CREEP 2 capítulo cuatro
Por Pretorius
Enviado el 09/07/2026, clasificado en Amor / Románticos
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Capítulo cuatro.
Santiago, lunes de febrero de 1996
El inicio de la semana exigía el máximo en el gimnasio, el templo donde Gonzalo no permitía que nada fallara, recostado sobre la banca plana, terminaba su última serie de pectorales empujando con fuerza una barra cargada con ochenta kilos, las venas de sus brazos y el pecho se marcaban bajo la polera blanca ajustada por el esfuerzo del último empuje, al frente, en el sector de las máquinas de poleas, se encontraba Erika Barrios, era una chica alta, delgada, de un rostro hermoso y una cabellera castaña que le caía en ondas perfectas. Gonzalo, manteniendo su estampa de sheriff, no se fijaba en su cara; su mirada letal estaba fija en la curva de su cintura, una silueta tan pronunciada que hacía que sus glúteos parecieran un perfecto as de picas era innegable que la chica era sumamente atractiva y que tenía el estándar visual del Olimpo.
En ese momento apareció Ernesto, un chico de 18 años, moreno y de contextura delgada. Néstor, como le decían todos, se desvivía por entrenar y ser aceptado por los grandes del gimnasio, especialmente por el clan exclusivo que conformaban Gonzalo, Richard, Claudia y otros dos chicos y tres chicas más de la Universidad de Chile, el resto del grupo rechazaba a Néstor por no tener el mismo estatus o el físico del círculo, pero Gonzalo no lo miraba hacía abajo el Sheriff era inteligente y sabía que Néstor tenía una cualidad única y utilitaria, era el confidente y amigo de todas las mujeres del gimnasio manejaba la información de pasillo que nadie más podía conseguir.
Gonzalo se incorporó en la banca, se limpió el sudor con una toalla y le hizo una seña con la cabeza a Néstor para que se acercara.
—Acompáñame en esta serie, Néstor —le dijo con voz pausada, dándole una palmada en la espalda.
Para no reventar al muchacho, Gonzalo quitó los discos grandes de la barra hasta dejar el peso en unos accesibles 30 kilos. Acostó a Néstor en la banca y comenzó a asistirlo en el ejercicio, cuidando la barra mientras aprovechaba la cercanía para activar su radar de información.
—Oye... ¿qué onda con la Erika? —preguntó Gonzalo de golpe, soltando el aire de forma casual mientras mantenía las manos bajo la barra—. ¿Sigue con su novio, el cadete naval?
Néstor, empujando los 30 kilos con entusiasmo por estar compartiendo con el hombre sigma del gimnasio, respondió de inmediato entre resoplidos:
— Sí pero ya no… no hay mucho interés hacia el, es su familia que los mantiene juntos … más por amistad con la familia del cadete…obviamente me pregunta un montón por ti, Gonzalo.
Gonzalo arqueó una ceja, manteniendo la barra bajo control.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice?
—Bueno, tú sabes cómo es esto —comentó Néstor, dejando la barra en los soportes y sentándose para recuperar el aliento—. Todo el mundo aquí en el gimnasio ya sabe que terminaste definitivamente con Johanna así que la Erika anda dando vueltas, se ve súper interesada en ti ahora que estás libre.
Al escuchar la confirmación del pasillo, Gonzalo esbozó una media sonrisa de triunfo, le gustaba saber que el mercado seguía jugando a su favor y que su estampa de Hombre sigma no perdía vigencia, sintiéndose completamente conforme con la información de su informante, desvió la mirada directamente hacia el sector de poleas.
Erika justo venía terminando su exigente rutina de hombros con barra como si hubiera sentido la vibración de la conversación, la silueta del As de picas se movió sutilmente y ella giró la cabeza un poco hacia donde estaba la banca de Gonzalo, clavándole una mirada intensa y coqueta por sobre el hombro para medir el impacto de su presencia
Santiago, sábado 3 de febrero de 1996
El motor de ocho cilindros del Chevrolet Camaro rojo roncaba suavemente mientras avanzaba por la pista derecha de la Avenida Kennedy el reflejo del alumbrado público pegaba de lleno en el capó reluciente del auto, al lado de Gonzalo, en el asiento del copiloto, iba Erika Barrios, Erika era el vivo retrato de la perfección del barrio alto, vivía en un exclusivo sector de Vitacura, y verla sentada ahí era como mirar la portada de una revista de moda de la época, tenía una figura de modelo impecable, el cabello castaño ondulado perfectamente ordenado y vestía una blusa fina de lino que gritaba estatus, minifalda sacado de Ralph Lauren traída de New York y botas Dolce & Gabbana, además, era una chica sumamente educada, de habla pausada, tranquila y de modales muy conservadores, no rompía un plato, no levantaba la voz y mantenía siempre esa distancia elegante que su cuna le había enseñado, era, ante los ojos de cualquiera, la mujer ideal para el estatus que la madre de Gonzalo deseaba.
Gonzalo manejaba con el antebrazo apoyado en la ventana, con su habitual estampa de sheriff, pero por dentro sentía una desconexión total, miraba de reojo a Erika mientras ella le hablaba con propiedad sobre sus vacaciones en Suiza y sus planes en la universidad privada y una extraña sensación de vacío le apretó el pecho,
Inesperadamente, Gonzalo empezó a extrañar la simpleza de su exnovia, Johanna, aunque su relación con ella ya había terminado, Johanna pertenecía a la clase media; era una chica común y corriente, morena de cabello castaño, ojos negros, hermosa figura y atractivo cuerpo ( un parecido a Megan Fox joven ) oriunda de la comuna de la,Florida, no poseía los modales plásticos ni las pretensiones de la alta sociedad de Vitacura, con Johanna, Gonzalo podía bajarse del personaje de Alfa por un momento, tirar una talla ordinaria o comerse un completo en un carrito de la esquina sin que ella lo mirara con extrañeza, la perfección educada de Erika lo hacía sentir en una vitrina, como si estuviera rindiendo un examen de simulación.
—¿Te pasa algo, Gonzalo? Te noto un poco callado —preguntó Erika, mirándolo con sus ojos perfectos y una sonrisa educada.
Gonzalo pisó el acelerador del Camaro, haciendo que el motor rugiera con fuerza en la avenida, y esbozó su clásica media sonrisa de lado.
—No, nada, Erika, solo pensaba en que tengo que ir a hacer unos trámites mañana — dijo aunque su mente estaba tratando de escapar a ese “carrito completero” de avenida Walker Martinez.
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