CUENTOS DE LA LUNA ROTA (18)
Por Eunoia
Enviado el 29/05/2026, clasificado en Amor / Románticos
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CUENTOS DE LA LUNA ROTA (18)
Enrealidadellanoquiereanadie
En realidad, ella no quiere a nadie. Estábamos en la hamaca tumbadas al sol. Acababa de hacerme el amor y yo aún tenía el sabor de sus labios en los míos, la veía pensativa mirando el oleaje bravo con crestas como nubes y el sonido del dios Thor en una lejanía cada vez más procima. Se acercaba una tormenta caribeña. Le acaricié el cabello corto y moreno, las orejas de níquel. Encontraba arcilloso aquel huequecito de su espalda, ya en un final indescifrable, una lomita escasa que había visto de cerca cientos de veces sobre las apetitosas lunas llenas. Le tiré de la oreja y al doblar el semicírculo de tacto plástico ella se volvió con una sonrisa extranjera, galáctica. Quiero que me beses, pedí. Nunca hacía falta pedir más. Ella obediente y felina volteó hacia mí. Los carnosos labios seguían calientes. Primero me besó la nariz. Las aletas de la nariz., los orificios de la nariz, las paredes internas de la nariz, los bordes circulares, y después alcanzó el reborde de lus labios. Sabes que me encandilas, bebé, dijo en un susurro y sus manos buscaron de nuevo el paraíso soñado. Eres inacabable, dije. Hace un rato, seguí ya con el aliento agitado, pensabas en ella. Silencio, continuó explorando. Silencio..., el maldito silencio. Ya volvíamos a ser una. Me sentía completa. RugÍa la tormenta ya cercana. La brisa sabía salobre como los besos y los dedos de ella. Con los ojos entrecerrados y las palpitaciones ebcabritadas insistí: dime, pensabas en ella, verdad. Se hundió en mis simas profundas, la herida llena con ella: verticalidad hermanada con la horizontalidad necesaria. Sus dedos como alas, alas de mariposa en la gruta insaciable. A ola volvió a irrumpir si te la plana arena fecunda, burbujeante, se podía escuchar el zumbido interior de la tierra virginal, el olor suave a mar: mares gemelos. No la quería, dijo mientras volvía al otro lado de la hamaca. Crujió el silencio de la revelación. Acaricié los dedos delgados de los pies y besé las plantas delicadas y casi infantiles. Sus ojos mentían como las nubes en sus formas inventadas. Y a mí, pregunté con el corcel del pecho en la garganta. Tomé la meseta de su cuerpo y dejé reposar un momento -a la espera- mi cara frente al comienzo de la arboleda revuelta donde un diminuto arroyo dibujaba un cerquito cristalino. A ti, te-quiero-un-poquito, me dijo volviendo a divorciar sus rodillas en un irresistible ángulo de fuego.
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