejó solos al instante. Carlos me acorrala suavemente contra la pared, con esa sonrisita de sobrado que me revuelve el estómago.
—Detente. Hay gente, seguro alguno conoce a Rosa...
Él suelta un suspiro de fastidio, restándole total importancia al asunto.
—Rosa y yo tenemos una relación abierta, ella no va a reclamarme nada. Los fines de semana estamos juntos, pero el resto somos libres. Seguro ya anda por ahí con uno o varios.
No puedo creer que hable así de mi hermana, Rosa no es ninguna puta, me enoja un poco. Pero cuando me mira fijo, con esas ganas, se me va toda la fuerza de voluntad. Él toma mi mano y me lleva a una habitación; yo solo lo seguí.
Carlos pone el seguro a la puerta, me abraza y me pega contra la pared. Nos devoramos la boca con una urgencia que ya no podemos aguantar. Me suelta en la cama y se quita la franela de un tirón; no puedo evitar clavarle los ojos a ese torso marcado, sintiéndome nerviosa y caliente frente a toda su experiencia.
No pongo ninguna resistencia cuando mete las manos por debajo de mi blusa, siento un escalofrío por todo el cuerpo. Me quita la blusa en un solo movimiento y se me va directo a las tetas, lamiéndome y chupándome los pezones. Después va bajando, me desabotona el short y me lo quita junto con las bragas.
Al quedar completamente desnuda frente a él, la realidad me da un golpe seco: nunca he tenido sexo con nadie. Carlos nota mi rigidez de inmediato y empieza a besarme la parte interna del muslo, despacio, intentando que me relaje. Él sabe cómo jugar conmigo; su lengua encuentra mi intimidad que ya es un río, y empieza a darle con un ritmo tan intenso que mis ganas de aguantarme se van al diablo. Me mete dos dedos de golpe mientras me chupa el clítoris; esa combinación me hace arquear la espalda soltando un gemido.
Antes de que pueda respirar, Carlos se desnuda por completo. Me subo arriba de él, sintiendo su miembro durísimo rozándome ahí abajo. El miedo me frena un segundo.
—¿Tienes... un condón? —le pregunto en un susurro, con la voz entrecortada. Es la primera vez en mi vida que tengo que pedir eso.
Él sonríe con una ternura que me extraña, estira el brazo hacia el pantalón que dejó en el suelo, saca uno del bolsillo y se lo pone sin dejar de besarme. Al volver a acomodarme, los nervios me hacen temblar las manos. Él lo nota y, en vez de apurarse o empujarme, me agarra firme por las caderas, dejándome todo el control a mí.
—A tu ritmo —me dice con una suavidad que no le conocía.
Suelto un suspiro tembloroso y me voy dejando caer encima de él. El dolor me da un corrientazo seco. Cierro los ojos y se me salen un par de lágrimas por la tensión del primer impacto. Me quedo quieta a mitad de camino, abrumada por lo adentro que lo siento. Carlos me sostiene duro, dándome chance de respirar, y se inclina a besarme, distrayéndome hasta que por fin logro aflojar el cuerpo y tragármelo completo. Siento su calor llenándome; una sensación rarísima y brutal.
Cuando el dolor cede y se convierte en una calentura adictiva, empiezo a mover las caderas. Duro varios minutos, pero no sé si lo estoy haciendo bien.
—Carlos... dale tú —le pido, necesitando que tome el control.
Me acuesta, abre mis piernas y se sube encima de mí. Ahora que el camino ya está abierto, sus embestidas se vuelven profundas. Me vuela la cabeza pensar que es él quien me está estrenando, y ese bendito pensamiento me arrastra directo a un orgasmo eléctrico mientras él me tiene sembrada a la cama con su peso sobre mí.
No me da descanso. Me voltea boca abajo, me obliga a levantar el trasero y me acomoda para darme desde atrás. El ritmo se vuelve más rudo, salvaje, un vaivén seco. Me da un par de azotes juguetones en las nalgas que me hacen apretarlo al tiro.
—¿Te encanta, ¿no? —se burla con esa voz ronca que tiene.
Estira el brazo por debajo y empieza a masajearme el clítoris mientras me sigue dando con fuerza. Es demasiada estimulación para mi falta de experiencia, la sensibilidad me tiene desbordada.
—¡Qué rico! —digo con la cara enterrada en la almohada.
—Sí, estás deliciosa —susurra él directo en mi oído.
Una última estocada durísima nos hace colapsar a los dos; siento su miembro latir con fuerza dentro de mí mientras se viene, sellando el momento.
Cuando lo saca, me quedo tirada, fundida y con el cuerpo vibrando. Carlos se acuesta a mi lado, me da un pequeño beso y se pone a acariciar mi cuerpo sudado.
—¿Qué tanto me miras? —me pregunta al notar que no le quito los ojos de encima.
—Nada, pensaba que... al final no eres tan malo como pareces.
Él sonríe de lado, con un brillo de orgullo que no puede ocultar.
—Te lo dije la otra vez, Gabriela. Yo sabía que iba a ser tu primero.
Le doy un golpe juguetón en el hombro, rabiosa conmigo misma porque sé que tiene toda la razón.
Después de lavarnos un poco en el baño, bajamos a la sala. Para mi sorpresa, Rosa está ahí, de lo más relajada sentada en las piernas de otro tipo. Al vernos aparecer con la ropa toda desarreglada, hace un gesto de fastidio, se nos acerca y dice:
—Sabía que andaban en algo ustedes.
Quise explicarle lo inexplicable, pero antes de poder hablar dijo:
—Tranquila, hermanita, solo no cojan frente a mis narices.
Se volteó y volvió a las piernas de aquel hombre, dejando claro que las reglas de su relación abierta con Carlos siguen en pie y que la libertad es para los dos.
Carlos me mira de reojo y me suelta con su sonrisita de sobrado:
—Te lo dije.
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