No me limpies el culo

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“Ni estoy para que me toquen el culo, ni para que me lo limpien” define muy bien esa etapa de la vida laboral donde lo más duro es esperar que pase el tiempo pues ya sabes que ni progresarás ni vas a buscar nuevas aventuras profesionales porque te podrías jubilar y vivir del sudor de las generaciones más jóvenes.

No recuerdo exactamente desde qué día empecé a tener este sentimiento, ha sido todo muy progresivo, muy sutil.  No pasas de tener una agenda de 12 horas diarias ininterrumpidas a escribir relatos cortos en tu tiempo de trabajo de la noche a la mañana, no, todo sucede a cámara lenta. Tus responsabilidades poco a poco se van trasladando a las nuevas incorporaciones, a esos jóvenes sobradamente preparados con títulos de las más prestigiosas escuelas de negocios.  Que particularmente creo que todos han estudiado en la misma escuela pero en diferentes países con diferentes nombres y diferentes idiomas; todos vienen con los mismos argumentarios y las mismas plantillas de PowerPoint o Excel para revisar los KPI’s y optimizar los recursos para ampliar el margen de beneficios, todos hablan igual, se comportan igual y hacen las mismas cosas.  Su permanencia no suele pasar de los dos años, a lo sumo, vienen a hacernos ricos y se van con el rabo entre las piernas con su indemnización bajo el brazo tras habernos hecho empeorar un poquito más.  La misma historia tantas veces repetida.

En los últimos 20 meses la situación ya empieza a ser hasta agradable, paso semanas enteras sin una sola reunión, ni una llamada, ni un trabajo que dure más de 15 minutos, y la verdad que al principio, viniendo del stress y la ansiedad controlada con medicamentos me sentía muy raro, pero pasado todo este tiempo, haber recuperado la salud, tomar sólo cerveza, poder dormir seguido, y no tener preocupaciones laborales, pues que te acostumbras y hasta agradeces esas 8 horas de tranquilidad al día.

En la Universidad nos decían que lo peor que se le puede hacer a un trabajador es dejarlo sin trabajo, que no aguanta, que voluntariamente abandona.  Tal vez sea así en jóvenes o personas de mediana edad, pero tras casi 40 años en la Compañía si te lo hacen es o miedo o un error de cálculo, es querer cargar con un lastre innecesario que ataca directamente a la cuenta de resultados.  A día de hoy ¿quién va a renunciar a 14 pagas, más la de beneficios, el seguro médico, el coche, las comidas y el status, simplemente porque alguien decide que no hagas nada? Que llegues con tu horario superflexible, calientes la silla mientras pones al día todos tus hobbies y asuntos personales, que leas los periódicos, los libros atrasados, que escribas, que planifiques vacaciones …. ¡ Te pagan por ordenar tu vida! ¿Qué más se puede pedir?

Decían que si no te ganas el sueldo durarías poco en un trabajo, mentira.  En las empresas tanto privadas como públicas se dan casos rocambolescos no sabiendo muy bien porqué, personas que a pesar de no aportar siguen cobrando, y al contrario, el que sabe, el que soluciona, el que tiene ideas se le cuestiona su salario en comparación con precio mercado y lo despiden, o si es bueno simplemente se va.

Es la vida, es el mundo, normas no escritas en papel pero grabadas a fuego en la piel de los que ya peinan canas.  La vida es así, sin más, ni buena ni mala, es así.  En cuanto se te pasan las ganas de cambiar el mundo, cuando ves que no lo vas a cambiar; empiezas a vivir, aceptas unas cosas, huyes de otras y te vas mimetizando con el entorno.

Hoy me encuentro especialmente feliz, es viernes y en un rato me voy a pasar el fin de semana en moto con mi cuadrilla, con nuestras chupas de cuero y símbolos moteros. No dejo trabajo pendiente que me pueda agobiar, ni me llevo problemas en la cabeza que me descentren del objetivo que es disfrutar del viaje, ni tengo apreturas económicas, y sé que el lunes me esperan otras 8 horas de relajación para ordenar las fotos y hacer un vídeo chulo que subir a youtube de lo bien que lo hemos pasado los colegas de toda la vida con nuestras motos recorriendo la tranquila provincia de Soria oliendo a pino y torreznos.  Nunca podré agradecer lo suficiente esta paz mental y esta tranquilidad que Dios me ha dado en mi última etapa laboral al permitirme no hacer nada de provecho mientras sigo cobrando como si lo hiciese.

El lunes os cuento más cosas de trabajo.

Letra Cero


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