Pianissimo (V)

Por David G.
Enviado el 18/06/2014, clasificado en Terror
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Dos noches después, de nuevo el sueño, de nuevo el despertar y otra carrera hacia el piano, luchando contra la torpeza de sus brazos y piernas y tratando de preservar intacto un estado mental, llegar al dichoso piano antes de que esa sensación cercana a la fe se escurriera por el sumidero del subconsciente.

Se sentó en el sillín, abrió la tapa del teclado y… nada. Eduardo Escamilla, contable, único heredero de una pequeña aunque nada desdeñable fortuna, sin ningún tipo de conocimiento formal de música. Eso es lo que era. ¿Por qué ese empeño en intentar tocar el piano sin aprender antes? Lo que hace diez años comenzó casi como un juego mental, ahora se había transformado en obsesión.

El final de siempre: dedos crispados que caen con fuerza sobre el teclado, al azar, producto de su frustración. Un acorde que no es acorde, un grupo de notas discordantes que…

Aguzó el oído. Las notas que habían surgido del piano no parecían ser las incoherencias disonantes de siempre. Volvió a sacudir las teclas del piano: otra vez exactamente las mismas notas: unos graves poderosos, agresivos, combinados con unos sonidos medios, no demasiado agudos, más sutiles. Le sonaba de algo. Eduardo notó como algo indescriptible, pero potencialmente poderoso, crecía en su mente. Volvió a, ya no aporrear, tocar el piano, exactamente el mismo acorde. Notó como el castillo de naipes en su cerebro se erigía majestuoso. Pero aún seguía siendo eso: un castillo de naipes. Volvió a tocar el acorde: y finalmente lo identificó. Era el comienzo dela Patetica de Beethoven. Sintió como el castillo de naipes se transformaba en una formidable fortaleza de piedra: conservaba la arquitectura mental del sueño. ¡Le había dado tiempo llegar al piano antes de que su mente olvidara el sueño! ¿Cuánto tiempo duraría? ¿Le daría tiempo a tocar una pieza entera? Sólo había una forma de comprobarlo.

Respiró hondo y tocó de nuevo el acorde, esta vez completamente seguro de lo que hacía. El acorde era continuado por una melodía que asomaba tímidamente, Eduardo tocaba con dedos ligeramente torpes, pero seguros. La primera parte del primer movimiento de la sonata tenía algo de bipolar: mezclaba una melodía algo inocente, delicada, agradable, con ocasionales graves concienzudos y macabros. Llegó a un rapidísimo descenso cromático que anunciaba un gran cambio, y efectivamente así era: a partir de ese punto la obra se desarrollaba frenética, un excelente punto intermedio entre un romanticismo desnudo, brutal y un clasicismo virtuoso, rápido, casi irritante.

Eduardo tocaba extasiado. La ejecución no era tan perfecta y precisa como en el sueño, pero, ¡Lo había conseguido! La mano derecha tocaba las melodías, con severidad y frenesí, y sobre la izquierda recaía el acompañamiento de los sonidos graves, y juntas daban como resultado la apoteosis final de su experimento, la confirmación de su hipótesis irracional. Abordó con seguridad todos los cambios y todas las modulaciones de la obra. Acabó el primer movimiento con unos acordes poderosos, pero sin calderón, sin estela. El salón quedó en silencio. Eduardo exhibía una media sonrisa de satisfacción, en una expresión algo bobalicona.

¿Y ahora? A por el segundo movimiento de la obra. Era capaz de hacerlo. Levantó las manos, dispuestas a dejarlas caer sobre el teclado.

Le llegó un ligero olor a moho y podredumbre. ¿De dónde venía ese olor?

No estaba solo en salón. Alguien observaba. No podía verlo pero lo percibía de alguna forma. Sentía una presencia a su espalda. Alguien o algo.


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