CREEP 2 capítulo dos
Por Pretorius
Enviado el 02/07/2026, clasificado en Amor / Románticos
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Richard estudiaba Ingeniería Civil Industrial en la Universidad de Chile, igual que Gonzalo quien estudiaba ingeniería Comercial y Claudia Enfermería en la misma casa de estudios, él era el chico de biblioteca, el de las notas sobresalientes, el cerebro del dúo, desde niños, cuando Richard era objeto de burlas y bullying por su condición humilde y la ausencia de su padre alcohólico, Gonzalo, que ya practicaba karate y sabía pelear bien, lo defendía a golpes en el patio del colegio, de ahí nació un lazo inquebrantable de lealtad: Richard se apegaba a Gonzalo por la protección y la inmensa popularidad que este le brindaba, pero no de forma sumisa. Richard tenía carácter, tenía calle y un orgullo atrevido que Gonzalo respetaba por sobre cualquier otra persona,era el hombre en quien más confiaba en el mundo.
Estaban en medio de esa conversación, en la fuente de soda “ la Academia “compartiendo las anécdotas de siempre, cuando el ambiente de la mesa fue interrumpido por un torbellino.
Claudia apareció de golpe junto a la mesa, vestía una minifalda de mezclilla azul que acentuaba sus piernas atléticas y una polera amarilla ajustada que resaltaba sus curvas y un trasero hermoso, tenía el cabello rubio largo, liso, llegando casi a la cintura, y unos ojos azules idénticos a los de su hermano. Sin pedir permiso, Claudia estiró la mano, tomó el Shop de cerveza de Gonzalo y le dio un trago largo antes de dejarlo en la mesa con un golpe seco, luego, estiró los dedos y le arrebató el cigarrillo que él tenía en los labios para darle una bocanada.
—Hola, hermanito. Hola, Richard —dijo Claudia con su habitual desplante arrollador.
—Oye, búscate tus propios vicios —le reclamó Gonzalo, aunque con una sonrisa que demostraba la excelente relación que tenían, Claudia se inclinó sobre el hombro de Gonzalo, acercándose a su oído en un susurro que, de todos modos, Richard alcanzó a escuchar con claridad.
—Adivina quién está detrás tuyo... —le dijo con malicia.
Gonzalo no se movió, pero sus ojos azules se afilaron, unos pasos más atrás, contenida y mirando fijamente hacia la mesa, se encontraba Victoria, era una chica hermosa, rubia de ojos negros, de una figura espectacular, pero conocida en el grupo por ser emocionalmente inestable, acelerada y asfixiante. Victoria estaba perdidamente enamorada de Gonzalo, una obsesión que la llevaba a seguirlo a todas partes, aunque él jamás le había correspondido el interés.
—Victoria está detrás mío, ya lo sé —respondió Gonzalo con desinterés, manteniendo la vista al frente —Está en otra onda, Claudia, no me interesa—
Claudia se enderezó, mirándolo con una sonrisa misteriosa y pícara que captó la atención de Richard de inmediato.
—Sí, ya sé que Victoria no es de tu gusto, hermano. Pero... hay otra chica que anda dando vueltas con nosotras. Llegó recién del sur.
—¿Quién? —preguntó Gonzalo, frunciendo el ceño por primera vez en la tarde.
—Daniela —soltó Claudia con ligereza.
Antes de que Gonzalo pudiera preguntar nada más, Claudia tomó a Victoria del brazo y ambas se alejaron por la vereda en dirección a la parroquia donde se juntaban con la juventud franciscana, dejando una estela de misterio en el aire.
Gonzalo se quedó quieto, con el cigarrillo suspendido a mitad de camino. Se giró lentamente hacia su amigo, clavando sus ojos azules en él.
—Oye, Richard... ¿Quién es Daniela?
Richard dio un último golpe a su Shop de cerveza, dejó el vaso sobre la mesa metálica roja y le devolvió una sonrisa cómplice, cargada de una incredulidad silenciosa.
—Conócela, sheriff. Conócela—
Santiago, jueves de febrero de 1996
El calor de febrero no daba tregua en la capital, pero para Gonzalo el clima era solo un factor más que domar, fel a su disciplina de acero, se levantó exactamente a las 06:00 de la mañana, se calzó las zapatillas y salió a devorar el pavimento en una sesión de running de una hora y media que dejó sus músculos activos y el pulso acelerado sin apenas detenerse a respirar, tomó la bicicleta y pedaleó con fuerza rumbo al gimnasio, ese lugar que para él no era un simple centro de entrenamiento, sino el Valhalla, su templo del Olimpo, allí, rodeado del ruido de los fierros y el olor a sudor, entrenó por tres horas seguidas, Jesús González, su entrenador personal que lo tomó cuando tenía catorce años, ahora era como parte de su familia, siempre lo templó exigiendo su cuerpo al límite. Al terminar, la recarga fue igual de estricta: un puñado de frutos secos, un par de huevos cocidos y abundante agua mineral para mantener la línea perfecta que tanto orgullo le daba, mientras compartían tanto con Richard, Claudia su hermana y otros tres chicos y cuatro chicas todos parte de un clan, compartían el amor al gimnasio y también la Casa de estudios ya que todos estudiaban en la Universidad de Chile por eso les decían " el clan del chuncho"
Cuando regresó a casa, el silencio lo recibió por completo, Claudia iba a almorzar a casa de Victoria y luego se juntarían con otros chicos en la parroquia, la enorme vivienda de clase media-alta de avenida Pedro Alessandri, estaba inusualmente vacía, su madre, Juliana, había salido muy temprano para ir a cuidar a su madre que se encontraba enferma, su hermano mayor, Fabián, andaba metido en la casa de unos amigos —probablemente escapando de los reproches de su padre
Gonzalo disfrutó la soledad, entró a la cocina con el torso descubierto, todavía sintiendo el bombeo del ejercicio, y se sirvió el almuerzo que su madre había dejado listo: un generoso plato de pollo arvejado con ensaladas variadas, dejando de lado el arroz para no sobrecargar los carbohidratos de su estricta dieta.
Con el estómago lleno y el termómetro marcando fácilmente los 34 grados en el exterior, el patio trasero se volvió una tentación irresistible, se despojó de la ropa de gimnasio, quedando solo en shorts y cruzó el césped quemado por el sol del verano, sin pensarlo dos veces, se lanzó un piquero limpio y profundo en las aguas cristalinas de la piscina, el impacto frío del agua fue un bálsamo, nadó con trancos largos y poderosos, estirando los brazos, musculosos y luego se quedó flotando de espaldas, mirando el cielo azul de Santiago mientras las horas se diluían suavemente, un tiempo de relajo absoluto entre el agua y la reposera, cerca de las cinco de la tarde, cuando el sol empezaba a declinar pero el bochorno continuaba, Gonzalo decidió que ya era suficiente, entró a la casa goteando, subió las escaleras hacia el segundo piso y se dio una ducha rápida para quitarse el cloro.
Aún con el cabello mojado y la piel fresca, entró a su dormitorio, en la intimidad de su espacio, y sabiendo que nadie interrumpiría su descanso, se dio la libertad, se tiró de bruces sobre las sábanas de su cama, estiró el cuerpo cansado por el desgaste del gimnasio y el sol, y cerró los ojos, entregándose a una merecida e imperturbable siesta veraniega.
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