CREEP parte doce

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El lunes despertó con el ajetreo matutino del principio de semana, Gabriel, con pasos pesados y el corazón somnoliento, sintiendo un pequeño dolor, como si tuviera una herida, pasó por el dormitorio de Kaira, ella, vestida solo con la blusa, calzones blancos y calcetas color ciruela, se cambiaba rápidamente. En la radio reloj empezó a sonar los acordes magistrales de la guitarra de "Un amor violento" de Los Tres. Kaira comenzó a mover la cintura con los ojos cerrados y a tararear la letra. Gabriel quien la espiaba del dintel de la puerta esperaba una señal, que abriera los ojos avellanas lo mirará y le regalara una sonrisa pero nunca llegó solo el aroma a brandy frutal que se sentía qué ya no era para él, así que camino como un peregrino hacia el baño.

Pasaron los días y para Gabriel era un suplicio pensar que Kaira se encontraría con el chico del restaurante. Se la imaginaba con él a la salida del colegio, en la casa de ellos o, peor aún, en la casa de él, si él fue capaz de tocarle el trasero en un lugar público, sabía que en el primer encuentro a solas iría directo al grano.

 

El miércoles salió temprano y corrió para encontrarla a la salida del colegio, pero el sonido de una bocina y su nombre, ¡Gabriel!, lo hicieron voltear, era Rodolfo. Gabriel subió al asiento del copiloto y se marcharon.

—Qué bueno que te encontré, necesito conversar contigo —dijo el padre de Kaira.

Se sentaron a la mesa de una fuente de soda y junto a un par de bebidas, la conversación se transformó en una reunión entre un padre y un hijo.

Rodolfo notaba la relación entre Kaira y Gabriel y se sentía satisfecho para él, ese afecto era un punto clave para progresar en su propia relación con Gloria.

—Mira, yo estoy muy contento cómo tratas a mi hija, eres el hermano mayor que sé que cuidará mucho a Kaira —dijo Rodolfo con sinceridad.

Esas palabras cayeron pesadas, pero Gabriel intentó usar la instancia para desviar el tema y hablar sobre el chico del restaurante.

Gabriel estába entre la espada y la pared: si pregunta de manera muy evidente, puede levantar sospechas en Rodolfo; si es muy sutil, quizás no obtenga la información que lo está carcomiendo, también  sentía un poco de miedo, sabía que el chico del restaurante le había pasado su número de teléfono el domingo y que incluso le había tocado el trasero, le preocupaba que Rodolfo reaccionara mal y le reclamara: ¿Por qué no me lo dijiste antes?. Así que, midiendo sus palabras, le dijo:

—Se está viendo con un chico que conoció en el restaurante... y créeme que él intentará aprovecharse de ella—

Al escuchar eso, lejos de enojarse, Rodolfo se alegró. Le golpeó la mano cariñosamente, como diciendo: "Realmente eres un buen hermano" fue en ese momento cuando el tono de Rodolfo cambió, se puso más serio y comenzó a contarle a Gabriel la historia de Kaira.

—Gabriel, esto tu madre lo sabe, pero tú no —comenzó Rodolfo—. Cuando yo estaba en el último año de la carrera de Construcción Civil, conocí a Carolina. Era rubia, de ojos color avellanas, igual que Kaira, nos amamos y soñamos con casarnos y formar una familia, ella también estudiaba Construcción, cuando egresé, ella quedó embarazada, y al titularme soñamos con un futuro juntos,vivíamos con mis padres, pero un día, cuando volví a casa, recibí la mala noticia: Carolina se había marchado, me dejó solo con Kaira.

Rodolfo suspiró, mirando el vaso sobre la mesa.

—Se quedó al cuidado de mis padres, pero ellos también trabajaban todo el día. Kaira pasaba mucho tiempo sola y eso le afectó, pero también la ayudó a ser independiente, aunque tú no lo creas. Gabriel, a veces ella es loca, alegre y dinámica; lo hace un poco para llamar la atención y para no quedarse sola, para no probar de nuevo la soledad, pero aprendió a ser inteligente y práctica, créeme que ningún hombre le va a faltar el respeto; ningún hombre va a ser más que ella, es ella la que se va a aprovechar de los hombres—

 

Gabriel quedó impactado, pero no culpaba a Kaira  a él le había gustado desde el primer día en que se conocieron, sin embargo, su silencio no era tanto por cuidar la relación soñada de su madre, sino por el miedo atroz a que ella lo rechazara por ser feo; por eso había decidido ocultar sus sentimientos.

Amaba a Kaira con todo su corazón, pero sabía que si la familia se quebraba por su culpa, ella regresaría a ese encierro, a esa soledad de no tener una madre, prefería callar antes que arrebatarle el refugio que tanto le había costado tener.

La conversación en la fuente de soda termina y ahora Gabriel tiene una perspectiva completamente diferente de la chica que ve todas las mañanas vestirse a la rápida y bailar frente a la radio reloj.

Gabriel la miraba ahora de una forma diferente, aquel miércoles por la tarde se acercó a la cocina. Kaira, vestida con polera calipso, pantalon negro de patas anchas pero ajustado a la cintura se estaba preparando una palta para tomar once y, sin mirarlo, le dijo:

—Me estoy preparando palta, ¿quieres?

Gabriel, que estaba apoyado en el dintel de la puerta de la cocina, la miró fijamente.

—No, gracias—

Kaira se dispuso a ir hacia el comedor, pero Gabriel la detuvo con un gran abrazo, al sentirlo, Kaira aflojó el cuerpo y apretó sus brazos alrededor del cuello de Gabriel,él le dio un beso en la cabeza y le acarició la melena, por unos segundos, el tiempo se congeló y el aire de la cocina se mezcló con el calor de sus cuerpos, pasado los segundos Kaira se despega de Gabriel y sale caminando rápido de la cocina, ella se sienta en el comedor con los codos en la mesa y las manos afirmando la cabeza, Gabriel se acerca y pone el té, el plato con la palta y pan qué el tostó al frente de ella, kaira sonrió — come no es bueno que pases la noche con hambre— dicho esto Gabriel salió de la casa.

 

Al volver Gabriel subió a su dormitorio, pero se llevó una sorpresa: Kaira estaba allí, sentada al lado de la ventana con la luz apagada, la luz del jardín y la luna alumbraban parte de su rostro y de su cuerpo, en la pequeña radio que él usaba para dibujar mientras escuchaba música, empezaron a sonar los acordes de "Creep".

Gabriel se acercó a ella y Kaira lo miró fijamente.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Kaira no respondió y volvió a mirar por la ventana. Gabriel se sentó al frente de ella.

—¿Ese hueón del restaurante te hizo algo malo?

Kaira sonrió apenas, de lado.

—Ese hueón ni siquiera sabe de mí—

—¿Pero no te ha llamado?

—El número que le di era falso.

—¿Pero la llamada del domingo? insistió Gabriel, confundido.

—Eran mis compañeras, teníamos que juntarnos para comenzar un trabajo—

—Entonces... ¿qué te pasa?

Al escuchar la pregunta, los ojos de Kaira se llenaron de lágrimas.

 


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