El calor llegó antes del verano. Parte 1
Primero fueron días largos y pesados. Después, noches de calor en las que nadie podía dormir.
Las ventanas permanecían abiertas, pero no entraba aire. Solo silencio y un olor extraño a tierra seca. En el pueblo todos hablaban de lo mismo. "Nunca había hecho tanto calor en mayo" —decía la panadera.
Las calles estaban vacías al mediodía. Los perros buscaban sombra debajo de los coches y las plantas de las plazas empezaban a marchitarse. Incluso el río parecía más pequeño cada día.
Lucas pasaba las tardes sentado en el porche de su abuelo con un vaso de limonada en las manos. Miraba la carretera bajo el sol y escuchaba el zumbido constante de las chicharras y el olor a polvo fino y seco no le dejaba respirar bien.
Una tarde ocurrió algo raro. La luz se fue en todo el pueblo. Los ventiladores dejaron de funcionar. Las casas quedaron en silencio. Y entonces, por primera vez en días, Lucas escuchó otro sonido.Un golpe seco. Venía del viejo pozo que estaba detrás de la casa.
Lucas se levantó despacio. Su abuelo dormía en el sofá y el aire parecía más caliente cuanto más se acercaba al jardín. El pozo estaba cubierto con una tapa de madera vieja.
Otro golpe....calor....ésta vez más fuerte. Lucas tragó saliva y puso la mano sobre la tapa.
Entonces escuchó una voz desde el fondo.
"¿Hay alguien ahí arriba?”
Su corazón saltó, primero, y se desbocó, después; los semitransparentes y escasos pelillos de sus antebrazos de erizaron; un frío recorrió su columna vertebral; sus piernas flaquearon y temblequearon; sus ojillos negros de abrieron como platos. Tragó saliva de nuevo, dificultosamente. Recordaba las historias que su tía Nicolasa había contado innumerables veces; aquellas historias terribles sobre crímenes atroces, venganzas entre familias rivales, hachas y sangre… Y luego los cadáveres lanzados al pozo.
"¿Hay alguien ahí arriba?” —la voz sonó más fuerte, más aguda, urgente…
Trató de ver algo por las pequeñas rendijas cuarteadas de la carcomida cubierta de madera reseca y blanquecina por el sol de los años, el paso de las estaciones.
"Déjame salir, so bobo”. Lucas se sobresaltó, pero perdió la parálisis del horror que le había dominado. Abrió sus brazos en arco y retiró la tapa. Una banda de sol penetró por el brocal inundando el círculo de piedra del viejo pozo. Empujó del todo la tapa y la dejó caer a un lado. Al principio no vio nada más que el anillo oscuro y negro en la profundidad: apenas había agua en el fondo fosco, ahora cruzado por la luz del cielo y su reflejo pequeño como una foto minúscula.
De repente, una rana moteada saltó de aquella nada y se colocó sobre el círculo de piedra grisácea. La naricilla húmeda aspiraba el oxígeno; las ancas estaban recogidas, las amplias membranas abiertas como un abanico verde semitransparente, y los ojillos con un sesgo de aburrimiento se clavaron en Lucas.
“Gracias, amigo", dijo con su ancha boca de herradura: Estaba muy aburrida allá abajo.
Lucas, sorprendido, se rascó la cabeza.
“Ya veo… Te preguntas qué hago aquí, aunque la pregunta correcta es: ¿cómo llegué aquí?" La ranita dio un pequeño paso y se volvió a mirar por ambos lados. Después sus ojillos refulgieron y se centraron en los rasgos de la cara de Lucas. “Pareces buena persona. ¿Cómo te llamas?. Giró la cabeza unos pocos grados y se corrigió: “No, disculpa, soy una maleducada… Sonia, me llamo Sonia; y no me importa como te llamen los demás: te llamaré Alex”.
Lucas no salía de su asombro. Permanecía silencioso observando al anfibio.
"Ya conoces el resto… me han encantado y convertido en este anuro. Pero no ha sido ningún conjuro de ningún humano”, su cabecita negó con firmeza de lado a lado varias veces. “Fui yo misma".
Lucas empezó a acostumbrarse a esta insólita situación: una rana que habla; una rana encantada…
“Fue leyendo un estúpido libro…, un libraco, más bien. A veces los libros no son buenos: hay que saber distinguir, Alex”. Se llevó una pata anterior al lado derecho de la frente.
“¿Y —al fin Lucas pudo articular palabras—, cómo acabaste en el pozo?” "De la misma manera: cuando leí aquel título idiota: El secreto de las esferas, por Claudio Dialotemo. Con la “o" caí por un tubo largo y oscuro…¡era el pozo! ¿Tú crees que hay derecho…? ¡Me podría haber matado…! Te prometo que nunca más voy a leer un libro.”
Lucas se quedó pensativo: él pensaba lo mismo. Aquellos libros llenos de respuestas a preguntas que ellos mismos hacían… ¡Eso era trampa! Además, casi nunca servían para nada: la fuerza de la gravedad...¿Para qué servía ponerle un nombre a las cosas que todo el mundo sabía? Braulio, el ceramista, sabía qué era la gravedad y su fuerza cuando se le caía una vasija y se estrellaba contra el suelo haciéndose añicos… ¡No necesitaba ponerle nombre!; «átomos», decía lrene Manjón, la maestra de tercer grado: ¡átomos, menuda palabreja!, como los libros de una colección o una enciclopedia «átomos», pero con una «a» delante: iqué gana de complicarse la vida!¿No era suficiente con ponerlos uno detrás de otro..., no bastaba con hacerles las tapas de diferentes colores, o, colocarlos por distintos tamaños? La profesora Manjón decía que todo se componía de partes diminutas y cada una de otra mas y más pequeñas; y que a lo largo del tiempo cada vez han ido apareciendo otras más pequeñas… ique, además, eran invisibles! ¿A quién le interesa saber algo sobre cosas que no se ven?
"Oye, Alex, que estás pensando tan serio? Ayúdame a volver a ser yo, ¿quieres?"
Lucas bizqueó.¿Qué podía él hacer?
"¿Y qué puedo hacer yo....?
"Oh..., ya lo sabes, ¿acaso no has leído los cuentos europeos?"
(«¡Puajjj!», pensó Lucas: nunca haré eso.)
"Vamos, no tenemos tiempo que perder! Cierra los ojos si quieres; pero, hazlo. Te prometo que yo también los cerraré."
Lucas recorrió el cuerpo de Sonia, brillante y viscoso. ¿Qué podía hacer..., cómo negarse a ayudarla? Una vez más tragó saliva trabajosamente.
"¿Y luego...?", preguntó, tratando de encontrar un argumento sólido para negarse.
"Luego..., ya veremos. No lo sé, pero sabes qué: da lo mismo. Ya estaba harta de mi vida como persona, pero puedo ser otra persona, ir a otro sitio, hacer otras cosas. Cuando vuelva a ser yo, quiero ser otra «yo»."
(«También yo quiero ser otro yo», pensó Lucas, «podría empezar por ser Alex.»)
"Si lo hago…, quiero decir, Sonia, si te desencanto con un beso, ¿qué pasaría conmigo? Tú te irías…
Sonia se quedó algo perpleja.
"¿Quieres venir conmigo? ¿Sabes lo que dices?»
Continuará..........
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