Póker Negro parte veintiseis "amor y decepción desde el sur"

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Capítulo veintiséis 

 

Habitación franca de Langley, Concepción. Diciembre del 2000

 

Miguel Ángel Linares y Andrés Vecchio, se encontraban sentados en el sofá de la habitación, el reloj que se encontraba en la mesa de centro marcaban las 07: 03 horas, el sonido de unos pasos que se acercaban por el pasillo dejó a los periodistas en un suspenso trágico al abrirse la puerta los dos agentes custodios de Langley entran primero detrás Caleb Tex Montgomery y tras de él otro tres agentes.

— no es necesario que se levanten — dijo el agente de sesenta años de forma sarcástica —traigo buenas noticias, bueno para mi, iré a Alemania a arreglar el desorden que ha quedado tras la humillación en la embajada chilena en Bélgica, pero no se preocupen mis niñas, su padre volverá pronto, pero les dejaré a una niñera que a esta hora esta ordenando la casita de muñecas dónde ustedes podrán seguir jugando y como me imagino se deben haber acostumbrado, les dejaré a los dos agentes para que los sigan cuidando, debo decir que se reivindicaron al descubrir la ecuación base para que el código virgo pudiera controlar el mercado, sigan asi y les traeré una muñeca de Europa— tomando una maleta cromada le dice a sus hombres — traten bien a mis hijas, pero si intentan escapar o actúan con rebeldía, quiebren unos huesos para que aprendan— dicho esto encendió un cigarrillo y se marchó.

 

Achao, Isla de Quinchao. Archipiélago de Chiloé. Mayo del 2.000 

 

 

El viento helado del Pacífico azotaba los cristales del viejo Chevrolet Aska mientras el vehículo avanzaba por los caminos de tierra y barro hacia el pueblo de Achao, el gris del cielo parecía fundirse con el mar de Chiloé, creando un paisaje tan hermoso como desolador.

?En el asiento del conductor, Juan Emilio mantenía la vista fija en el camino, llevaba un pesado chaquetón de cuero forrado con chiporro, además de un gorro y guantes de lana gris gruesa que le ayudaban a combatir el frío húmedo que calaba hasta los huesos, a su lado, Fernanda Gurtensen miraba por la ventana, iba envuelta en un grueso poncho de lana de oveja cruda, con patrones en verde musgo, en su cabeza llevaba un gorro de lana color crema y café, tejido de tal forma que podía desplegarse como un pasamontañas; una prenda perfecta no solo para el implacable invierno isleño, sino para ocultar el rostro de la mujer más buscada del mundo.

En el asiento trasero, apilados hasta el techo, descansaban seis pesados cobertores de lana de oveja, herramientas y suministros.

El auto finalmente se detuvo frente a una amplia cabaña revestida por completo con tejuelas de madera de alerce, desgastadas y teñidas de un gris platinado por años de lluvia y sal marina parecía una casa rústica tradicional del sur de Chile, pero era una fachada, bajo esos pisos de madera crujiente, Juan Emilio había pasado meses construyendo un inmenso subterráneo reforzado: un búnker de alta seguridad donde descansaban servidores, antenas satelitales encriptadas y toda la tecnología que la "genio" necesitaría.

 

Al empujar la pesada puerta de entrada, el olor a madera húmeda, tierra y encierro los recibió en la penumbra.

Fernanda no perdió el tiempo,cargó su mochila y subió sus maletas personales, llevándolas al interior,mientras tanto, el ex uniformado comenzó la ardua tarea de ingresar las pesadas cajas de mercadería y conservas en un carrito tipo yegua; tenían provisiones suficientes para no asomar la nariz fuera de la cabaña durante nueve meses.

Lo primero que hizo Fernanda fue encender la vieja salamandra de hierro fundido en el centro del salón, el crujido de la leña y el calor del fuego transformaron rápidamente el ambiente gélido en un refugio acogedor,sin quitarse del todo el poncho, la mente matemática que había diseñado el colapso financiero global se puso a picar verduras.

Una hora más tarde, el aroma que inundaba la cabaña, Fernanda sirvió dos platos humeantes de estofado de cerdo con papas y zapallo, precedidos por una suave crema de espinaca, y acompañados con duraznos en conserva de postre.

Juan Emilio, que acababa de subir del búnker tras revisar los generadores, se sentó en la mesa rústica, probó el estofado y levantó las cejas, genuinamente asombrado.

—Esto está espectacular... —murmuró el veterano, limpiándose la boca con una servilleta de tela—. Me sorprendió, señorita Gundensen, conozco su intelecto, pero nunca pensé que tuviera además esta habilidad en la cocina.

—Vamos, Juan Emilio. Usted sabe que yo cocinaba siempre en Concepción—

—Sí, pero allá tenía electrodomésticos, hornos de microondas y tecnología que acá no tiene, esto es cocinar a la antigua.

—Bueno... —la mirada de Fernanda se perdió un instante en las llamas de la salamandra—. Cuando viví en Mendoza, pasé un tiempo en una choza con lo básico, hasta que me comprometí con el patrón, se aprende a sobrevivir con lo que hay—

 

Minutos después Juan Emilio envolvió sus manos alrededor de su taza de café para mantener el calor y la miró con seriedad.

—¿Qué pasará ahora, señorita? —preguntó, volviendo al modo operativo.

—Debemos estabilizar la red desde el búnker, tenemos que controlar la Ecuación Nueve y devolver el control al mercado de forma progresiva, exactamente como lo planeamos originalmente con Miguel Ángel—

Al escuchar ese nombre, un silencio denso cayó entre los dos.

—Miguel Ángel está en Suecia —dijo Juan Emilio con suavidad, observando su reacción—. Escribió un libro —

El rostro de Fernanda, siempre tan controlado e inescrutable, se quebró, un fulgor de emoción, una mezcla de dolor y orgullo, iluminó sus ojos.

—Sí... lo sé —suspiró profundamente, bajando la mirada hacia la mesa de madera—. De hecho, logré hackear y leer el manuscrito digital. Él... él aún cree que soy una heroína— dijo con una sonrisa irónica 

Juan Emilio la miró fijamente. Los años de protegerla le permitían leer su corazón mejor que nadie.

—Siento que él aún la ama profundamente, señorita—

Fernanda sonrió, pero fue una sonrisa triste, cargada de un peso insoportable.

—Me encantaría estar con él, Juan Emilio... ¡ Dios sabe cuánto desearía estar a su lado ahora mismo! Pero... si me acerco, Poseidón lo encontrará, lo matarán—

El ex guardaespaldas extendió su mano tomando la mano de la joven genio con una ternura paternal.

—Lo sé, mi pequeña —le dijo con voz ronca y firme—. Sacrificar el amor por proteger la vida del hombre que ama... ese es el verdadero acto de un héroe. No los códigos, no el dinero—

Fernanda apretó la mano de su protector, las lágrimas que había mantenido atrapadas en sus ojos finalmente resbalaron por sus mejillas frías, con la mano libre se las secó rápidamente, asintió en silencio y miró hacia la puerta del subterráneo, el mundo la estaba buscando para matarla, pero en ese rincón olvidado de Chiloé, había encontrado el valor para dar la batalla final

 

 


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