TAULER D ESCACS

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TAULER D’ ESCACS


1. (Amaranta)



Desde el cielo, Barcelona se desplegaba como un tablero de ajedrez perfecto.

Las manzanas del Eixample formaban casillas exactas, repetidas con una paciencia matemática, donde las calles eran líneas negras y los cruces, pequeñas decisiones suspendidas entre edificios.

Desde aquella altura, la ciudad parecía un juego eterno, una partida detenida justo antes del siguiente movimiento.

El mar cerraba el borde del tablero con un azul que no obedecía a ninguna regla, como si alguien hubiera permitido una pieza imposible en mitad de la estrategia.

Me quedé mirando la panorámica con una sonrisa, intentando guardar cada detalle como quien aprieta fuerte un recuerdo para que no se escape.

Y entonces lo vi a él, un poco más abajo, apoyado en la barandilla de un punto del tablero, con esa forma suya de estar en el mundo como si siempre hubiera llegado un minuto antes de lo importante, tranquilo, sonriente con su bolso bandolera mirando al infinito.

Barcelona seguía extendiéndose inmensa detrás de su silueta: las calles como venas, los coches como pensamientos fugaces, el mar como una promesa insistente.

Y entonces pensé y claramente entendí, que la mejor vista de una ciudad no es la que tienes delante, sino la que compartes con alguien especial, con el que puedes jugar la partida perfecta en el tren de la vida.




2. (Roberto)


Miré hacia arriba en el momento exacto en que sus ojos absolutamente únicos, penetrantes, inquisidores aunque tímidos me descubrieron: una vez más se había presentado cuando más la necesitaba. Me pregunté porqué magia intrínseca a su ser reconocía todos mis momentos de angustia y de necesidad.

Las cuadrículas que diseñó Cerdá, de repente, tenían otro sentido, el de un hilo indescifrable de destinos compartidos: un conjunto de absoluta sincronía de negros y blancos alternativos en cuyos ángulos florecían las palabras y los sentimientos.

Bajo su mirada me sentía protegido, mimado, acariciado por sus pensamientos. «¿Por qué este privilegio?», me pregunté una vez más; otra vez más. El estremecimiento de la felicidad  íntima, la de los momentos más entrañables, se apoderó de mí y me dejé trasladar por el vehículo perfecto de los sueños.

Y lo consiguió de nuevo. El plácido mar vio ondular los cuerpos niquelados de las sirenas sonrientes, emergiendo cantarinas entre las espumas ansiosas de la arena cálida que abría sus brazos para recibirlas.

Es que la vida era eso que deseábamos: llegar a la hora exacta en que quien nos ama esté allí, aunque se encuentre en otro lugar: la extensión serena, anchurosa, que impresiona al espíritu, sacude el pensamiento y se siente como una brasa en el pecho.

Así fue. Cerré los ojos y cuando los abrí de nuevo allí estaba ella, la dama que desde las almenas que la protegen, con la rotunda introspección de sus pensamientos, extiende su fantástica figura perfilada por el magnetismo y el arco iris de su aura.

Cerré los ojos otra vez y sentí el regalo de las emociones con las que su pluma, como tantas veces, se pasea por cualquier punto del tablero cuadriculado de un juego que siempre gana.


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