La grulla de papel (cap I y II)

Por Federico Rivolta
Enviado el 15/06/2014, clasificado en Terror
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I

 

Una grulla. Una grulla de papel. Una estúpida grulla de papel. Año y medio en la cuna del origami y esa fue la mejor escultura que me pudiste dar. Primera clase de papiroflexia básica, video de cinco minutos en internet, ejercicio manual para gente que no controla su angustia y su ansiedad.

Siempre admiré mucho a mi hermano, un hombre seguro de sí mismo, exitoso en su trabajo y con las mujeres, una persona elegante y respetada, todo lo que yo no soy. Siendo joven consiguió un trabajo importante en una empresa multinacional y al poco tiempo estaba viajando alrededor del mundo, hasta que un día lo enviaron al extremo diametralmente opuesto del globo en forma definitiva.

De ninguna manera habría sido capaz de decirle que no me gustaba la grulla que me regaló la primera vez que volvió de Japón, la había hecho él y eso bastaba para que se destaque de cualquier otra, y por mucho que me disgustara y por desubicada que se viera, iba a encontrarle un sitio especial en mi hogar.

Para mí representaba algo simple pero profundo, algo gratuito pero invaluable, se trataba de aprender a gozar de las cosas sencillas en los pocos días que estuviésemos juntos mi hermano y yo cada vez que él viniera de visita.

Hallé un lugar para la grulla en mi biblioteca, una de las cinco que poseo. Todas ellas son antiguas y muy extensas, necesarias para almacenar los más de tres mil libros que heredé de mis padres, colección que fui además aumentando con el tiempo. Cada vez que ingresaba en aquella habitación, rodeada de adornos antiguos, valiosas estatuillas, y delicados bustos, mis ojos no podían ver más que a la grulla y el ridículo contraste del papel de revista con el ébano, el bronce y el mármol.

No era cierto que no me gustara, sí me gustaba, y mucho, pero de un modo extraño. No podía mirarla fijamente por mucho tiempo sin imaginar cosas.

Un día accidentalmente se me cayó, la recogí rápidamente y la ubiqué de nuevo en su sitio. Por alguna razón le pedí disculpas por haberla tirado al suelo. No lo dije de la forma en que cualquiera lo hace, como cuando ordinariamente dotamos a un objeto inanimado de cierto antropomorfismo; lo dije de manera totalmente involuntaria, como si en verdad me dirigiera a una persona. Segundos después miré a mi alrededor y sonreí.

 

II

 

Un accidente. Un accidente automovilístico. Un estúpido accidente automovilístico. Fue un 15 de abril y sólo faltaban días para que alcanzara la mayoría de edad cuando ustedes se fueron sin despedirse.

Mi hermano y yo nos quedamos solos en el departamento de nuestros padres. Mantuve la vivienda casi intacta durante el tiempo que viví solo, salvo por los cambios que realicé luego de que mi hermano me regalase la grulla.

Comencé a interesarme más en ella a medida que pasaba el tiempo. Leí sobre su significado, sobre la paz, la salud, y hasta conocí la historia de Sadako Sasaki. Leí también que para muchos la grulla representa la fidelidad y la felicidad.

Un día sentí que el lugar en que había ubicado a la figura de papel originalmente no era el ideal para ella, no podía apreciarla plenamente allí donde se encontraba, pero me pareció que no sería correcto moverla, como si un poder invisible la sostuviera en su sitio. Preferí entonces reacomodar el resto del ambiente a su alrededor. Moví libros, adornos, sillas, mesas auxiliares, todo en función de la grulla; ella era ahora el foco de atención del salón.

A pesar de los cambios, la grulla se veía insatisfecha. Su ataráxico rostro sin ojos parecía mirarme fijamente, estaba harta de escucharme hablar del día del accidente y de mis tantas penas.

-– ¿Qué ocurre? ¿En qué estás pensando? Está bien, lo admito, tal vez no puse en orden mi vida desde aquel día. Tal vez me he vuelto una persona introvertida y pongo al accidente como excusa por mis fracasos cuando en realidad yo soy el único culpable. Al menos soy consciente de ello, lo cual es bueno. Quien conoce sus defectos es menos defectuoso, porque al menos sabe en qué debe mejorar; quien no ve sus propias imperfecciones piensa que no hay nada que corregir y seguirá viviendo su vida de la misma manera por siempre. Mis problemas son circunstanciales, cosas que podré ir solucionando llegado el momento.

La grulla parecía mofarse de mis pensamientos.

-– ¿Vos también me ves así, como un fracasado? ¿Eso es todo lo que soy acaso? – le pregunté –, ¿un eremita introvertido viviendo en el pasado?, ¿un infeliz que le echa la culpa a todo el mundo menos a él mismo por aquello en lo que se ha convertido?

No hizo falta que me respondiera en voz alta, su rostro de piedra expresaba claramente un “Sí”.

Harto de su actitud la tomé de sus alas y abrí un cajón del escritorio de mi padre. Tijera corta papel, principio indiscutible de un juego de niños.

Estaba dispuesto a realizar una modificación prohibida del origami y destruir para siempre su frío e inexorable rostro. Pero ella me miraba indiferente, parecía saber que carecía del valor para exterminarla, era innegable que iba a fracasar en mis intentos.

-– No tenés poder sobre mí –- le dije -–, si alguna vez lo tuviste fue porque yo te lo di y de la misma manera puedo quitártelo.

Abrí la tijera, la acerqué a ella y la cerré.

Un rastro de sangre conducía directamente desde el lugar del hecho hasta el baño, en donde me encontraba con la mano bajo la canilla, viendo la espiral de agua que poco a poco iba dejando de ser de un rojo intenso para volverse nuevamente incolora. No sé si al momento de cortarla moví la tijera o si moví la otra mano, pero de alguna manera la grulla provocó que me hiciera grandes cortes que abarcaban la palma de mi mano izquierda, el pulgar y el dedo índice.

Fui en busca de una venda y algo para limpiar mis heridas. Había perdido mucha sangre, el aspecto de mi mano era espantoso y el dolor insoportable, trozos de piel desprendidos bajo los cuales la sangre volvía a brotar. La presión me bajó y tiré todo lo que estaba en el botiquín al suelo.

Mis gritos se habían escuchado en todo el piso del edificio y era de esperar que alguien tocara a la puerta; vi por la mirilla, era mi nueva vecina.

No era precisamente el mejor momento para conocerla. La había visto mudarse hacía unos pocos días pero no cruzamos más que una mirada, o tal vez sólo yo la vi a ella.

-– Soy Clara, su nueva vecina -– dijo la muchacha desde el otro lado de la puerta -–. ¿Pasó algo?, ¿está usted bien?

 

...

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