CREEP 2 capitulo uno

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Santiago, viernes 12 de enero de 1996

 

Eran las 19:00 horas y la tradicional fuente de soda “ la Academia “se encontraba atestada de empleadas y ejecutivos que terminaban la semana laboral, el amplio comedor, con su gastado piso de flexit color mostaza y sus mesas metálicas de un rojo chillón, albergaba a los que comenzaban el ritual del after-office, los grandes ventanales, cubiertos con cristales ahumados para aplacar el sofocante sol veraniego de las siete de la tarde, apenas dejaban entrever el movimiento de la avenida exterior, al fondo, cerca de los baños, el ruido de las cañerías se mezclaba con un enjambre de voces, risas estridentes y el chocar de los shops de cerveza, las tablas de queso, las papas fritas chorreando aceite y los completos reinaban en las mesas junto con un denso humo de cigarrillos que flotaba bajo las lámparas de neón. ?En una mesa cercana a la barra, una chica de unos 24 años, morena, de ojos negros sumamente expresivos y cabello castaño, vestida con un impecable traje azul marino y blusa celeste que delataba su trabajo como ejecutiva en un banco, conversaba animadamente con un compañero de oficina, de pronto, su mirada se desvió hacia la entrada, se quedó paralizada, con la frase a medio terminar y el vaso de cerveza suspendido en el aire; unas mesas más al fondo, un grupo de tres mujeres, ejecutivas de la recién privatizada empresa telefónica, interrumpieron su debate sobre las tarifas de la temporada, una de ellas, divisando el caluroso umbral golpeó discretamente el hombro de su compañera.

—Mira quién llegó —susurró, apuntando con la mirada, al instante las tres se acomodaron en sus asientos, clavando los ojos en el recién llegado, dos garzonas que esperaban junto al mostrador de la barra para retirar un pedido, una rubia de ojos negros muy atractiva y otra de cabello castaño corto detuvieron su marcha, la rubia imitó el gesto, codeando a su compañera de trabajo quien acomodaba unos jarros de schop junto a dos completos italianos que posaban en la bandeja.

—Mira la entrada —dijo, con una sonrisa coqueta que no pudo disimular.

 

En la puerta del local estaba Gonzalo.

Tenía 22 años y medía un metro setenta y cinco, su cuerpo, esculpido y marcado al milímetro por las pesas de un gimnasio en el que entrenaba con disciplina espartana desde los 14 años, irradiaba una energía física que inundaba el lugar, llevaba el cabello rubio largo, liso, cayéndole de forma ordenada más abajo de los omóplatos, enmarcando un rostro muy atractivo de intensos ojos azules. Vestía unos jeans Wrangler color celeste, botas vaqueras color café impecables y una polera blanca de la misma marca del jeans, tan ajustada a su medida que hacía resaltar la firmeza de sus pectorales y la dureza de sus brazos. ?Gonzalo se quedó parado en la entrada recorriendo el local con una mirada fija y felina, como un sheriff entrando a una cantina del viejo oeste, caminaba haciendo sonar las baldosas con una parsimonia y una seguridad arrolladora, balanceando el cuerpo con un desplante tan innato que parecía llevar espuelas invisibles en las botas. A su paso, las conversaciones disminuían de volumen; los ojos de las mujeres se llenaban de impresión y deseo, mientras que los varones que las acompañaban lo seguían con una mezcla inmediata de celo, envidia y hostilidad, ?pero a Gonzalo no le importaba nadie, no miró a las ejecutivas de la telefónica ni se fijó en la chica del banco, su mente funcionaba en otra frecuencia, lideraba el espacio porque sabía exactamente quién era y el poder que su estampa ejercía en el entorno, con esa calma pesada, rodeado por una estela de testosterona, avanzó directamente hacia las dos garzonas que ya lo miraban con total familiaridad.

—Hola, Gonzalo. ¿Cómo estás? —saludó la rubia de ojos negros, apoyándose en la barra con una sonrisa ancha—. Veo que te apareciste de nuevo por acá. ¿Qué pasó? ¿Acaso terminaste con tu novia?

Gonzalo se sentó en una de las banquetas altas de la barra, se tomó su tiempo, estiró los hombros y miró a la muchacha con una seguridad que la hizo sonrojarse.

—Sí, con Johanna ya terminó todo, ya no me importa —respondió con voz grave y pausada—. Así que me voy a tomar un tiempo de descanso, quiero pensar en mí, dedicarme a mis cosas y, después de un buen tiempo, a ver si busco una pareja—

La garzona rubia asintió, disimulando a duras penas la alegría de saber que el chico más codiciado del barrio estaba soltero y disponible, aunque él acabara de decretar su propia tregua.

—Bueno, el que sabe, sabe —comentó la otra garzona, la de cabello castaño—. Pero me imagino que no te vas a quedar en la barra. ¿Quieres una mesa?

—Sí, dame la de siempre —pidió él.

—Mira hacia allá, ahí está tu mesa —le indicó la castaña, apuntando a un rincón apartado cerca del ventanal—. La tenemos guardada esperando que llegaras, solo para ti—

Gonzalo esbozó una media sonrisa, agradeció con un cabeceo y se levantó de la banqueta para dirigirse a su territorio reservado. A los pocos minutos, la puerta de la fuente de soda volvió a abrirse y apareció Richard, su mejor amigo de la infancia, el único que le quedaba de los años del barrio.

Richard era trigueño, de ojos negros intensos y cabello rubio corto pero elegantemente desordenado. Aunque delgado, tenía un atractivo innegable y un desplante que delataba que, a diferencia de Gonzalo, él venía de abajo, de conocer la calle y la pobreza, se acercó a la mesa, saludó a Gonzalo con un golpe de palmas y se sentó al frente, pidiendo de inmediato dos shops de cerveza.

 

—Supe que cortaste con la Johanna de verdad esta vez —dijo Richard, encendiendo un cigarrillo y pasándole la cajetilla a su amigo—. Mi tía me contó que te vio entrenando como enfermo en el gimnasio temprano.

—Ya fue, Richard. Es definitivo —respondió Gonzalo, encendiendo su propio cigarrillo y dándole un sorbo a la cerveza que la garzona acababa de dejar—. Estoy en otra onda ahora, gimnasio, senderismo en el cerro los fines de semana y nada de faldas. Me voy a tomar el verano para mí.

Richard lo quedó mirando con una sonrisa pilla entre el humo del tabaco.

—Ya, te creo, a ver cuánto te dura el luto, sheriff—

Gonzalo sabía perfectamente que Richard andaba tras los pasos de su hermana, Claudia, aunque Gonzalo era extremadamente protector con ella, no pretendía meterse en esa relación. Richard se había ganado su respeto absoluto y, si llegaba a pololear con su hermana, él lo aprobaría sin dudarlo, el único problema real ahí era que Claudia tenía un carácter tan arrollador, fuerte y avasallador como el del propio Gonzalo; no iba a ser una conquista fácil para el mejor amigo de Gonzalo.

 


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