El del fondo Parte 1
Por Pecado de Seda
Enviado el 17/06/2026, clasificado en Adultos / eróticos
72 visitas

Como cada domingo, acudo a la discoteca desde que me separé. Estar allí me relaja, me ayuda a no pensar en mis problemas y a pasar un rato a gusto y feliz. Bailar es como una liberación. Me pongo cerca de la pista sin pisarla; nunca me ha gustado llamar la atención, prefiero pasar desapercibido.
La música retumbaba, mezclada con el calor de los cuerpos moviéndose al mismo ritmo.
Rosa me agarró del brazo y se inclinó hacia mí.
—Míralo, el del fondo.
Ajeno a todo lo que me rodeaba, movía el cuerpo poseído por el ritmo de la música.
Lo vi enseguida: alto, camisa oscura entreabierta, moviéndose al compás de la música.
Bailaba completamente ajeno a nosotras.
—Os veo y os sonrío.
Llevábamos toda la noche sudando bajo las luces de colores, el vestido pegado a la piel, y de repente el calor era de otro tipo.
Él levantó la vista y nos miró.
Anna, pegada detrás de mí, seguía el ritmo de la música sin dejar de mirarlo.
—Me quedo mirándolas discretamente mientras sigo bailando.
—A ver si se atreve a venir —te digo al oído.
De repente, una de ellas me mira desafiante y me hace desviar la mirada.
Dejé el vaso encima de uno de los altavoces, sin apartar la mirada.
Noto cómo aquel momento perturba mi tranquilidad y me pone nervioso.
Río suavemente. Lo estaba poniendo nervioso.
Decidí que ya era suficiente. Me fui acercando hacia él.
Hasta el día de hoy, ninguna mujer se había fijado en mí, y si lo había hecho, yo no me había percatado. Mis tardes eran bailar y volver a casa decepcionado.
—¿Adónde vas? —la cogí del brazo—. Déjalo, seguro que no le gustan las mujeres; si no, ya se hubiera acercado a nosotras.
Me acerqué un poco más hasta quedar a su lado.
La veo acercarse y el nerviosismo crece, pues no sé qué decir. Opto por sonreír.
Nuestras miradas se cruzaron. De cerca estaba mucho mejor.
Volví a coger mi vaso y bebí un trago.
Me ruboricé al ver cómo me miraba. Supuse que no se notaría gracias a las luces destellantes que nos inundaban.
—Llevas un rato haciéndote el interesante —respondí.
No entendí del todo lo que me dijo.
—¿Perdona?
—Que te estás haciendo el interesante —volví a decir.
El sonido de la música era tan fuerte que no logré escucharla.
—¿Nos conocemos?
—No, ¿deberíamos?
—No sé...
Él habló con Anna y luego me miró a mí.
—Bailas muy bien —dije sonriendo.
Sonreí a su sonrisa.
—Perdona, estoy algo sordo y no escucho bien.
—Si quieres podemos descansar un poco y tomar una copa junto a mi amiga —la señaló con el dedo—. Es aquella.
La miré y le sonreí.
—¿Venís mucho por aquí? Nunca os había visto.
—No habremos coincidido. Vengo todos los fines de semana.
—Yo suelo venir a veces.
—Te gusta bailar, ¿eh? No has parado desde hace un buen rato. Yo estoy agotada.
Observo cómo conversan.
Dejó de bailar.
—Es que es lo único que se hace aquí, bailar.
—También tomar una copa con bellezones como vosotras. ¿No serás gay?
Me ruboricé.
—No...
—¿Cómo es que no te fijas en las chicas?
—Vamos a sentarnos un rato.
Salimos de la pista hasta donde estaba mi amiga.
—Te presento a Rosa. ¿Tu nombre es...?
—Fran.
—Encantada, soy Anna —nos dirigimos hasta unos sillones y nos sentamos. Un camarero se acerca—. ¿Van a tomar algo?
—Me excusáis un momento, tengo que ir al aseo. Vuelvo enseguida.
—Para mí un gin-tonic, para los demás no sé.
—Un cubalibre —dice Rosa.
—Este tío es muy raro —miró el reloj—. Ya son pasadas las doce y mañana madrugo. Será mejor que nos vayamos.
—Pienso lo mismo, nos bebemos la última copa y nos marchamos.
El camarero trajo las bebidas.
Volvió con ellas.
—Perdonad.
—Como no sabía qué te gusta beber no te he pedido nada, puedes beber de lo mío si quieres.
—No te preocupes, ahora pediré yo.
—Nosotras nos tomamos esta última copa y nos marchamos, madrugamos mañana.
—¿Ya os vais?
—Son pasadas las doce —dice Rosa.
—¿Trabajamos... tú no?
—Estoy de vacaciones.
—¡Qué suerte! —dice Anna.
—Pero comprendo que tengáis que trabajar.
—Sí.
—¿Vivís cerca?
—Podemos quedar otro día, ¿qué te parece?
—Si queréis os puedo acercar.
—¿A casa? —dice Anna.
—Sí, en la avenida Matadepera número 50.
Miró a su amiga por el retrovisor.
—Un edificio acristalado muy moderno.
—Sí, sé dónde está. ¿Tú también vives ahí?
—Sí, vivimos juntas, así compartimos gastos.
—¿Tú vives solo?
—Eso está bien —sonrió—. ¿También trabajáis juntas?
—También —sonrió.
—¡Qué casualidad!
—Solo nos faltaría compartir el novio.
—Ya sería el colmo de las coincidencias.
—Pues sí —dice Rosa.
—Yo los novios no los comparto, son solo míos —dice Anna sonriendo.
—Creo que ya hemos llegado.
—Sí, es aquí, muchas gracias por acercarnos —te digo.
—De nada. ¿En estos casos no se suele invitar a un café?
—Sería mejor una última copa, pero como dice Rosa es muy tarde.
—Me iré enseguida y podréis dormir.
Abrió la puerta del coche y salió. Rosa salió detrás.
—Sería una lástima perder esta coincidencia también.
—Sí, pero las cosas no son siempre como uno quiere —dice Rosa.
—Por eso hay que forzarlas.
—No admites un no por respuesta.
—No, aunque os comprendo.
—Pues no estoy para tonterías, te lo digo muy en serio.
—No insistas. Cuando se pone así es insoportable.
—Perdonad si os he molestado —dijo serio.
—Un poco. La gente que insiste tanto no me gusta —dice Rosa.
Anna, para suavizar un poco, dijo:
—Podemos quedar el próximo fin de semana.
—Sí...
—Será lo mejor, ya estaremos más relajadas.
—Sí, no se hable más —dijo Rosa dando un portazo.
Nos fuimos caminando hasta el portal.
Las vio desde el coche.
Nos despedimos con la mano, abrimos la puerta y entramos.
Comentarios
COMENTAR









¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales