Tentación bajo el sol
Por Pecado de Seda
Enviado el 26/06/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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La noche había caído por completo cuando salimos del agua, los cuerpos chorreando, la piel erizada por el contraste entre el frescor de la piscina y el aire cálido del verano. Mateo me tomó de la mano sin preguntar, sin dudar, y me guió escaleras arriba hacia mi dormitorio. La cama—sábanas de hilo blanco—nos esperaba, y la luz de la luna entraba por el ventanal abierto, la habitación en una penumbra plateada.
No encendí la luz. No hizo falta.
Mateo me giró contra la puerta nada más cerrarla. Su boca encontró la mía por fin, después de tanto rodeo, y el beso fue profundo, hambriento, como si llevara años esperándolo. Sus manos recorrieron mi cuerpo mojado, deslizándose sobre la seda del bikini, apretando, reclamando. Le devolví el beso con la misma intensidad, enredando mis dedos en su pelo todavía húmedo, tirando de él para acercarlo más.
—Te he deseado tanto —murmuró contra mi cuello, mientras sus labios recorrían mi garganta, mordisqueando la piel salada—. Joder, Anna...
—Deja de hablar —respondí, y mis manos fueron directas a su bañador.
Se lo bajé con un tirón seco, liberando su erección. No perdí tiempo: me arrodillé frente a él sin pensarlo, sin dejar espacio para la timidez, y tomé su polla en mi boca entera, desde la primera embestida. Él lanzó un gemido ronco, y su mano se enredó en mi pelo, guiándome sin forzar. Lo chupé con hambre, con ganas acumuladas, dejando que mi lengua jugara con el glande mientras mi mano recorría el resto. Sus jadeos llenaban la habitación, entrecortados, cada vez más agudos.
—Así— jadeó—. Anna, así...
Su cadera empezó a moverse, acompañando mi ritmo. Me dejé hacer, sentí cómo se tensaba, cómo se acercaba al límite. Pero no quería que terminara aún. Me aparté con una sonrisa lenta, limpiándome la comisura de los labios con el dorso de la mano, y me levanté.
—Ahora tú —ordené.
Mateo me tomó por la cadera y me guio hacia la cama. Cayó sobre mí, su peso aplastándome contra el colchón, su boca encontrando mis pechos aún cubiertos por la tela mojada. Mordió el borde del bikini y lo apartó con los dientes, liberando un pezón endurecido. Lo lamió despacio, en círculos, antes de succionarlo con fuerza, y yo arqueé la espalda contra él, un gemido escapándose de mi garganta.
—Quítate esto —dijo, tirando del bikini. Me deshice de la parte de arriba en un movimiento, y luego él mismo se encargó de la braguita, rasgándola casi sin cuidado. Su boca viajó hacia abajo, besando mi estómago, mis caderas, el interior de mis muslos. Cuando su lengua encontró mi sexo, abrió las piernas sin reservas, enredando mis dedos en su pelo.
Mateo comió con devoción. Su lengua se movía larga, recorriendo cada pliegue, cada centímetro de mi piel más sensible. Se detenía en mi clítoris, lo rodeaba, lo chupaba suavemente antes de presionar con más fuerza, y yo gemía sin control, mordiéndome el labio, tirando de sus cabellos.
—No pares —jadeé—. No pares, no pares...
Introdujo dos dedos dentro de mí mientras seguía lamiendo, y el orgasmo me golpeó como una ola. Me corrí contra su boca con un grito ahogado, el cuerpo convulsionándose, las piernas temblándole alrededor de su cabeza. Él no se detuvo, alargando mi placer hasta que tuve que empujarlo suavemente para apartarlo.
—Mateo —susurré, sin aliento.
Él se incorporó sobre mí, su polla rozando mi entrada. Su mirada era intensa, casi salvaje.
— ¿Quieres que pare?
—No te atrevas.
Sonrió. Y me penetró de una sola embestida, llenándome por completo. El gemido que soltamos fue uno solo.
Comenzó a moverse con un ritmo lento al principio, profundo, cada embestida llegando hasta el fondo. Sus ojos no se separaban de los míos. Podía ver en ellos todo el deseo contenido, todos los meses de miradas furtivas y roces accidentales. Su polla se deslizaba dentro de mí, húmeda y caliente, y yo envolvía sus caderas con mis piernas, empujándolas para que entrara más hondo.
—Más fuerte —pedí.
Obedeció. El ritmo se volvió rápido, casi violento, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación junto a nuestros jadeos. Sus manos encontraron las mías y entrelazó nuestros dedos, clavándolas en el colchón a ambos lados de mi cabeza.
—Mírame —jadeó—. Quiero que me mires.
Le sostuve la mirada. Sus embestidas eran cada vez más frenéticas, su respiración más irregular. Sentí el segundo orgasmo acumulándose en mi vientre, creciendo como una marea imparable.
—Voy a correrme.
—Espérame —suplicó—. Un poco más...
Pero no pude. El orgasmo estalló dentro de mí, intenso, largo, y mi cuerpo se tensó alrededor de su polla mientras gritaba su nombre sin pudor. Sentí cómo se tensaba, cómo una última embestida profunda lo llevaba al límite. Se corrió dentro de mí con un gruñido, su cuerpo sacudiéndose sobre el mío, su frente apoyada contra la mía mientras ambos intentábamos recuperar el aliento.
Durante un largo rato solo se oyó nuestra respiración, entrecortada, y el latido de nuestros corazones fundiéndose en la penumbra.
Mateo rodó a un lado, pero su mano buscó la mía de inmediato. No soltarnos era una declaración en sí misma.
—Bueno —dije al fin, con una sonrisa en la oscuridad—. Creo que mañana vas a necesitar un aumento de sueldo.
Él soltó una risa baja, todavía sin aliento.
—No me pago con dinero, jefa.
Me giré hacia él, apoyando la cabeza en su pecho. Su mano acarició mi hombro, trazando círculos lentos sobre la piel sudada.
—¿Y con qué te pago, entonces?
—Con esto —respondió, y su brazo me apretó contra él.
Afuera, la luna seguía su curso. La noche era larga. Y todavía quedaba mucho por explorar.
El amanecer llegó sin prisa, filtrándose por las rendijas de las persianas y pintando rayas doradas sobre el suelo de madera. Anna se despertó con la mejilla apoyada en el pecho de Mateo, sintiendo el latido constante de su corazón bajo la piel. Él dormía con un brazo alrededor de ella, la respiración profunda y tranquila de quien no tiene nada que demostrar.
Ella, enredada en las sábanas, con la piel todavía tibia y los labios hinchados de besos, se sintió más viva que en muchos años. No planeaba nada. No es necesario controlar el siguiente paso.
Mateo movió la cabeza, buscándola sin abrir los ojos, y la besó en la frente con una ternura que contrastaba con la voracidad de la noche anterior.
—Buenos días, jefa —murmuró, con la voz rota de sueño.
Buenos días —respondió ella, y se acomodó contra él, dejando que el nuevo día los encontrara aún abrazados.
La sesión de fotos podía esperar. El mundo podía esperar. Por un rato, solo existían ellos, el rumor de la brisa entrando por la ventana, y la promesa de que aquello no terminaría ahí.
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