
Yacía boca abajo en el seco suelo de tierra abrasada por el calor. Abrió sus ojos para solo percibir una imagen borrosa que se hacía cada vez más clara a cada abrir y cerrar de sus párpados. Recobró la nitidez para observar aquel paisaje árido.
Se puso en pie y sacudió enérgico sus ropas, alejando de ellas el polvo que las había habitado hasta ahora. A juzgar por la humareda levantada, llevaba a la intemperie bastante tiempo. No recordaba nada, ni siquiera cómo había ido a parar allí, a aquel lugar dejado de la mano de Dios, sin rastro de civilización en kilómetros a la redonda.
Al menos eso era lo que suponía en un primer vistazo alrededor para decidir rumbo, en el que solo pudo divisar el tímido camino de tierra que se dejaba intuir y la vegetación reseca que lo acompañaba a ambos lados. La chicharra terminaba de decorar el desértico escenario.
En el centro del camino se preguntaba hacia dónde marchar. Derecha o izquierda. Qué más daba si desconocía el final de cada camino. Lo dejaría a la fortuna. Cerró los ojos, dio unas cuantas vueltas y, al detenerse, abriéndolos de nuevo, caminaría hacia delante sin retorno, sin duda, hasta que muriera de sed o encontrara compañía o refugio.
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