5 chicos negros contra mi V

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—¿Seguro quieres que sea la puta de todos? Porque podría ser solo tuya...

A lo que él respondió metiéndome los dedos completamente hasta el fondo de mi útero, diciéndome:

—Obvio eres solo puta, pero al ser mía, decido que te culiemos todos y seas la puta, la perra blanca mía y de mis amigos, y de quien yo decida. Cuando te vi les dije a los muchachos: «Les prometo que esa perra que está sentada en esa mesa va a ser nuestra puta este fin de semana». Ellos se rieron y no me creyeron, así que les aposté un millón de pesos a que tú ibas a ser nuestra perra, nuestra caneca de semen este fin de semana. Así que, puta, levántate, quítate el brasier y sal con esa camisa transparente para que todos sepan que te vamos a coger como puta todo el fin de semana. Y disfrútalo, que a distancia se veía que necesitabas verga.

Sacó sus dedos de mi vagina, me pegó una cachetada con su verga, me quitó el brasier y, antes de salir, me dijo:

—No te demores, puta, que tienes cinco vergas por satisfacer.

Cerró la puerta y salió.

Al salir el chico, yo me levanté, me miré al espejo, retoqué mi maquillaje, me acomodé la falda y me dije: «Definitivamente, Margarita, aún puedes cogerte a quien tú quieras. Así él te haya escogido, tú misma fuiste quien decidió ser la puta de estos negros. Si quiero, salgo, los beso, me despido y me voy a coger con quien yo elija». Sonreí y salí del baño.

Caminé hasta la mesa, orgullosa de mis tetas y siendo observada por cada hombre que estaba en el bar. Me senté en la mesa, tomé mi cerveza, me la tomé de un sorbo, los miré y les dije:

—Muchachos, definitivamente tienen las vergas más hermosas y grandes que he visto en mi vida, y quiero que entiendan algo muy importante: yo soy quien decide ser su puta, no ustedes.

Miré al último chico que había entrado y luego a los demás, y sin pensarlo dos veces les dije:

—Este caballero les debe un millón. Yo me voy a abrirle las piernas a otros. Adiós.

Me levanté de la mesa, tomé mi bolso y mi chaqueta, me dirigí a la otra mesa donde había tres hombres solos y les dije:

—¿Me invitan una cerveza?

A lo que ellos respondieron, sin dudar, que sí.

Sin pensar que este acto sería cobrado unas horas después en Santa Elena.


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