
Me desperté temprano con un presentimiento. Me preparé un café con leche y unas tostadas. Miraba el móvil, las noticias, cuando sonó el timbre de la puerta. Me extrañó, porque no esperaba a nadie —y a esas horas menos todavía—. Me levanté y puse un ojo en la mirilla. Cuando lo vi, no me lo podía creer.
Abrí la puerta; los dos nos quedamos parados, pero soy impulsiva y me lancé a él.
Con una sonrisa le dije: —¿Qué haces aquí?
—Te lo dije que algún día te daría una sorpresa. Pasa, no te quedes ahí fuera.
Estaba desayunando cuando entró. Cerré la puerta.
Entramos en la cocina.
—¿Qué te preparo?
—¿Lo mismo que tú?
Le preparé el café y las tostadas. Me dijo que había madrugado para llegar temprano.
Me cogió la mano. "Tenía tantas ganas -de que el tiempo se detuviera ahí mismo "
Sonreí.
—Entonces estarás cansado y muerto de sueño, con lo dormilón que eres.
—Estando contigo no tengo sueño.
Bebí un sorbo de café y cogí una tostada de mermelada. Le di un mordisco; él no dejaba de mirarme.
—Aún no me lo creo —dijo Martín —, que esté aquí contigo.
Cuando terminamos de desayunar, salimos al balcón
.
—Es precioso esto. Me adaptaría rápido a vivir aquí contigo.
Me dio una palmada en el culo.
—¿Qué haces? —dije riendo.
Se acercó a mi oído.
—¿Sabes? Me gustaría darme una ducha y después hacerte el amor. ¿Qué me dices?
Estiré mis brazos hacia su cuello y lo besé.
—Me muero de ganas.
Entramos dentro. Le preparé una toalla de baño.
—Esa puerta es…
Martín se dio una ducha rápida. Cuando salió con el pelo mojado y la toalla enrollada alrededor de la cintura, una sonrisa se me escapó de los labios.
«¿De dónde ha salido este tío tan bueno?».
Me cogió en brazos y me llevó al dormitorio. Solo llevaba una camiseta y las braguitas; me tumbó en la cama suavemente.
Se inclinó y sus labios rozaron los míos en un beso silencioso. Su mano me agarró por la cintura, acercándome más a él.
Sus manos grandes me subieron la camiseta con lentitud. Su lengua recorrió mis pechos, saboreando mis pezones con pequeños mordiscos. Fue bajando por mis muslos hasta mi clítoris, ya hinchado por la excitación, acariciándolo en círculos lentos.
Del movimiento se le abrió la toalla; su pene estaba erecto. Abrí las piernas: deseaba que me la metiera, sentirla dentro. Me dejé llevar; empujó y aceleró con ganas.
Ahogué un gemido mordiéndome el labio inferior con fuerza, cerrando los ojos mientras él continuaba penetrándome con movimientos cada vez más profundos. Me sujetaba como podía.
Sentí su aliento cálido contra mi cuello, y con él, su excitación.
—¿Te gusta? —susurró, con una voz grave que me estremeció.
No pude hablar. Solo asentí entre jadeos. Retiró su pene un momento, con calma, y volvió a penetrarme con fuerza.
—Quiero oírlo de tus labios…
—Sí… Me gusta, me estás volviendo loca… —gemí.
Ya no podía más. El orgasmo llegaba incontrolable y simplemente me dejé llevar. Mis ojos seguían fijos en Martín.
—Me corro —gimió al oído. Bastaron segundos; se corrió con fuerza.
Mi cuerpo entero se estremeció.
—¿Ves? Por eso me vuelves loca —dijo con una sonrisa.
—Ah, ¿sí? —jadeé.
Me quede allí, con los ojos cerrados, sintiendo el peso de su cuerpo sobre el mío, su respiración agitaba contra mi cuello. Su piel estaba caliente, ligeramente sudada. Pase los dedos por su espalda, trazando líneas lentas mientras los latidos de mi corazón regresaban poco a poco a la normalidad. Si
Martín levanto la cabeza y me miro. Tenía los ojos brillantes, una sonrisa de esas que se te quedan después de un orgasmo bueno, medio tonta, medio satisfecha.
-¿Sabes qué? - dijo apoyándose en un codo para verme mejor.
-¿Que?
-Que llevo meses imaginando esto. Pero la realidad le gana a la fantasía.
Me reí, sintiendo el calor en las mejillas.
-No me digas que has estado fantaseando conmigo.
Todo el tiempo-confeso sin pudor. En la cama cuando me mandabas audios antes de dormir.
Vaya, vaya-dije pasando una mano por su pelo aun húmedo. -El señor tenía ganas.
-Y tú también, no te hagas -se inclinó y me besó, un beso lento, tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando se separó, rodó hacia un lado y se tumbó boca arriba, estirando un brazo para que me acurrucara contra él. Apoyé la cabeza en su pecho, escuchando su corazón. Su mano empezó acariciarme el hombro, luego el brazo con una suavidad que contrastaba con la intensidad de hacía unos minutos.
-¿Qué hora es? -pregunto.
Mire el despertador de la mesilla.
-Las nueve y media.
He dormido tres horas.
Te dije que estabas muerto de sueño.
Pero mereció la pena.
Sonreí. Llevábamos tan solo unas horas juntos en persona y ya sentía que lo conocía de toda la vida.
Así había sido desde la primera noche que conectamos en esa aplicación de chat, hablando hasta las tantas sin querer marcharnos.
-Oye -dije levantando la cabeza para mirarlo, -¿Cuantos días te quedas?
Martin había algo en sus ojos, un brillo distinto. -Eso iba a ser sorpresa. Me quedo hasta el lunes.
Abrí los ojos de par en par.
-¿En serio? ¿Tres días?
-Si.
Me incorpore de golpe, sentándome en la cama. La sabana resbaló y me dejó al descubierto, pero no me importó.
-y ¿Dónde vas a dormir? ¿Has reservado algo?
Martín se rio, apoyándose también.
-Pensaba que igual ... aquí. Si te parece bien claro.
Le di un golpe en el brazo.
Me agarro de la muñeca y empujo de mi hacia él. Casi sobre su pecho, y me rodeo con los brazos.
Me quede callada un momento, sintiendo sus brazos alrededor de mí. Era real. Estaba aquí. Olía a mi gel de ducha, a su colonia mezclada con mi jabón, a nosotros.
-Te voy a llevar a que conozcas mi ciudad.
-Me parece perfecto.
- Y vas a tener que follarme, otra vez antes de comer.
Martín soltó una carcajada, una risa sincera que le salió del pecho.
-Eso no me lo tienes que pedir dos veces.
Me besó y yo cerré los ojos, dejándome llevar por la calidez de su cuerpo. Por la certeza de que aquello, por fin estaba pasando.
P.D. Nuestro gozo en un pozo.
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