La clienta equivocada
Por Pecado de Seda
Enviado el 30/06/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Max abrió la puerta del palco y la ópera le tocó como una ola. Pero lo que capturó su atención fue ella: un cuello estilizado que terminaba en un moño alto, pendientes largos, piernas cruzadas sin medias, tacones altísimos. Su galerista. Sin verle la cara, ya sabía que estaba buena. Se acercó por detrás, rozó su cuello con los labios, sintió cómo se estremecía.
—Soy Max. Siento el retraso. Una urgencia familiar.
Ella lo miró, sorprendida. Le hizo señas de que se callara y señaló el asiento vacío a su lado. El palco estaba desierto, solo ellos dos. Era más guapa que la media: castaña, elegante, unos cuarenta y dos años, vestida con un escotado traje negro que gritaba sexo.
Max odiaba la ópera. Esos berridos le parecían un suplicio. Pero ella era un buen consuelo. Acercó su silla, inclinó los labios hacia su oído.
—Eres guapísima, ¿lo sabías?
Ella volvió a pedirle silencio con el dedo. Tímida, o quizás fingiéndola.
—¿Qué dices? No entiendo mucho lo que está pasando —dijo ella.
Max se acercó de nuevo.
Que estás tremenda y me pones muy cachondo. Eso es lo único que tienes que entender.
Ella sonrió y volvió a mirar al escenario. Pero Max notó que le miraba por el rabillo del ojo.
Dejó caer la mano sobre el reposabrazos, rozando su antebrazo. Piel tibia. Ella no se apartó.
—¿Te gusta? —susurró ella sin mirarlo.
—Prefiero el espectáculo de al lado.
Ella giró la cabeza. Ojos verdes, intensos. Una sonrisa leve.
—Eres un descarado.
—Me han dicho que es parte de mi encanto.
Max deslizó los dedos hasta su muñeca. Sintió el pulso acelerado. Bueno.
—¿Cómo te llamas?
—Max. Ya te lo he dicho.
—No, no me lo habías dicho. Llegaste, me susurraste cosas al oído y te sentaste como si me conocieras.
—¿Y no es así? A veces hay personas que ya conoces aunque las veas por primera vez.
Ella soltó una risa burlona.
— ¿Eso te funciona? ¿Ese rollo de poeta?
—A veces. Depende de la mujer. Las que tienen esa lucecita en los ojos, las que saben lo que quieren... esas suelen morder el anzuelo.
—Y yo tengo esa lucecita?
Max se inclinó, su boca rozó su lóbulo. Sintió el perfume, caro, floral.
—Tienes los ojos de una mujer que lleva horas imaginando lo que le haría a un desconocido si se quedaran solos. Y ahora estamos solos. Dime, preciosa... ¿qué has estado imaginando?.
Ella contuvo el aliento. Durante unos segundos solo se oyó la música.
—No sabes ni cómo me llamo.
—Da igual. Dímelo ahora.
—Anna.
—Anna. ¿Quieres que salgamos de aquí?
Ella lo miró. Dudó. Pero luego su mano giró y sus dedos se entrelazaron con los de él.
—Todavía no. Quédate. Me gusta cómo me miras.
Max obedeció. Con la otra mano subió por su muslo. Tela fina, casi líquida. Ella separó ligeramente las piernas.
—Así que eres galerista —murmuró él.
Ella frunció el ceño.
—¿Galerista? No, soy abogada.
Max se quedó quieto.
—Si. ¿Por qué? ¿Esperabas una otra persona?
El tiempo se detuvo. La galerista no había aparecido. Esta mujer no era su cliente. Era una desconocida. Una abogada que, en lugar de echarlo, le devolvía la presión de los dedos.
Max soltó una risa baja.
—No. No eras tú. Pero me alegro de haberme equivocado.
—Ah, ¿sí?
—Porque las citas planeadas son aburridas. Las equivocaciones... —deslizó la mano más arriba— ... son mucho más divertidas.
Ella mordió el labio. No apartó la mano.
—Eres un peligro, Max.
—Si. Y a ti te encanta.
Max notó que se le ponía la carne de gallina. Ella movía las piernas con nerviosismo. Debía de ser su primera vez en algo así. De la nuca pasó al brazo, recorriéndolo del hombro a la muñeca hasta dar con un delicado reloj. La respiración de ella se aceleraba, entreabría los labios, sus pezones marcaban la tela del vestido.
Con un movimiento seco, Max le agarró la pierna y frenó su ritmo histérico. Le acarició la pantorrilla, el empeine. Piel suave. Le descalzó el zapato, que cayó al suelo. Uñas de los pies pintadas de negro.
—Qué bonito contraste. Abogada de día, y por la noche llevas las uñas negras como una puta de película.
Ella jadeó.
—Por favor, estamos en un lugar público...
—Y eso te pone aún más caliente, ¿verdad?
Max subió la mano. Rodilla, muslo, abriéndose paso entre sus piernas, que ya no ofrecían resistencia.
—Dime la verdad. Dime que llevas toda la ópera imaginando que me meto debajo de esta falda y te como el coño hasta que te olvides de tu nombre.
—Max...
—Dímelo.
Ella ascendió. Apenas un movimiento.
—Si. Joder, sí.
Max encontró el borde de las bragas, finas, de encaje. Las apartó con dos dedos y deslizó la mano. Estaba mojada. Empapada.
—Mierda, Anna. Estás chorreando. Y solo con que te susurre cosas al oído. Eres una golfa, ¿lo sabes?
Ella arqueó la espalda, apretando la nuca contra el respaldo. Su mano buscó la de él, la agarró por la muñeca, pero no para apartarla. Para apretarla más contra sí.
—No pares —dijo, casi sin aliento—. No te atrevas a parar.
Max suena en la penumbra. Sus dedos se movieron lentos al principio, rozando, sintiendo cada pliegue, cada temblor. Ella mordió su propio labio para no gemir. La ópera rugía, cubriendo los sonidos que escapaban de su garganta.
—Así me gusta —susurró él—. Calladita. Que nadie sepa lo puta que eres cuando te tocan como es debido.
Ella apretó los muslos, atrapando su mano.
—No —dijo él, firme—. Abre. Quiero verte entera.
Ella obedeció. Las piernas se separaron, lentas, rendidas.
Max introduce un dedo, luego dos.
Ella estaba caliente, apretada, empapada. El ritmo de la música marcaba sus movimientos: lentos cuando los violines se arrastraban, rápidos cuando el aria alcanzaba su clímax.
—¿Te gusta así? —preguntó él, moviendo los dedos en círculos—. ¿O prefieres más fuerte?
—Más —jadeó ella—. Más fuerte.
Max presionó el ritmo. Su pulgar encontró el clítoris, duro, hinchado. Lo rozó una vez, dos veces, y ella arqueó la espalda, un gemido atrapado en la garganta.
—Córrete —ordenó él, con la boca pegada a su oído—. Quiero sentir cómo te corres en mi mano. Ahora.
Ella se rompió. Un espasmo largo, profundo, que recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Max sintió cómo se contraía a su alrededor, cómo se empapaba aún más, cómo temblaba sin control.
—Buena chica —murmuró él, ralentizando el movimiento, dejándola bajar despacio—. Buena chica.
Ella se quedó quieta, recuperando el aliento. La ópera seguía sonando. Nadie había anotado nada.
Max retiró la mano lentamente, se llevó los dedos a la boca y los lamió, saboreándola.
—Estás deliciosa, Anna.
Ella lo miró, con los ojos aún nublados.
—Eres un hijo de puta —dijo, pero sonreía.
—Max se reclinó en su asiento—. Y esto solo acaba de empezar.
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