ENSUEÑO

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                          ENSUEÑO 


Me he internado en la escena como en un ensueño. La franja estrecha del cielo, de un azul hiriente y luminoso, sin tan siquiera un lechoso fragmento de nubes, se ha dado la vuelta («¿cómo lo ha hecho?») y ha arrastrado consigo a los arbustos de matices verdes de todos los tonos, desde el luminoso verde que transita al amarillo (la inevitable mudanza hacia el ocaso —«tiene también la decadencia un entrañable afecto para el pensamiento emocional»—) hasta el intenso fantasma oscuro de un verde cercano a la hosca boca de una caverna donde se refugian los espectros de las pesadillas, a la espera de asaltar la plácida, inesperada, mente adormilada.
Se ha puesto en movimiento y puedo captar el rumorcillo vocal del agua lenta («¿es, acaso un arroyo virginal que cuestiona la idealización de las montañas y convierte el ancho caudal naciente en el principio de un mar embravecido que asegura el viaje interminable de nuestra alma?»): las ondas... Medios arcos móviles, pasajeros de una tensión molecular, o peregrinas que obtienen el placer al ser absorbidas por el mágico movimiento de los azares. De repente están..., y no están; las poseo y soy poseído por los semicírculos reflejos de un misterioso universo que nuestros sentidos no captan.
«Esos arcos son tus senos.» «Repítelo, repítelo para que pueda trasladarme allí, a tu lado.»
Si cierro los ojos te veo tendida a mi lado y tus cabellos son un campo arado, y tus ojos cárdenas cerezas que siento respirar, tus hombros desnudos desprenden el calor de los deseos contenidos..., apenas un instante. Buceo en el espacio infinito de tus labios y tu voz susurra: ¡ah, es el canto escalonado del paso entre cántaros del agua lenta y brillante!
Me despierto y te pido —desesperado, huérfano, cándido (tal vez)— hazte un ser alado, transfórmate otra vez en luciérnaga perpetua, surge ante mis ojos como un tritón de perlas y me bastará con el regalo de tu sonrisa. Y en ese instante, cuando tu sonrisa lo inunde todo, sentir que el universo entero se detiene. 
Me da un poco de miedo la fuerza de este deseo, la timidez de saberme tan vulnerable ante ti, pero no puedo evitar querer perderme en tu piel.
Solo quédate cerca, déjame respirarte despacio y descubrir, sin prisa, el latido de tu alma.

 


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