Póker Negro parte veintinueve " la ecuación maestra "

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Chiloé, Diciembre del 2.000 

Un gran silencio invadió la cabaña — pero mi pequeña ¿ qué pasará si algo te sucede? — si yo muero la ecuación maestra será la única manera de controlar la ecuación número nueve, pero yo solo necesito una de esas tres partes o llaves para poder resetear y tomar el control de la ecuación, lamentablemente no recuerdo esa ecuación es muy compleja por eso lo anoté en tres partes y las escondí — mirando a Juan Emilio — deberás buscar a Miguel Ángel Linares y decirle todo en un sobre dejé anotado los lugares donde están los tres fragmentos de la ecuación maestra —

—no puedo dejar que te vayas sola ¡ yo iré contigo!

—No estaré sola, tú te quedas aquí, tienes la mejor conexión satelital del sur, necesito que seas mis ojos fantasma, además alguien entró en mi oficina en concepcion y abrio el archivo del codigo siete, la novena ecuación entró en estado de seguridad, la ecuación solo confía en mí, me informó que no solo está la brigada del Cibercrimen, además hay agente de la CIA en Concepción ( Juan Emilio abrió los ojos de impresión) si ves un movimiento de la PDI, de la CIA o una forma extraña cerca de la fundación, me avisas, tú serás mi ángel guardián desde el espacio.

 

Aeropuerto internacional Arturo Merino Benitez, Santiago de Chile, ?Diciembre de 2000. 

 

El calor en Santiago era un horno a 34 grados, Bárbara Schaffer cruzó el control de aduanas con la seguridad de quien posee el mundo, bajo la identidad de Patricia Mardones, ejecutiva del Banco de Chile del área de inversiones, era típico que después de que Fernanda detuviera la caída de la economía mundial en los laboratorios de Alpha Centauro en Renca, que muchos ejecutivos fueran a Estados Unidos y Europa a buscar inversión para los bancos Chilenos. Bárbara con su traje color café con leche, ajustado con precisión a la cadera, y su blusa blanca impoluta no tenían ni una sola arruga tras diez horas de vuelo, como una artista camaleonica se transformo en una mujer de experiencia, su maquillaje magistral le puso algunas arrugas al rededor de la boca y en los extremos de los ojos aumentando quince años su edad, el sol de California había dejado en su piel un tono dorado que resaltaba bajo sus lentes amarillos, dándole un aire de superioridad europea que los guardias no se atrevieron a cuestionar, su cabello rubio, rígidamente peinado en una cola con laca, no permitía que ni un solo mechón escapara a su control,al salir a la zona de arribos, la realidad del Cono Sur le dio la bienvenida, los carteles de neón parpadeaban con tipos de cambio que daban vértigo. Argentina ya estaba en llamas y Chile pendía de un hilo que James Monroe deseaba cortar.

Bárbara ajustó la correa de su credencial del Banco de Chile y escaneó la multitud, buscaba eficiencia, buscaba un traje oscuro, un auto de alta gama, pero no había nada de eso.

En un kiosco un hombre la miraba, de unos 56 años, vestía unas zapatillas blancas con azul, gastadas por decenas de minutos de pichanga de barrio, jeans descoloridos y una chaqueta de piloto de Marlboro que olía a tabaco y Fernet , sus ojos, enmarcados por un cabello crespo donde el negro libraba una batalla perdida contra las canas, recorrieron el cuerpo de Bárbara con una lujuria descarada, deteniéndose más de lo necesario en la curva de su cadera.

Bárbara sintió una punzada de asco, siguió caminando hasta que el hombre levantó un cartel cuadrado con el emblema del Banco de Chile, era el contacto del Mossad en la periferia del mundo.

Se acercó lentamente, haciendo que el tacón de sus zapatos resonara en el piso de baldosa, se detuvo a un metro, dejando que el hombre disfrutara del aroma de su perfume Dolce & Gabbana antes de hablar.

—El desierto nunca olvida la lluvia —dijo ella con una voz neutra, casi mecánica.

El hombre soltó una risita ronca, se rascó la nuca y la miró de arriba abajo una vez más antes de escupir un palillo de madera al suelo.

—Y la arena siempre sabe esconder la sangre, mi linda —respondió él, completando el código con una sonrisa que revelaba el cinismo de quien lo ha perdido todo en la vida —. Bienvenida a la miseria, "Patricia", espero que ese maletín traiga algo más que papeles, porque los perros de Monroe ya están olfateando el puerto de Valparaíso y no tardarán en llegar a la capital— dijo él con un acento bonaerense.

Bárbara no cambió el gesto sabía que detrás de esa apariencia decadente, este hombre era su única entrada a su misión capturar a Miguel Ángel.

—En marcha, hay que hacer —ordenó ella

—Y mantén tus ojos en la carretera, no en mi traje tenemos poco tiempo antes de que Santiago deje de existir—

 

Concepción, casa de Fernanda Gundersen, Diciembre del 2.000.

 

La puerta del dormitorio de Fernanda se abre, el ambiente era muy distinto a la primera vez que entraron con Tex Montgomery, estaba todo limpio, sin los plásticos y telas cubriéndolo todo, la cama con un cubrecama blanco con líneas rojas, la muñeca la cual fue profanada por Tex estaba entre las dos almohadas ellos colocaron los bolsos abajo de la cómoda. —Bueno el servicio, el hotel es bueno— dice Andrés con sarcasmo, pero Miguel Ángel fijó su mirada a unos cuadros y retratos qué estaban apilados al lado del velador al tomar una, en el marco una foto de el con Fernanda los dos en la cama con pijamas abrazados como si fuera una “ Selfie” tomó otro marco y en esta una foto de Fernanda en la cafetería que ellos dos frecuentaban, ella vestida con chaqueta gris con solapas negras y blusa blanca su cabello rubio ondulado suelto, sus ojos azul verdosos con un brillo de emoción y su hermosa sonrisa, Miguel Ángel la miraba con una emoción que derretía el corazón — podrían haber tenido cuidado — dijo Andrés pasándole una foto que tenía el cristal trizado en la parte inferior derecha y el papel kraf qué tenía atrás estaba roto por el borde derecho, Miguel Ángel mira la fotografía en esta estaban en el jardín japonés de Santiago, fue cuando se dieron el primer beso, se lo sacó un fotógrafo por mil pesos. —después lo arreglaré — dijo Miguel Ángel con una voz suave y desganada, Andrés al ver la tristeza de sus colega se sube a la cama y por detrás le pone las manos en los hombros e imitando la voz de una mujer le dice — oye mi amor ¿ por qué no vamos por un Manhattan? Al escuchar esto una risa explosiva como el gas de una botella de bebida al ser abierta sale de la boca de Miguel Ángel — oye Fernanda no hablaba así y además me decía Miky— los dos periodistas comienzan a reír.

 


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