El calor llegó antes del verano . Parte 2

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Lucas miró el cuerpo brillante de Sonia.

“Por supuesto: yo también quiero ser otro «yo», ir a otro lugar, dejar de repetir lo que me dicen los adultos que he de decir. En realidad, no me gusta lo que ellos hacen: dicen una cosa, pero hacen otra. El abuelo, no —admitió pensativo—; pero él ya no es como ellos: no lo necesita, ya es mayor y cuenta cada día por horas y por minutos, no por fechas en el calendario." 

Sonia escuchaba atentamente.

“¿Y qué le dirías a tu abuelo, y ellos a tus padres?”

"¡Bah, mis padres siempre están viajando! Sólo piensan en ganar dinero…¡ganar dinero, dicen; pero, en realidad no ganan nada: sólo pierden, pierden tiempo. «átomos», como diría la profesora Manjón, de su vida. Y el abuelito lo entenderá, le dejaré una nota. Él siempre dice que la vida se va muy, pero que muy rápido; que él lo sabe bien, porque la suya ya es muy corta, y cuando era larga se le escapó como las nubes se mueven por el cielo. «Busca la felicidad. Lucas», me dice.

”Por lo que veo, ya no eres Lucas: ya eres Alex: ¡perfecto! Pero, date prisa; noto mi piel reseca y me empieza a picar. ¿Estás dispuesto? ¡Bésame, pues!

Lucas tomó delicadamente en las palmas de su mano a Sonia. Ella cerró los ojitos y él, justo cuando besaba los labiecitos de bordes suaves de ella, entornó los ojos y pidió un deseo: («Que nunca se separé de mí»).

La barca parecía parte del paisaje. Con placidez, sus remos se movían ligeramente sobre las ondas curvilíneas del agua del río. El cabello negro azabache y ensortijado destacaba sobre el verde de las irregulares hierbas del ribazo, junto a ella los ojos interrogativos de él obtuvieron respuesta inmediata:

“Yo sí sé remar". Sonia desamarró la barquita, subió de un salto y tendió su mano a Alex. No le había escrito al abuelo en qué dirección irían cuando dejó la nota sobre la mesa de la cocina. Al subir el primer pie su cuerpo se balanceó inestable. Sonia se echó a reír: "A partir de ahora, todo es aventura”, le dijo tirando de él hasta que Alex recuperó la verticalidad sobre la cubierta de madera.

Sentado sobre el estrecho banco admiró la soltura y facilidad con que Sonia movía los remos. Con un chapoteo un pececillo se elevó y volvió a desaparecer sobre el lecho remansado del río. Un golpe de remo hizo que unas gotas frescas de agua salpicaran el rostro feliz de Alex. En su estómago cien estrellas emitían alegres chispitas. Suspiró largamente y dejó que su cabeza reposará sobre el cuello de Sonia mientras dejaba que el sueño se apoderara de él dulcemente.


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