Un sueño, una chica, una esperanza.

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     No es la primera vez que escribo sobre un sueño y en este caso, incluso más que en los anteriores, mis palabras no le hacen justicia. Ningún escrito, menos el mío, pueden transmitir un sentimiento. No obstante, llevado quizás por el egoísmo, me apetece tirar unas líneas que me permitan, como migas de pan, recorrer el camino. Y con el permiso de los pájaros voraces, llegar lo más cerca posible a lo que fue.

 

      Este sueño se sentía real, y al contrario que otros sueños efímeros duró más y no se diluyó a las primeras de cambio. Ojalá conociese la formula para repetirlo, ojalá hubiese quedado filmado en blanco y negro, sin sonido, con mucho grano, como una película muda de principios del siglo veinte. 

 

Pero nada de eso sucedió.

 

      Al menos ese día al ser domingo la alarma no sonó. Y en la cama, al abrigo del calor, apetecía más que nunca abandonarse por completo en los brazos de Morfeo.

 

       La iglesia era oscura, antigua, especial. Las pocas velas que había apenas iluminaban los pasillos dibujando sombras entre los bancos de madera. Los rostros de los pocos que allí se citaban se distinguían solo al acercarse. Una de esas personas, una chica pelirroja con un gran medallón plateado colgando del cuello, llamó mi atención. No recordaba haberme acercado a ella y sin embargo estaba ahí, a su lado, con un nudo en la garganta. En ese momento ella y otros entonaron una canción en latín, no recuerdo las palabras, solo que era latín. Después oí la palabra paz, vi como algunos se daban la mano. Note su mirada, un beso en mi mejilla. La miré y me sonrió.

 

      Poco después salimos a la calle y nos adentramos en un callejón entre paredes, casas blancas y geranios. El suelo empedrado en cuesta, el sol jugando al escondite con unas sombras muy distintas a las de la iglesia. Caminamos ligeros,  en silencio. Yo la miraba y ella miraba alrededor con una sonrisa y yo la imitaba y miraba alrededor, para copiar lo que ella hacía, como si imitándola pudiese formar un vínculo afectivo que trascendiese aquello. Se sentía real, como dije, pero se veía irreal. Entonces noté su mano, cálida y eléctrica cogiendo la mía. 

 

       A estas alturas se preguntaran porque no he descrito a la mujer de mis sueños. Curiosos quizás quieran saber más detalles de su vestimenta, alguna pista que ayude a desvelar su identidad. Yo también. Yo también quisiera tener esa información, pero no la tengo. Podría inventármela y eso queridos lectores les serviría a ustedes. Pero no a mí, no a quien se sabe engañado por sus propias fantasías. ¿Es acaso atractivo moldear la forma de ser del ser amado? No, no lo es, si quiero estar conmigo mismo y compartir mis propias opiniones solo me necesito a mi. Y créanme, a veces, me canso de mi eterna compañía.

 

Sigamos.

 

      La escena cambió por completo. La pelirroja no estaba a mi lado. Oí voces, caminé y al doblar la esquina encontré a mucha gente que protestaba Insultando a alguien, algunos lanzaban tomates, otros huevos. Me acerqué abriéndome hueco y la vi. Era ella subida en una tarima, movía los labios pero yo no oía nada, solo el rugido de los que protestaban. No me acuerdo de los detalles, pero recuerdo que vestía como alguien del pasado, quizás de la Edad Media. No recuerdo los detalles pero me pareció como una de esas mujeres que se enfrentan a una banda de fanáticos, me recordó a una persona acusada de brujería. Instintivamente intenté acercarme a ella, llevármela de allí, protegerla. Pero por más que caminaba no lograba llegar a su lado, por más que gritaba a la gente para que se callasen y dejasen de lanzar cosas, nadie escuchaba. De repente yo ya no era parte del sueño, si no un mero espectador, un testigo de algo pasado y presente contra lo que no podía hacer nada.

 

     Creo que me miró cuando se la llevaron detenida unos hombres de negro. Su rostro lleno de cansancio encontró fuerzas para sonreír. 

 

     Yo no podía seguirla, no podía recordarla, ni si quiera tenía el consuelo de poder ser testigo y propagador de un mensaje que no llegué a escuchar.

 

El sueño siguió creo, pero no recuerdo más.

 

        No sé si era un ángel, una mártir o simplemente alguien que aún creía en la libertad. No sé si el sueño era algún tipo de parábola. Solo lo sé. Y quizás lo que pienso sea solo mi pensamiento y no tenga cabida en este relato. Pero oigan, como les dije, no escribo para ustedes si no para un tipo al que conozco, aunque solo sea porque no me deja solo ni un momento. Escribo para mí y para el futuro yo al que todavía no conozco. Quizás esto no sea más que un mensaje en una botella, una carta metida en un sobre donde se lea “abrir en el futuro”. Para ese yo del futuro va este mensaje “Ella es la esperanza, la libertad, la convicción. Aunque el mundo se vuelva loco y niegue la existencia del sol, aunque haya que nadar contracorriente. No olvides nunca la importancia de la persona, de sus pensamientos, de su libertad.”


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